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martes , abril 23 2019
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VÍCTIMAS

Por GABRIEL FERNÁNDEZ *

 

Para abordar este asunto es preciso confesar los prejuicios. De otro modo, tiñen todo el planteo de modo opaco, en vez de emerger con sencillez desde el comienzo. Entonces, pese a que se trata de un error, lo admito: me sientan mal las personas que se posicionan públicamente como víctimas. Sobre todo porque de ese análisis suele surgir una división de la humanidad entre víctimas y victimarios que tiende a cristalizar roles, dejar de lado responsabilidades propias y anular otras contradicciones más certeras.

Hay víctimas, claro. Una piba que sale de su escuela y marcha despreocupadamente pensando en escuchar música, chatear con las amigas o llamar a su novio, es emboscada y violada por un grupo de cobardes. Esa es una víctima, en sentido pleno. Y resulta preciso que se la ayude a exigir juicio y castigo para los abusadores. Existe una extensa lista de situaciones vividas por seres humanos que puede encuadrarse dentro de esa característica. No queda mucho para añadir al respecto, salvo fomentar las campañas para avanzar en la prevención de tales sucesos.

Pero por estos años la palabra se ha extendido mucho. Se la aplica sin más a dos grupos importantes y emblemáticos de nuestra sociedad que, con su accionar, han trazado una línea entre el antes y el después. Uno de ellos es la militancia nacional popular de los años 60 y 70. Allí, este debate resulta, quizás, más claro: todos y cada uno de los detenidos desaparecidos, de los muertos, perseguidos, exiliados, y muy especialmente más de la mitad, perteneciente a la clase trabajadora argentina, estaban absolutamente convencidos de la necesidad de pelear por una patria justa, libre y soberana. Con las variantes que se añadieran según el sector.

A decir verdad este grupo –multitudinario, claro- no amerita la caracterización. La represión a la que fue sometido, con los brutales métodos de la dictadura, justifica la exigencia de juicio y castigo para los responsables, pues lo hicieron desde el aparato estatal, transgrediendo todas las normativas de un conflicto y, para peor, atacando patriotas en beneficio de intereses concentrados locales e internacionales. Pero los luchadores querían luchar y dieron lo mejor de sí para que el pueblo de su nación viviera mejor, y esa nación lograra un destino venturoso. En todos los países del mundo, semejante audacia cuesta mucho; nadie tiene garantizada la victoria.

El otro núcleo que es sacudido con la palabra citada al comienzo es el de los Veteranos de Guerra de Malvinas. Admitámoslo: aquí la cuestión es más compleja porque una parte de los mismos pertenecía a las Fuerzas Armadas, otra se alistó, pero una gran zona de los combatientes surgió de una convocatoria estatal que evitó consultarlos acerca de sus deseos. Sin embargo, en la variada historia de la humanidad no todos los héroes alzan las banderas a priori. Es más, muchos las van elaborando sobre la marcha, al verse desafiados por un destino extraño.

De hecho, el camino recorrido por los familiares de los desaparecidos está más ligado a esa improvisación trazada por los remolinos de la vida (por la violencia de los poderes) que por una militancia previa. Lo curioso es que en ese caso la ausencia de experiencia en la lucha se evalúa como un Haber, mientras que en el caso de los malvineros se coloca en la columna del Debe. Por eso pienso que los soldados que combatieron en la Guerra de las Malvinas son Héroes y no víctimas. Los que sabían qué hacían allí y los que fueron descubriendo la Causa a medida que la conflagración avanzaba.

La valentía no parece gran cosa si no se siente miedo alguno. Quizás el rasgo más interesante del ser humano emerja cuando se lleva adelante una acción heroica a pesar de una situación desfavorable. Quitar a los jóvenes soldados el título de Héroes para fijarlos en el de pobrecitos, no sólo castiga injustamente a quienes se alistaron conscientemente, sino también –y sobre todo- a los que sintieron nacer una pasión en su corazón y la desplegaron mucho más allá de lo que sus convicciones previas les hacían prever.

