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Sujetos de Dignidad; no Objetos de Caridad

 

Por RAQUEL PINA *

31 de agosto de 2019- Desde el otro lado del planeta

 

There has never been a document of culture, which is not simultaneously one of barbarism. And just as it is itself not free from barbarism, neither is it free from the process of transmission, in which it falls from one set of hands into another. The historical materialist thus moves as far away from this as measurably possible. He regards it as his task to brush history against the grain. Walter Benjamin, On the Concept of History, 1940.

 

Nunca ha habido un documento de cultura que no haya sido al mismo tiempo documento de la barbarie. Y así como no está por sí mismo libre de la barbarie, tampoco lo está del proceso de transmisión, por el que pasa de unas manos a otras. El analista en el campo del materialismo histórico se aparta tanto como le es humanamente posible de este hecho. Y deviene su tarea recorrer y entender la historia a contrapelo de su devenir. Walter Benjamin, Sobre el concepto de historia, 1940

[Mi traducción (N. de la A.)]

 

Mucho nos ha pasado desde aquel aciago octubre de 2015 cuando pasamos al ballotage. Como pueblo hemos sufrido una transformación inmensa y profunda, tanto que creería yo ha mutado la genética cívica de nuestra argentinidad. La derecha probó por primera vez despegarse de los golpes de estado desde el aparato militar y decidió jugar a la política. Se notaba en los comentarios soeces y procaces de sus cabezones en aquel momento –“La inflación es la prueba de tu incapacidad para gobernar” (Mauricio Macri, jefe de CABA y candidato a presidente por la Alianza Cambiemos- y se sigue notando ahora –“Creíamos que iba a ser más fácil” (Avelluto, Ministro de Cultura de la Nación). Nosotros, la no-derecha (sea lo que sea que caiga en esta categoría que se define desde lo sistemático- saussereano, cada elemento es lo que no son todos los demás), hicimos un duelo exprés en horas de la madrugada y nos lanzamos a las 8 de la mañana del lunes a militar como progenitores a lxs que les habían arrancado su primer hijx. Ciegos de tanto llorar, sordos de tanta masa mediática reventándonos los tímpanos y mudos de terror ante la posibilidad de que los coautores de la dictadura genocida fueran validados por el voto democrático, nos amontonamos primero en una explosiva y misteriosa página de Facebook (“Resistiendo con Aguante”) que crecía al paso que luego crecería la deuda externa y luego nos materializamos en el territorio, para unirnos al caos que provocaba la idea de no contar con un estado presente y contribuir a la reorganización del campo nacional y popular.

En días, sí, en días fuimos cientos de miles y seguíamos sumando. En ese lugar virtual de la selva de silicio nos encontramos desde Ushuaia a la Quiaca, desde la cordillera al Atlántico, nos empezamos a conocer a través de la colaboración para militar. Teníamos un mes y no sobraba nada, ni tiempo, ni recursos. Pero abundaba el espíritu de llevar como estandarte los valores de la Patria Grande soberana y unida, ese proyecto iluminista vernáculo que truncaron los traidores que siempre sobraron. Fuimos una oleada enloquecida de voluntades anónimas procesando información, aprendiendo de economía, leyes, redes, trolles, bots, produciendo noticias, crónicas, contando las historias inmensas de los nadies que 12 años de gobierno popular habían convertido en “álguienes”, trabajadores, estudiantes, docentes, cineastas, deportistas, científicos, taxistas, quiosqueros, obreros, empleados, periodistas, comerciantes y dueños pymes; incluso los excluídos del diálogo patrio por el exilio económico del 2001, devinimos voces en el concierto nacional. Una cosa es cierta, aprendimos. Y en ese aprender, devinimos sujetos. El magma cívico rugía a miles de grados de temperatura.

Muchos volvimos a militar y redescubrimos el error de haber abandonado esa buena práctica cívica de no tercerizar el análisis de la realidad ni la producción y circulación de las noticias en las empresas mediáticas -después de todo, siguen la lógica del capitalismo financiero, discurso a alta velocidad para convertirnos en (sus) objeto de consumo. Muchos aprendieron a abrir la cancha a la formación de cuadros cívicos latinoamericanos -otra práctica perdida- y dar lugar a la gente que descubría que la militancia activa desde el lugar de cada uno es el único resguardo a la hora de defender la patria soberana. Todos aprendimos de todo y nos ayudamos y nos peleamos y nos reconciliamos, o no. Nos quedamos o nos fuimos de miles de grupos, páginas, perfiles; bloqueamos o fuimos bloqueados. Pero nunca abandonamos la lucha porque a pesar de las diferencias, el principio que nos había unido era el mismo. Estábamos siendo atacados por una guerra trasnacional, con bombas de información en lugar de bombas de hidrógeno; invenciones virulentas en lugar de Napalm; delirios legales en lugar de centros clandestinos de detención y tortura.

