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miércoles , agosto 15 2018
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El delicado sonido del diamante loco

Por Gustavo Ramírez *

A Jorge Pistocchi, por los pedacitos de rock

I
No hay estrellas distantes. Solo hay gente aglomerada detrás de palabras prometidas que nunca llegan más allá de la cama. Una hoja de ruta hacia el final de los días. Un acorde que suena lejano en la carne despedazada por la sinceridad de los sentimientos. Sobran los motivos para celebrar a la música. O tal vez no. Quizá es solo una mención a una compañía silenciosa y rutinaria que nos aleja de las perturbaciones electrizantes.

Un beso puede cambiar una vida. Es una mentira sutil. Pero mentira al fin. ¿Un disco puede hacerlo? Tiene más razón de ser que un beso que quema corazones. Así que tal vez sí. O al menos puede intentarlo. Ni el amor ni la música van a cambiar al mundo. Ambos son despojos de una noche insondable. Pero aun así mientras caminamos los días hacia el centro de la muerte vale la pena enchufarse los oídos a un par de acordes distinguidos.

Rattle That Lock, el nuevo disco de David Gilmour, es una de esas piezas musicales que uno va a llevar hasta que las noches se terminen. El Pink Floyd vuelve a desplegar toda su sensibilidad en una atmósfera densa pero luminosa. Contrariamente a su anterior trabajo, On An Island, ésta nueva elaboración no se cierne en la melancolía resignada del paso de los años. Es más bien una especie de: “Ok, todo está bien, vamos a hacerlo”. Gilmour vuela y nos hace volar.

II
Fiel a su estilo el guitarrista no se preocupa por las arbitrarias personificaciones de la crítica. No sigue las líneas continuas del mercado. Hace música como le gusta y lo disfruta. Vence al tiempo y su guitarra suena tan joven como en su mejor época. Gilmour conforma un disco que se asienta cuando uno lo escucha en profundidad. Sobrio y emocional, Rattle That Lock, es una producción que conduce a un viaje por la experiencia sensible de la existencia.

Los diez temas que dan forma al sonido Gilmour son de su autoría. Varias de las letras pertenecen a la escritora Polly Sanson. El compositor francés Michael Boumendil colaboró en el tema que da nombre al disco. Phil Manzanera, ex Roxy Music y habitual colaborador de David, fue productor del álbum. Rattle That Lock no es el disco perfecto pero es un gran disco o al menos es lo que sugiere el gusto personal de quien escribe estas líneas.

Gilmour tiene un estilo sencillo para tocar y componer música. Su fuerza musical radica en su sensibilidad estética. Permitirse volar sin mediaciones ideales o románticas. Solo música. Esa música que nos envuelve en una suave brisa de remembranzas sonoras. Donde no hay espacio para la angustia o las heladas promesas del fin del mundo.

III
¿El rock ha muerto? La inmortalidad enluta todo. ¿Para qué ser inmortal? ¿Por qué no morir? Nada es tan rock como la finitud. Después de todo un puñado de temas contribuyen a hacer mejor el viaje. Es posible que el rock, tal cual lo hemos conocido, haya muerto. Es mejor así. No hay motivo para ponerse mal. La música sigue sonando.

Uno puede montarse en un solo de Gilmour e ir más allá de los confines de su propia nariz. Dejarse llevar por una guitarra que se expresa con el corazón sin carecer de razón. Un sonido que espanta la soledad de un cuarto a media luz. Una fluidez sensorial que condensa la expresividad del arte en la tensión mundana de una cuerda que se estira hasta paroxismo. Escuchar al guitarrista de Pink Floyd en su cuarto disco es un placer irracional.

No hay estrellas distantes. Hay galaxias que se mueven. Gentes que se desplazan hacia cuerpos fríos y sonrisas hirientes. Nada es superficial. Y le das cuerda al tiempo. El tiempo no se detiene. Y hay gritos en la calle y gente que corre desesperada detrás de la nada y amantes que se aman y no se pueden hacer ver y hay música. Música como la de Gilmour, acariciando cuerpos desnudos en el umbral donde moran las sombras. Hay música poesía que calienta pies helados por el barro del camino. Y eso, de alguna manera también es rock.

Rattle That Lock sorprende y fascina. Eleva y sostiene. Sin golpear. Sin violencia sonora. No es un rayo furtivo. No es el ruido indie de la espectacularidad suicida. Es el sonido de la existencia. Es la vejez llegando a paso lento con una sonrisa en las manos. No hay dramatismo en la sinceridad musical. Gilmour toca prolongando sus sentimientos en las cuerdas de su guitarra y compone un disco emocionalmente maravilloso. Simplemente hace música y nos interpela. El diamante loco vuelve a brillar en su delicado sonido.

* Feos Sucios Malas / La Señal Medios.

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