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viernes , mayo 24 2019
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CAPITALISMO

Por GABRIEL FERNÁNDEZ *

 

Recuerdo aquellas críticas, intensas, “humanas” a la sociedad de consumo. Tan incómodas y de buen gusto. A mí me resultaban incómodas, porque en la cabeza de este periodista el esquema siempre fue: si trabajo todo el año, pretendo tener resto para hacer lo que quiero y sobre todo, regalar en fiestas y aniversarios a los seres queridos el mejor presente posible. Comprar, que tanto. Lo curioso era que quienes formulaban tales vituperios solían contar con un poder adquisitivo superior al mío y al de la mayor parte de los compañeros de trabajo.

Recuerdo, además, esas objeciones a la sociedad industrial. La deshumanización de la técnica, la contaminación, y por supuesto, la explotación. Así, escuché desde condenas integrales y parciales al capitalismo hasta la propuesta de unos socialistas muy radicalizados para lograr el fin del trabajo asalariado. El abucheo a la producción y el consumo brindó prestigio a gallardos semi anarquistas , marxistas de variado pelaje, algunos peronistas que intentaban quedar bien y hasta liberales “humanistas”. Aún lo brinda, seamos francos, y ahí está el problema.

Esta semana supimos con precisión algo que  veníamos señalando con datos parciales. La utilización de la capacidad instalada en la industria manufacturera argentina se ubicó llegado enero en apenas un 56,2 por ciento. Lo cual significa que la producción industrial podría atenderse con la mitad de las plantas, máquinas y personal actuales. Se trata del dato más bajo de la década y lo publica el Indec en su página web. La primarización de nuestra economía es un hecho; hay menos trabajadores explotados, menos ciencia y técnica aplicadas, menos fiebre adquisitiva de las masas compradoras.

Pero quienes llevan adelante este modelo, experimento o proyecto, como se quiera denominar a una operatoria de negocios vulgar asentada en el latrocinio, y una gran parte de quienes lo critican, siguen presuponiendo que se trata de “capitalismo”. Le contraponen, dentro de la tradición, variantes denominadas socialismo. Como el asunto ha sido tan meneado, le añaden “del siglo XXI”, “moderno”,  “de nuevo tipo”, e inclusive “nacional” si pretenden rastrear en el propio decurso. Pero la caída de la producción de bienes de producción y consumo no parece ser, efectivamente, capitalismo. Y si no abordamos la cuestión, todo es equívoco.

Lo es porque hay miles de personas, de un lado y del otro del mapa político, que coinciden en una caracterización que hace rato carece de pies, pero también de cabeza. ¿No se trataba, en el ideario liberal, de promover la producción y el consumo? ¿Qué es esto de utilizar menos de la mitad de la capacidad instalada y qué es esto de una sequía monetaria aguda en las calles de todo el país?

DESEOS. Retomemos el andar personal. Hace años, sobre el fin del tramo liberal de los 90, me invitaron a conversar con los pibes de una escuela secundaria de Avellaneda.  Entre otras cosas, les pregunté qué deseaban. Así nomás, cuáles eran sus deseos. Después de un rato durante el cual pretendieron mostrarse humanos, comprensivos y magnánimos (deseo la paz en el mundo, deseo que el país mejore, deseo que las personas se comuniquen mejor, deseo que el planeta no se contamine) los insté a narrar sus deseos reales; les pedí que hablaran de sus anhelos particulares.

Se liberaron de compromisos discursivos, e informaron que deseaban comprar zapatillas, equipos de música, vestidos, ir a la cancha, presenciar tal o cual recital, adquirir una moto, ayudar a los viejos que andaban en la lona, tener la camiseta del equipo, el jean de moda, esa remera de la banda y cosas así. Eran pibes golpeados, junto a sus familias, por la devastación de los 90.

Para su satisfacción interior y para escándalo de algún docente entusiasmado con la ecología, les dije que esos deseos eran los que ponían en marcha al país. Que si compraban las cosas que anhelaban no se cosificaban ni eran esclavos del consumo, sino que ponían en marcha una rueda que los beneficiaba a ellos, pues adquirían lo que querían, pero también al comercio y a la industria que las generaba. La historia derivó en un texto titulado, claro, “Deseos”. Aún hoy si se busca con cierto entusiasmo puede hallarse flotando en la web.

