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viernes , abril 19 2019
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SCALABRINI ORTIZ / El hombre que está sólo y espera

Por GABRIEL FERNÁNDEZ *

El vacío, el sinsentido, pueden evidenciar la ausencia de esperanza y el declive; pero también dar cuenta de la necesidad de elaborar otro destino. El trabajo más polémico del gran Raúl Scalabrini Ortiz, el que ha desatado más inquietud entre quienes arribaron a su obra de atrás hacia delante, es el primero. Justamente, el puntapié inicial del principal periodista de investigación de nuestro país, “El hombre que está sólo y espera” referida al arquetipo porteño “el hombre de Corrientes y Esmeralda”, confunde por su postración a los admiradores del hacedor de las obras más trascendentes sobre la situación y las perspectivas nacionales.

Sin embargo, es posible detectar en el interior de su trabajo primordial la impresión que a Scalabrini  le causaba esta gran ciudad antes del emerger de un proceso abierto de desarrollo industrial y creativo. Es que todo se escribe en un momento determinado… y todo, también, se lee en una circunstancia singular. Aunque los clásicos trasciendan épocas y alcancen a identificar nuevas generaciones de lectores, es preciso abordarlos tomando en cuenta el período de su realización. Vamos entonces: esta obra sale a la luz en 1931. Mucho, pero mucho tiempo antes –en términos de vida humana- que el mismo escritor pintara su cuadro magistral sobre el 17 de Octubre de 1945.

¿Somos los mismos andando el tiempo? Algo late y perdura, hay una identidad, una mismidad para referenciarnos en otro autor filosófico que incidió en toda la generación posterior, Macedonio Fernández, pero hay modificaciones. Habitualmente, se supone que los años conllevan el aprendizaje por desencanto y que su decurso deriva en el escepticismo. Es clásico el ideograma del adulto sabio y desesperanzado. Podemos decir que en Scalabrini el recorrido por los barrios porteños, la mirada sobre su pueblo y el mismo suceder argentino, reorientó su ser, calibró sus prismáticos, insufló optimismo en su vida y en su obra.

Harto de escribir en el diario La Nación, el autor se lanza a la aventura de pensar. Vive. Siente. Lo que abarca su entorno no lo satisface, y lo hace saber. El hombre de Corrientes y Esmeralda contiene un Sur inconforme  pero sin salida. Mira hacia sus adentros en una búsqueda de reconocimiento. No encuentra opciones afuera, no halla respuestas interiores. “Es la suya una vida que se va cuesta abajo, resbalando despacito, lenta, sin sacudones, una vida que se le escurre entre los días y los años, una vida enaceitada que se aja sin constancias, sin tragedias, entre días monótonos, grises, que se disuelven atónitos los unos a los otros”. En la línea de los autores de novelas filosóficas, da cuenta de la percepción colectiva aunando sentires en una figura.

Scalabrini palpa que por estos pagos falta algo. Ni el prestigio que pueden ofrecer algunos medios, ni las modas intelectuales de la época, ni el yrigoyenismo pese a sus virtudes, ni la frenética demanda anárquica, facilitan un camino hacia la plenitud que exige el ser humano en tanto animal social. La admisión de la ausencia de –digamos- una Gran Bandera, preludia su surgimiento. Porque el vacío puede describirse, como lo hace Scalabrini en la obra indicada, cuando se intuye la posibilidad de su erradicación. Un hombre que no es cínico, realiza una labor literaria que bordea continuamente ese calificativo. Es que cuando las comunidades carecen de objetivos de largo aliento, sus integrantes se visualizan perdidos, a la deriva por un mundo ancho, ajeno.