En ese devenir agentes cívicos forzados por la urgencia, forjamos definiciones, protocolos, modelos de análisis, modos de comunicación, nos entendimos como sujetos activos de nuestro propio destino. Pero sobre todo, empezamos a cristalizar la idea de que el valor supremo que nos debe unir es la Dignidad; como seres humanos, como ciudadanos, como argentinos, como latinoamericanos, incluso como seres vivos. Una de las frases que más me ha impactado a lo largo de mi carrera académica y de la miríada de libros que alguna vez pasaron por mis manos ha sido la de Eliseé Reclus “El ser humano es la naturaleza tomando conciencia de sí misma”, concepto que Erick Fromm desarrolla magistralmente en obras como El arte de amar o La sociedada sana. No existe película ni historia de ciencia ficción que supere esa frase tóxica pero certera hasta el tuétano. En 11 palabras describe la maravillosa, mágica y misteriosa emergencia en el universo de la conciencia humana. Conciencia que el capitalismo que se lanzó en 1492 a la conquista utilitaria del mundo y sus habitantes logró alienar ferozmente en tan solo 5 miserables siglos, hasta convertirnos en dignos negadores de su trazo fundamental: la dignidad. Pero ¿de qué orden es la constitución de ‘lo digno’?

Una vez, en una clase sobre globalización en la universidad estadounidense donde realicé mi doctorado, discutíamos sobre el lugar que se le imponía a Latinoamérica en el mundo moderno y cómo nuestra agencialidad dependía del lugar en el mundo en el que nos había tocado nacer. A mí, de todo eso me obsesionaba entender qué nos había pasado a nosotros los del barrio Transporte, mitad barrio popular mitad villa miseria donde se asentaran los expulsados de áreas rurales como Villa Guillermina debido a la mecanización en post de la producción sojera. Mi comentario al profesor, un uruguayo que sabe muchísimo y tiene un nombre bien oriental, Abril Trigo, fue la descripción de mi infancia, durante la cual mi mamá se empecinaba cada primavera en doblarse en dos por horas en el patio de tierra para tener, alrededor de la casita de una pieza, un baño y una galería-cocina mas bien precaria, un jardín de cuentos de hadas -ciruelos, pomeleros, naranjos, higueras, parras, malvones, dalias, claveles, paraísos, pájaros y mariposas, conejos y perritos. Y de cómo todo eso se desvaneció al ritmo que el neoliberalismo cívico-militar nos hundía económicamente.

– ¡Ah, pero qué roussoneana te ponés vos también! – me dijo.

-Sí -le retruqué- ponele, pero ¿por qué pasa eso? Por qué desaparece algo que no cuesta dinero en la vida diaria de la gente? Debería ser al contrario, la resistencia debería estar en lo que no está subsumido por la lógica del mercado.

-Pero es obvio -me contestó impaciente ante mi perplejidad- Porque se pierde la dignidad.

“Se pierde la dignidad”, otra frase que me sacudió, porque reestructuraba mi entendimiento de lo que nos había pasado en ese barrio mío, de zanjones donde cantaban las ranas en las noches de verano y veredas habitadas por ramilletes lilitad de flor de paraíso que explotaban cada primavera; de campitos verdes que se convertían en campos de cristal con la escarcha de los inviernos y calles de tierra puro lodo cada temporada de lluvia. Mi gente había perdido la dignidad. Y con esa pérdida, viene un sentimiento ominoso y terrible para el ser humano, la desesperanza. Muta uno en un desesperado, casi por inercia. Es casi casi como en Casa Tomada de Cortázar. Vas cerrando puertas para contener la invasión hasta que un día estas alienado de tu propio ser. Un des-esperado. Y dependés, y mucho, y en todo sentido, de fuerzas externas sobre las que no tenés control alguno. La palabra “desesperado” es tremendamente profunda, si se la piensa bien. Es de una pasividad y una negación tan honda, tan honda como la angustia de quien vive tal situación. Uno no es esperado por nadie. Sos un no-esperado. Te quedaste. Te perdiste. Ya no sos.

Este sentimiento, que llevo conmigo en un rincón de mis recuerdos racionales y que es parte de cada fibra de mi cuerpo porque me tejió desde que nací y solo pude simbolizar en el exilio, revivió hoy cuando leí un post de otra profesora que ha sembrado flores en mi espíritu como mi mamá sembraba malvones multicolores en el patio de tierra de mi casa natal. Mari Hechim amaneció su muro de Facebook con una frase del querido Walter Benjamin: “Más vigente que nunca: Sólo por el amor a los desesperados conservamos todavía la esperanza.” Curiosamente, otro filosofo de los nuestros que habla del amor. Pero no es este el amor romántico decimonónico de las novelas formadoras del nacionalismo burgués y entregador de la patria. Tampoco es un amor platónico ni de marxismo de café. Justamente porque habla de los desesperados y de la obligación de los que aun no fueron alienados de su propio ser de hacer políticamente para que aquellos que alguna vez fuimos arrancados del terreno de la dignidad, la podamos reconstruir desde adentro, con nuestras propias fuerzas; fuerzas que solo existirán si sabemos que alguien nos espera. solo así dejamos de ser des-esperados.