NATURALEZA. La idea contrasta y hasta choca con aquellas declamaciones sobre el capitalismo que sus presuntos defensores y sus entusiastas apedreadores consideran pertinente difundir. Y contrasta desde lo que podríamos llamar naturaleza humana, aunque moleste un poco: está bien bueno consumir, cenar en un restaurante de nuestro agrado, adquirir esa prenda que atrapa la vista, presenciar un espectáculo de calidad, hacerse de un buen termotanque o cambiar el colchón, para dormir más profundamente.

Leamos dos planos de Arturo Jauretche que contribuyen a entender el debate aquí planteado. El primer fragmento se refiere al emerger del peronismo, su instancia previa y su desarrollo. El segundo, a la acción económica liberal posterior al golpe de 1955.

  • “Después de la guerra, la política económica se orienta en un sentido nacional y los términos se invierten. La Argentina comienza a crecer para adentro. Aumenta la ocupación como consecuencia del desarrollo industrial, se elevan los salarios reales y se incrementan extraordinariamente los consumos”.
  • “La mayor parte de nuestra industria, que se sustentaba en el fuerte poder de compra de las masas populares, no tardará en entrar en liquidación. Los argentinos apenas si tendremos para pagarnos la comida de todos los días. Y cuando las industrias se liquiden y comience la desocupación, entonces habrá muchos que no tendrán ni para pagarse esa comida. Será el momento de la crisis deliberada y conscientemente provocada”.

El lector habrá observado que ambos pueden trasladarse en el tiempo. Como diría un presentador de noticias algo anticuado, se trata de segmentos de “palpitante actualidad”. Empero, el problema no tendría demasiadas derivaciones si no existieran ejemplos interesantes, en distintos puntos del planeta, que muestran ambas caras. Acá no es cuestión de derechas ni de izquierdas, pero mucho menos de teóricos que explicaron el capitalismo de arriba abajo y no repararon en los asuntos esenciales de su configuración ni en sus dilemas.

Las grandes potencias euroasiáticas aprendieron de su propia experiencia y del modelo nacional argentino; sostuvieron la orientación política de sus Estados, los ratificaron como conducción económica, habilitaron controladamente la acción privada, fomentaron el consumo masivo, disciplinaron la zona financiera a las necesidades públicas. Como contracara, buena parte de Europa y los Estados Unidos facilitaron el achicamiento estadual, admitieron el crecimiento de la ganancia rentística y –con discurso mediático lanzado a los cuatro vientos- promovieron el ajuste como virtud, en detrimento del aborrecible consumo.

El resultado de todo esto ha sido que la mitad del globo crece y la otra mitad se hunde. La Argentina, faro práctico y conceptual de las nuevas búsquedas equilibradas para el despliegue de la economía y la sociedad, se ha sumado a la decadencia improductiva de quienes siguen pregonando que el desarrollo es una “fiesta” que hay que “pagar” en vez de una llave para lograr más desarrollo. ¿Porqué, entonces, quienes sostienen este modelo dicen estar defendiendo el capitalismo, y quienes lo cuestionan creen estar atacando al capitalismo?

Situar los hechos en su real dimensión y calificarlos con justeza ayuda a definir caminos. Esta oscuridad conceptual que nos rodea, en la cual gobiernan gerentes del vacío, inútiles que jamás lograron producir un tornillo destinado a –ni hablar- una máquina, en la cual son cuestionados por una muchachada que aunque admite la pugna política y los acuerdos, en el fondo cree estar alzando banderas libertarias destinadas a aniquilar la “opresión del hombre por el hombre”, es dañina para diseñar una opción clara.

Preparo el mate. El clima está fresco y eso es bueno. Estimo que a excepción de un vienés llamado Rudolf Hilferding y, más cerca, Henry C.K. Liu desde Asia Times, no son tantos los que percibieron en serio, como problema, la cuestión del capital financiero. No soy chauvinista, sino sobria y sinceramente orgulloso por poder señalar lo siguiente. Para entender este presente hay que abrevar en autores argentinos y latinoamericanos. Empezando por Juan Perón, el citado don Arturo, y una lista más o menos conocida para los que se apasionan con el Pensamiento Nacional.