Al igual que en otros casos, esto no invalida la investigación de delitos cometidos durante las acciones. Pero no es justo trazar un cuadro general en el cual se incluya a la indefensa piba con que arrancamos la definición con estos soldados que enfrentaron el imperio más potente de la época, realizaron digno combate y –contra toda la propaganda difundida por décadas- estuvieron cerca de expulsarlo del archipiélago. Me hago cargo de esta afirmación, que comparto con los mismos Veteranos que ayudaron a entender estratégicamente el desarrollo de la lucha.

Por supuesto: sin repudio a la dictadura antinacional –a sus jefes militares, a sus jefes civiles- no sería razonable efectuar estas precisiones. Sabemos de la dificultad al plantearlas, porque ambos grupos no están tan imbricados como debieran; se miran de reojo, se perciben ajenos. Este periodista se toma el atrevimiento de sentirlos propios. Todos los compañeros mencionados nos infunden respeto y admiración. Jamás, ni por un instante, lástima. Escribo estas líneas porque se los evoca con lástima, en medio de ríos de lágrimas. En los medios, en las redes y en numerosas dirigencias que dicen reivindicar de un modo u otro, sus banderas.

Las causas de los pueblos suelen desplegarse en condiciones de fuerza desfavorables. Cuando alguien dice que aquellas comisiones internas y cuerpos de delegados asesinados estaban locos porque enfrentaron un sistema poderoso, cuando alguien dice que recuperar Malvinas era una locura porque se enfrentó a un imperio poderoso, sólo describen tramos de un extenso periplo humano con ciertas semejanzas. Esas equivalencias son: el enemigo siempre es más poderoso que el pueblo… cuando empieza la lucha. Fijar la imagen en ese momento es dejar de batallar. Todo parece imposible. Y no lo es.

Se vienen mil historias a la mente para ejemplificar la observación.

Tras el texto anterior, que suscitó tanta polémica, pensé zambullirme en la actualidad. Pero resulta que este asunto es, también, actualidad. Al percibir el derrotismo a priori de tantos que nos explican cuán potentes son los poderes, quise indicar que los pueblos en marcha también lo son.

Habiéndome adentrado en los dos espacios mencionados y pertenecido a uno de ellos, debo decir que no conozco víctimas. Conozco hombres y mujeres que, por convicción previa o construida sobre el andar, dijeron ¡Viva la Patria! y se lanzaron a la pelea. Aunque vinieran degollando.

 

• Director La Señal Medios / Sindical Federal / Area Periodística Radio Gráfica

 

Este es el texto anterior

VERGUENZAS. Por estas horas, lo han escuchado todos a través de los narradores deportivos de la televisión, se reiteran los tonos autodevaluatorios al evocar la Guerra de las Islas Malvinas. Muy humanistas, quienes no se habían preocupado por la desaparición de 30 mil compañeros, evalúan criminal el haber intentado la recuperación de una parte de nuestro territorio. ¿Porqué autodevaluatorios? Pues toda la idea se asienta en la “locura” de una Argentina enfrentando a Gran Bretaña.

Pero, aunque tantos se enojen por la aseveración, lo planteamos así: deberíamos estar orgullosos de esa gesta. Por lo mismo que se la cuestiona. La Argentina no asoló un pequeño país asiático, no invadió un desmembrado territorio africano, no guerreó contra los vecinos ni dañó nación latinoamericana alguna. La orgullosa Argentina enfrentó a Gran Bretaña. Porque los grandes pueblos no se florean con los humildes sino que se plantan ante los imperios.

La derrota tuvo más que ver con la contradicción que esa acción le generó a la propia dictadura antinacional (Roberto Alemann, ministro de Economía) que con la superioridad inglesa. La cuestión nacional no es un tema menor y el pensamiento que sostiene esa causa no se puede introyectar con rapidez. Pero un gesta como la recuperación del archipiélago, merece el reconocimiento histórico así como la persistencia presente en la exigencia de soberanía.

La Argentina no tiene de qué avergonzarse. Salvo de aquellos que se avergüenzan de ser argentinos.

Y éste es nuestro mapa.

Gabriel Fernández / La Señal Medios

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