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jueves , julio 19 2018
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HUGO DEL CARRIL / Un argentino necesario

Por CARLOS BALMACEDA *

 

Plano general: el sol del amanecer ilumina los muros pesados de la prisión de Devoto y el grito carcelero de un oficial despierta a la población. Corte a primerísimo primer plano de los ojos de un hombre de mirada intensa, que acaba de abrirlos. ¡Levantarse! Grita golpeando los barrotes en humillante secuencia metálica un oficial, sombra que atraviesa con el grito y con el ruido los pasillos de la cárcel. De pronto, el guardia detiene su marcha, cesa su voz y el tartamudeo contra las rejas. Un barítono ha comenzado a entonar una canción. La sucesión de cortes y planos recaen sobre un preso aquí y otro allá: el pícaro caído en desgracia por un hurto menor, el atildado ladrón de guante blanco, el ardiente detenido político. La música atruena cada metro encerrado, cada rincón sin sol y en pocos minutos, a las seis de la mañana, Devoto entera canta “Los muchachos peronistas todos unidos triunfaremos…”.
El señor Hugo Del Carril ha iniciado su ritual diario en la cárcel de Devoto.

Por contrabandear películas. Por eso meten preso a uno de los directores más grandes del cine argentino. No fueron originales entonces, ni dejarán de serlo ahora. A Carrillo, sanitarista y científico excepcional, con altura de premio Nobel, lo acusarán de robar nafta, y seis décadas después, a Carlos Zannini, con 35 años en la administración pública sin una sola mancha, le inventarán una causa por la que purga un proceso digno de Kafka.
Pero a don Hugo ya lo habían fichado como un incordio unos años antes.

Tres, para ser más precisos, cuando Alfredo Varela lo autorizó desde la misma cárcel de Devoto para que su novela “El río oscuro”, se convirtiera en “Las aguas bajan turbias”.

Era comunista Varela. Estaba preso por el peronismo, Varela. Y a ese peronista que era don Hugo Del Carril no se le ocurrió mejor idea que filmar un alegato contra la explotación obrera acuñado por un marxista.

Si hasta tuvo que explicarle a Perón por qué estaba en Devoto el escritor:
–Por orinar frente a la embajada norteamericana –le dijo Hugo, provocando la risa del general, que admitió a las cansadas:
-Mire, somos todos un poco comunistas, si al final lo que buscamos es la justicia social.

Con algunos policías del pensamiento, era todo un riesgo andar del brazo de zurdos, sobre todo en la industria del cine, donde hacía y deshacía Alejandro Apold, intrigante y espión que no tardó en malquistarse con Hugo ya desde sus tiempos como jefe de prensa de Argentina Sono Film. Ahora en 1952, año en que nace “Las aguas bajan turbias” y muere Eva Perón, Apold entrevera fechas y afirma que Del Carril andaba cantando cuando la Abanderada se moría. Es falso. El cantor vuelve de su gira el 21 de julio, cinco días antes de su muerte, pero el daño ya está hecho. De allí se llevará Hugo una sospecha sobre su persona y la marcha peronista una segunda versión, cantada por Hector Mauré.

Apold no soportó que el tipo, frontal y valiente como ninguno, dijera al volver del festival de Venecia, donde presentó “Las aguas bajan turbias”: “pagamos un alto precio por nuestra improvisación”. Este argentino necesario recibió en el exterior los elogios de directores como René Claire y Emilio Fernández, por una película que el tipo pagó de su bolsillo cuando hizo falta, viajando los fines de semana a Montevideo para dar recitales radiales y volver con plata para técnicos y elenco a Misiones, donde estaba rodando.

La existencia de Hugo Del Carril describe la parábola de una vida argentina: el alcahuete Apold lo castiga por decir la verdad. El mínimo, mediocre, el monje negro de cotillón que es Apold, sube la edad de exhibición de “Las aguas bajan turbias”, la saca de la cartelera cuando era todo un éxito y le cancela un contrato para actuar y dirigir “Del otro lado del puente” en Artistas Argentinos Asociados.

Recién en 1954 podrá Hugo Del Carril salir de la lista negra en la que se encuentra y de paso, sacar a libretistas y actores que el pequeño McCarthy argentino se empeñó en denunciar.