Lo ha observado con hondura el ensayista Ernesto Goldar (y le ha costado ciertas polémicas duras): “No faltan comentadores apresurados que le señalan desniveles (también se lo acusa de “reaccionario”) a su primer ensayo, El Hombre que está solo y espera, oponiéndolo de alguna manera a sus múltiples trabajos posteriores. Si El Hombre… implica el comienzo de una fractura con el pensamiento cosmopolita, una lectura significativa de la obra demostrará que todos los ingredientes básicos de la formación de la conciencia nacional aparecen enunciados en este libro editado por Gleizer en 1931, para alcanzar varias ediciones en poco tiempo. La gran receptividad en el público no es casual cuando se identifica con una metodología que enfrenta la “realidad” versus “teorización vacía”. “Este libro compendia los sentimientos que he soñado y proferido durante muchos años en las redacciones, cafés y calles de Buenos Aires”, confesará al final, suscribiendo un método de conocimiento donde la experiencia sensible nutre al observador que se “transforma en conejillo de indias y experimentador, simultáneamente”. La invención de nuevos patrones para medir el contorno impedirán, así, la seducción ideológica ante los objetos ideales fijados, requiriendo de la práctica crítica como modelo de análisis.”

Añade Goldar “Entonces la apariencia externa de los hechos debe ser desechada y la opción por un “buceo en el ambiente”, para sentir, pensar y actuar, sobreviene como recurso. “Con virgen encantamiento de niño, me abandonaré a la contemplación del mundo”, escribe, y conecta su inmersión en la realidad sin dejarse llevar por preconceptos convencionales. La obra se articula en una triple dimensión: a) trasmite lo que piensa Scalabrini Ortiz, b) describe lo que siente el Hombre de Corrientes y Esmeralda, c) expone lo que el Hombre -suelto, desprendido del escritor- dicta, corrige y enseña al autor para salvarlo de las imprecisiones y orientarlo hacia el “espíritu de la tierra”. La descripción de lo concreto y sustantivo es, pues, el rasgo epistemológico del ensayo, que asalta la realidad porteña -ese resumen tipificado de medianía metropolitana- como expresión límite de una doble postergación.”

Hemos escogido, entre varios análisis, el del ensayista citado, porque inteligentemente descubre en la labor scalabriniana uno de los aspectos gnoseológicos que caracteriza al Pensamiento Nacional: la combinación de aproximación vital, percepción sensitiva y razonamiento. Durante  largos años y con esquirlas presentes, se ha devaluado esta vertiente por no considerarla científica o rigurosa. Pero, andando el tiempo, cuando nos llegan “descubrimientos” del Norte sobre la llamada “Inteligencia Emocional”, podemos decir que en la Argentina numerosos autores conectados con su pueblo comprendieron que por ese camino sinuoso, callejero y perspicaz, se podía arribar a un reflejo singularmente espejado y veraz de la realidad.

Queremos añadir otro elemento con proyección presente. Muchos datos espirituales de aquél porteño pre – 45 aún quedan en buena parte de la población de la gran capital. Ni el emerger de las grandes causas ni los cambios progresivos en el nivel de vida y por tanto en las opciones particulares para escoger rumbos mejores, han logrado mellar el escepticismo de quienes, en contravención con el camino de Scalabrini, se configuran inmunes a la alegría, se sitúan en la queja como discurso perenne y siguen viviendo –aun siendo muy jóvenes- en aquél complicado y crítico año 1931. La observación planteada no nos parece menor, pues esos recurrentes hombres de Corrientes y Esmeralda a destiempo, traccionan hacia atrás, liman su perspectiva de felicidad. Olvidan que en aquella obra Scalabrini transmitió un interrogante básico que le permitió el hallazgo de la salida con posterioridad: “El hombre se encabrita. ¿Cómo? ¿Qué inmunidades cubren la propiedad? ¿Quién las concedió? ¿No es su vida, la propiedad esencial del hombre, entonces?”

Encendemos un cigarrillo, tomamos unos mates. Releemos lo volcado hasta aquí y nos preguntamos si hemos sido fieles al sentir – pensar – hacer de un autor excepcional. Después de haber vivido –sí, vivido- toda la obra de Raúl Scalabrini Ortiz, pensamos que probablemente, nos vamos aproximando. Por eso nos lanzamos al desafío de comentar su trabajo más polémico y menos asumido. Ojalá alguna brizna de sabiduría vital nos facilite un proceso semejante: aniquilar el escepticismo con el ser de nuestra gente, cavar la tierra propia para ayudar la germinación; mirar nuestro horizonte para saberlo hermoso.

* Director La Señal Medios

** Texto elaborado para el periódico Conexión 2000 Arte y Cultura en el Nuevo Milenio.

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