Tanto Ramos como Spilimbergo, desde el marxismo, lo apuntaron (“las masas no están ahítas de consumo, están sumidas en el infraconsumo”). Y el Papa. Pero después, la oscuridad. Inclusive aquellos socialdemócratas más actuales, evaden el fondo y dan la lata con las nuevas tecnologías. No porque haya que evitar su consideración, sino porque la incidencia de las mismas sobre el mundo del trabajo sólo es regulable a través de la acción del Estado. Discutir sobre las nuevas tecnologías en abstracto, por fuera del modelo aplicado… es como olvidar poner yerba en la infusión que acabo de preparar.

Intento limpiar en tanto resulte posible, las discusiones presentes. Digo limpiar en referencia a los cambios de frente plenos hacia la zona vacía del lateral en proyección. Hay gente que cree estar alzando banderas “contra un mundo derechizado”. Otros amigos suponen que el enemigo es tal o cual país, centrado sobre un Estado nación que ya ha sido atravesado y desmontado por el interés de las finanzas, las armas y las drogas. He leído en nuestras paredes, con preocupación, pintadas que convocaban a una “Guerra al G 20” durante el encuentro efectuado en Buenos Aires. Todas macanas, como tantas otras.

No voy a abundar con aquella frase “el mundo ha cambiado” porque bien puede ser utilizada para un barrido como para un fregado. Y, a decir verdad, todo se modifica de modo continuo, así que las obviedades deben ser obviadas. Pero sí es posible indicar que entre los años 80, cuando el tándem Ronald Reagan – Margaret Thatcher logró como carnadura política del ascendente capital financiero, disciplinar el planeta hasta el presente (Lehman Brothers ha sido el quiebre visible) orientado por Xing Jin ping y Vladimir Putin, el panorama se ha transformado sustancialmente. Que nadie se engañe, no estoy hablando de las personalidades ni de las intenciones, sino de los PBI que sostienen a cada uno de esos liderazgos y su dirección en base a los proyectos diseñados para afrontar los nuevos tiempos.

Volvamos. Otro de los factores de martirización propagandística contra pueblos y gestiones nacional populares es el famoso, nunca bien ponderado y señalado hasta el hartazgo “déficit fiscal”. Genial invento liberal –por dar un nombre comprensible a un ideario con aristas- para ocultar un circuito razonable.

Lo cierto es que la sociedad, a través de los impuestos, brinda recursos al Estado para que el mismo los administre en su beneficio. El derecho, pero también la obligación de una administración, es volcarlos sobre la misma sociedad que los genera para activar su desarrollo. Esta tontería de reducir el déficit fiscal –en la Argentina, al punto de disponer presupuestariamente el déficit cero– implica que los dineros que el pueblo brinda al Estado ya no volverán sino que servirán para alimentar deudas innecesarias, subsidios a compañías amigas de los funcionarios y a los propios dirigentes gubernamentales.

Allí entra a jugar, medios mediante, lo que hemos llamado la demagogia liberal. En algún artículo se dice, con liviandad, cuánto “cuesta” al Estado invertir en asistencia social, fútbol, eventos culturales, pymes y cooperativas. El eje del texto se repite con sencillez en radio y televisión. Como la cifra es elevada para una economía familiar, el receptor dice “qué  barbaridad, hay que ahorrar allí” sin percibir que ese dinero no es un costo sino circulante que origina un flujo de actividad interna que dimensiona el mercado. Deseos en acción.

El tema del famoso, difundido y teorizado “déficit fiscal” tiene dos derivaciones. La primera, ya expuesta, el saqueo en beneficio de firmas parasitarias y asociados. Pero la segunda, con Winston Churchill como inspirador, se dirige a derruir la industria nacional, enfriar la economía (allí aparece la tontería de bajar la inflación en base al menoscabo de la compra masiva) y primarizar este territorio que debido a su volumen, al saber técnico de una parte de la población y a la fuerte capacidad de ahorro social, es una amenaza genuina y tangible para los poderes rentísticos internacionales.

Pasa que este es un gran país, con un potencial inconmensurable. Por su geografía y por su pueblo.

Esta semana supimos que la industria argentina ha sido reducida a la mitad. Lo subrayo porque tengo la sensación que no se visualiza con nitidez lo que ello implica para la totalidad de las actividades y las vidas que se extienden sobre nuestro territorio.

El futuro se encuentra, siempre, inserto en la trama del presente.

 

  • Director La Señal Medios / Sindical Federal / Area Periodística Radio Gráfica

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