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domingo , febrero 17 2019
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Artilugia

Por KARINA SHAJRIS *
Di vuelta la hoja del cuaderno sin espiral, apoyé mi mano derecha sobre la hoja en blanco afirmando el vacío de escritura en cada raya de renglón. Recordé la sensación del comienzo de clases, cuidando los útiles nuevos, la falta de manchas de tinta, tratando de ser esa alumna que buscaban en mi llena de voluntad para la nada misma que es la educación. No se cómo fue que de pronto estaba pensando en vos, en esa cotidianeidad que uno tuvo y que un buen día pasa a ser extrañitud. Cuántas veces nos desnudamos de diferentes maneras? Qué es lo que hace que uno se pueda desnudar delante de otro y que un rato después sienta el pudor de la desnudez?
Galindez no se molesta más, las miradas de los demás no le importan, se acepta torcido como es. Torcido va por las calles, chocándose contra las ramas de algunos árboles bajos, sabiendo que los espejos no lo van a reflejar en su completud, pero ahora siente el éxtasis de ver la vida desde diferentes angulos. Será lo mismo que verla desde diferentes puntos de vista? No puede ir al cine, no puede tomar taxi, no puede manejar un auto, ni puede subir a un colectivo, pero puede abarcar el espacio y eso es como sentirse parte del universo, o mejor dicho, como ser el universo en si mismo. Galindez es un ser expuesto, expansivo, explayado pero no explosivo, no explicado, no expiatorio.
Y vuelven pero no como las golondrinas, vuelven a ponerse de pie frente a lo que esperan que sea el lecho del muerto, vuelven para confirmar el sufrimiento, vuelven a intentar que quede aplastado ahí al borde del “cross a la mandibula” de la vida. Me pregunto si para ellos sería suficiente que yo no estuviera más, no creo. A veces hay presencias tan fuertes que la ausencia de ellas tampoco alcanza. Son sus presencias o la mia? Son sus ausencias o las mias? Son todos los pensamientos juntos que te llenan de caldo la cabeza, plena ebullición maligna cuando vos solamente querés masticar unos caramelitos Piruli.
Artilugia se fue con la ropa lavada y planchada, se fue sin mirar a atrás. Sacó el viejo auto del garage de enfrente para no volver nunca más. Se llevó la escalera, el baúl de los objetos perdidos por otros y encontrados por ella, se llevó una parte de mi que yo ya no quería. Artilugia y el arte de hacerte desaparecer. Si a vos, a Artilugia y el arte de sacarte de mi lado para siempre.
Rezo que no me pase, rezo que la comida sea sana y purifique a mi alma y a mi cuerpo. Rezo para que se vayan los fantasmas, rezo para que no sea hoy, rezo para que tenga tiempo porque todos queremos tener tiempo. Aunque sea tiempo para no hacer nada, tiempo para hacer las mismas cosas, tiempo para prometer los cambios que sabemos que no debemos prometer, tiempo para ganarle a la muerte, tiempo de mentiras infinitas.
Y barre barre barre… y el agua de la canilla que gotea le tritura el oído, y putea por el sonido externo pero no por el sonido interno que es fuerte y hace mucho pero mucho barullo. Y las manos limpias sin bacterias, las manos limpias, los cubiertos limpios y vueltos a limpiar porque en el camino entre la limpieza y la puesta a secar pudieron haberse contaminado.
Y yo rezo, y pongo la estampita de otro santo que no conocía, y me pregunto si tomé todas las pastillas, si no tendré algo malo, si podre despedirme de todos y de todo, si podre recordar mañana como era este hoy y que recuerdos de este hoy quedaran en el mañana o si alguien me internara por locura indomesticable en algún hospicio extraterreno.
Y vuelve a barrer barriendo todo pero sin barrer mis pedazos de piel bajo la cama, sin barrer las basuritas pequeñas que se acumulan despacio, lentamente, como cociendo a fuego lento, a puntaditas, a puntacitos, a puntapiecitos, a puntitos, las miserias y las maravillas de la historia de este nuevo amor de todos nuestros días.
* Escritora y periodista argentina radicada en Malta / La Señal Medios

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