Volviendo al muro de la profesora santafecina Mari Hechim, veo que uno de sus amigos macristas le comenta:

– No entiendo que querés decir Mari. Entiendo que es una cita que te moviliza, pero sentir amor por los desesperados me gustaría mucho, pues suena graciosísimo. Debe ser muy copado.

“Debe ser muy copado” … El mal gusto de la sorna me revolvió el estómago y mucho, amén de que la atención puesta en la chicana no le permitió al desubicado comentador ver hasta qué punto su propio discurso lo traiciona, como siempre ocurre cuando hablamos. Nuestro discurso evidencia lo bueno y lo malo que nos habita, nuestras ignorancias y nuestros conocimientos; nuestras bajezas y nuestras esperanzas; nuestras solidaridades y nuestros giros egoístas.

 

La profe, que es un as de la esgrima discursiva, y además una pedagoga militante 24/7, le responde:

– Depende de tu sensibilidad, diferente a la de Walter B. Eso es todo.

 

El macrista atrevido, que tonto no es, se encapricha en su necia postura y le retruca soberbiamente:

– Es evidente. Y así seguirá. Yo me siento, me acuesto, charló, acompaño al médico y no podría contarte, ni hace falta contar lo que hago «con los desesperados». Mi sensibilidad no es literaria ni filosófica, mucho menos de red social. Mi sensibilidad es real y llevada a la práctica todo el día y todos los días. Querida señora.

 

Más allá de las obviedades discursivas – enunciado centrado en el yo, por encima de todo y de todos; afirmando kantianamente que no piensa repensarse desde el diálogo y queriendo contrapuntear con un pensador de la talla de Benjamin a partir de sus propias actitudes mesiánico-caritativas, olvidándose el lugar histórico-materialista que ocupó el pensador de la Escuela de Frankfurt, quien se suicidara ante la opción de caer en manos de los nazis- se pone en evidencia que este (in)digno sujeto macrista, subsumido por la meritocracia corrosiva que alimenta egos millenials carentes de ética,  no entiende lo que es ser un desesperado. Yo fui una y les puedo asegurar que no necesitaba que me acompañen al medico o que hagan algo «conmigo» porque eso hubiera sido tratarme como objeto, negarme la dimensión de agencialidad que me dignifica, victimizarme. Lo que sí necesitaba era una mirada diferente sobre la vida transmitida por un ser que supiera lo que era la dignidad, como la profesora Mari Hechim; alguien que continuara en términos de igualdad, la formación humanística que sembraran mis padres, un obrero desocupado y una sirvienta ninguneada por la oligarquía santafecina.

Afuera de las aulas, yo arrastraba mi hambre de pan y lograba encontrar algo para comer y seguir. Ese no era el problema mayor (aunque sí grave y urgente). Por el contrario, el problema que colgaba sobre mi existencia cual guillotina francesa era cómo le daba sentido al hecho de que en mi entorno «la gente» había decidido darle la reelección al hijodeputa que venía hambreando a mi familia desde hacia años, hundiéndola en la desesperación agria de los olvidados. El problema era que en la universidad siguiera ganando esa indigna asociación ilícita llamada Franja Morada, la misma que vi robando colchones, ropa y mercadería a los inundados en el 2003. Cómo hacia para conciliar ética y academia; como enfrentar a profesoras gorilas del Instituto Superior del Profesorado Alte. Brown, que sin empacho, me recordaban todos los días que yo era una negra villera que nunca podría aprender a hablar o escribir en inglés. Y sin empacho, personas como la Prof. Kurgansky, de Gramática II, de la carrera del traductorado de inglés, nos decía que los negros rochos éramos «bestias maleducadas que no merecíamos estar en Atlanta disfrutando del primer mundo (?)» (Se jugaba en aquel entonces el mundial en los EE.UU. y ese día, era en el estadio de Atlanta).

Se entiende, entonces, por dónde pasa el «amor por los desesperados», que no es ni filosófico ni platónico, sino que te atraviesa el alma, y te conjunta con el otro pero no a partir de la objetivación sino de la subjetivación del propio ser a la comunidad en la que sos co-participe necesario del éxito o del fracaso, depende de donde estés políticamente parado y no en términos monetarios sino éticos y humanos. Y eso, eso sí que es todos los segundos de tu vida, no los ratos donados para enmendar el voto al hijodeputa o la militancia d e la hijaputez humana disfrazada de política.

 

* Investigadora / Estudios Culturales Latinoamericanos / La Señal Medios

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