De ahí en más, la de Hugo es la biografía de un argentino que se empeña en hacer las cosas bien, y así le va: filma “La Quintrala”, pero su audacia la saca de cartel en junio de 1955 para evitar roces con la iglesia, la misma que bendijo con el lema “Cristo vence” a los aviones genocidas que mataron a trescientos argentinos en Plaza de Mayo. “El último perro” que filma a las órdenes de Lucas Demare, también será sacada de cartel, pero ya bajo la égida de la revolución fusiladora; “Más allá del olvido” se interrumpe por la prisión de su director, cuando comandos civiles entran a su casa para descoser los forros de sus sacos y los tapizados de los sillones. No encuentran nada porque toda fortuna se había invertido en sus películas.

De la cárcel va derecho a cantar en parques de diversiones. Así trata el país a uno de los tres directores de cine más grandes de su historia. Hugo no se da por vencido, aunque ni la crítica valore su obra. Dice Fernando Martín Peña en una reciente entrevista con Marcos Gustavo Vieytes: “el tipo vivió un ninguneo sistemático, desde la primera película hasta la última (…) incluso por críticos inteligentes como Homero Alsina Thevenet. Hay algunas críticas donde vos lo ves al tipo admirándolo y, al mismo tiempo, viendo cómo hacer para encontrarle el pelo a la leche y terminar castigándolo. Como no sea por el peronismo, no se me ocurre otra razón”.

Es un pionero en casi todo. El primer director de cine independiente, que financia cada una de sus películas, el que hace la primera miniserie de la televisión nacional, “La calesita”, luego convertida en largometraje. Realiza el primer musical en colores del cine argentino, “Buenas noches, buenos aires” y con la exhibición de “Las aguas bajan turbias”, lanza nuestro cine a un circuito internacional que nunca antes se había transitado.

Plano general: estela blanca del río Paraná en la isla del Tigre, un rayo se cuela hasta la orilla. Una lancha, que ha dejado sobre el agua la firma fugaz de su paso, se escucha alejándose. Corte a un hombre solitario, de pie, mirando entre curioso y desconfiado una jaula llena de nutrias. A su lado, un tipo de guardapolvo señala los bichos. Primer plano de un rictus serio, adusto. Es don Hugo, que se ha puesto un criadero con la plata que sacó de películas y shows. Invierte acá el argentino necesario, apuesta por su país, siempre.

Pero la biografía de un argentino de bien no puede tener un final feliz. Perón vuelve, y él, que había alentado ese regreso cantando la marcha por primera vez en un acto de la UOM en 1964, desde que el decreto 4161 la había prohibido; que hasta filma un corto para Luz y Fuerza que hoy se conoce como “¡En marcha!”, que le entrega una ley de cine al general cuando pasa fugazmente como director ad honorem del Instituto de Cine, no puede resistir al Rodrigazo y la miseria lo aleja del país antes del golpe, diciendo: “No vuelvo nunca más, porque la política económica del actual gobierno me ha obligado a tirar a la basura toda una vida de trabajo”.
Volverá, cumpliendo el ritual melancólico e inexorable de todo argentino. Volverá para que la democracia levante la prohibición sobre sus canciones y sobre sus películas, volverá para los tardíos y casi inútiles homenajes, volverá para que la gente pueda tenerlo en una película mala de los sesenta, dirigida en colores por Enrique Carreras. Volverá para morir en su tierra.

Plano general: sobre un cielo rosa y kitsch caminan de espaldas, Leonardo Favio y Hugo Del Carril; la cámara los toma en un picado con una grúa que se eleva para seguir mostrando los contornos de ese cielo de cartón argentino, que parece filmado un poco por Favio en sus desbordes y un poco por Hugo en sus detalles. Cuando el corte nos lleva a un plano americano de ambos, con las rodillas pateando pedazos de nubes y Del Carril le dice: “qué privilegio haber podido cantar para gastarlo en películas ¿no? No le pasa a cualquier director, m´hijo”, Favio contesta: “y qué privilegio haber sido peronistas ¿no don Hugo?” “Claro que sí m´hijo, claro que sí”.
No es el comienzo de una bella amistad lo que corona esta imagen final, sino el de una pasión argentina, la de Hugo Del Carril, un argentino necesario.

 

* Sociólogo / Humorista / La Señal Medios.

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