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domingo , septiembre 15 2019
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Ideología y Cultura, un binomio jodido

Por HUGO FERNÁNDEZ PANCONI *

 

¿Se puede hablar de cultura desde un lugar a-ideológico?

 

La cultura no se circunscribe a una ideología, por el contrario, es capaz de contener más de una, donde coexistan, en acuerdo o confrontación, subordinación o resistencia y mestizaje o ambiguación. De ahí se sigue que cada ideología intenta o constituye un “recorte” de la cultura a la que pertenece. Y sería lógico considerar que resulta más genuina aquella ideología que es más abarcativa de la cultura que la contiene.

Para muchos de nosotros eso es el peronismo: la ideología política que emana más genuinamente de nuestra cultura. O –más bellamente expresado por David Ramos– “el peronismo es un fenómeno cultural que a veces se expresa políticamente”. Ello explica que el combate o la guerra, que se le hace desde distintos estamentos y sectores sociales, es cultural. No se trata de refutar una idea o un conjunto de ideas sino de negar una identidad.

Se declama en aulas y claustros universitarios que (los argentinos) carecemos de identidad propia, que hablar de cultura nacional es una veleidad típica de folkloristas muy dados a lo pintoresco y negados al pensamiento universal, etc. Pero cualquiera que haya entrado en el vasto terreno del pensamiento nacional (profusamente editado además), o haya experimentado sensiblemente su hacer en contacto con el suelo y el firmamento, entiende que el mecanismo del pensar situado implica una cosmovisión propia y a eso la inteligentzia, desde los tiempos de Jauretche, le tiene pavura. Y –ya se sabe– cuando se insiste publicitariamente o se publicita insistentemente, sobre la (no)existencia de algo, hay que sospechar lo contrario y viceversa.

 

Coinciden en esta “persistencia encubridora” desde los herederos del diseño del Estado Nacional, los “autores intelectuales” digamos, hasta ciertas fuerzas –autodenominadas progresistas– que con más empeño que éxito, se manifiestan en contraste con dicho diseño.

Los primeros asientan su ideología (económicamente liberal y políticamente conservadora) haciéndola equivalente a la cultura nacional “acrisolada” sin trepidar en adulterar la historia y soslayar o negar identidades para sostener su sitio de privilegio (Su lema: nuestro ideal económico se corresponde o equivale a nuestra cultura).

Los segundos –funcionales, pues convalidan aquella “equivalencia” negando lo cultural y apelando a lo ideológico como totalizador– cuando no son meros importadores de ideas, apelan a trazas y/o tendencias culturales que identifican como culturas subordinadas, para montarse sobre dispositivos ideológicos, generalmente también pergeñados en otra parte, que adquieren un llamativo interés y desarrollo por estas queridas tierras (Su lema: nuestro ideal, abarcativo de toda la humanidad, se impone sobre cualquier cultura nacional/ regional/ local).

Las posturas aludidas que se identifican con lo que vulgarmente se llama derecha e izquierda, comparten su animadversión contra lo nacional. Lo nacional se expresa ideológicamente desde una cultura definida pero no clausurada. No es lo europeo tan caro a las oligarquías sudacas ni lo son las tendencias “pro” lo que esté por llegar. Una cristaliza en una pequeña porción, la otra nos atomiza en varias porciones. Ambas visiones suman con entusiasmo a la postergación pues al “desacuerdo ideológico” le sobreviene la negación o “el cuestionamiento” de la cultura e identidad nacionales.

 

Ahora bien, también se suele aludir a los términos “cultura” y “cultural” como si fueran previos a cualquier ideología o como si debieran preservarse de la contaminante presencia de las ideas. Tal el caso en algunos (supuestamente neutrales) abordajes de la cultura de los pueblos originarios donde una mirada naif-antropológica reduce lo cultural a un conjunto de costumbres bastante extemporáneas y también, en ciertas elites del saber y el arte vernáculo que, para nada inocentes ni asépticas, pregonan que toda ideología va en desmedro de dichos términos. Saque el lector su conclusión sobre la veracidad de esas aserciones.

 

¿Y de las ideologías extrañas?

 

Hay –resulta bastante claro– una nacionalidad de las ideologías, en cambio no es tan claro determinar una nacionalidad ideológica.

Para el primer caso se entiende que el “recorte” ideológico realizado en una cultura dada resulta tan potente que es trasladable o aplicable a otras culturas o nacionalidades. El ejemplo más claro, de esa expansión sigue siendo el de la revolución del proletariado, en tanto trabajadores hay en todas partes. Pero también es un buen ejemplo de cómo el “recorte” no aplica en culturas diferentes cuyos trabajadores son también desemejantes. (No se pretende ignorar la condición generalizada de explotado que tienen los obreros del mundo –al contrario hay que decir que el aumento de la explotación es proporcional a la cantidad de puestos de trabajo, siempre en baja debido al factor tecnológico– ni negar el diseño social derivado de quien ejerce el poder: los “dueños de los medios de producción”).

Pero hay que resaltar por si no fuera claramente percibido, que la condición de extraña de una ideología, en tanto “problema”, no está tanto en lo que “trae” desde su lugar original, si no en lo que “no tiene” del lugar al que llega. Esto es el aspecto o la variable cultural. Lo que simboliza o significa, que no deja de ser formativo del mundo de las ideas, pero que a su vez lo trasciende. Quienes no sienten esa falta es posible que tampoco estén imbricados en la cultura en cuestión y esto nos lleva a sopesar hasta donde es necesaria una ideología autóctona o propia, devenida de una cultura nacional.

 

¿Nacionalismo cultural?

 

El problema es que entre nosotros ese concepto es casi una mala palabra. Todo argentino que se vislumbre como partícipe de un proyecto nacional (que insista en pensarse desde su lugar), es considerado livianamente un “facho” y/o un “atrasado”. Y ese es un avance ideológico sobre la cultura, sostenido a dos puntas, que opera como tabique de nuestra identidad e impide todo proyecto político estratégico soberano.

¿Es necesario marcar a quién le conviene semejante simplificación? Les doy una pista… Lo primero que se desmonta cada vez que un gobierno de la anti-patria (sostenido curiosamente también a dos puntas) se hace cargo de nuestro destino es el orgullo de pertenencia. Tienen que volver a acicatear el complejo de inferioridad que proyectan sobre el pueblo, para impedir que aflore lo que viene y resiste a flor del suelo: una clara identidad mixturada, una cultura nacional “multígena” definida.

 

Una conclusión forzosamente transitoria.

 

Abandonar la resistencia cultural y pasar a la ofensiva conlleva necesariamente desarmar todo el andamiaje montado por la oligarquía y sostenido por sus adláteres ilustrados contra nuestro pueblo. Implica revisar nuestra educación en todos sus niveles para que las ideologías, cualquieras que sean no se constituyan en agentes troyanos de nuestra cultura.

 

Cerramos con una cita de otro imprescindible y la seguimos…

“La clase dirigente argentina siempre ha sabido cuál es su verdadera posición frente al pueblo y por eso, por boca de uno de sus prohombres, enunció su famosa frase: ‘hay que educar al soberano’, y le negó al pueblo la madurez y capacidad para regir sus propios destinos. Es sobre la sangre y el aislamiento del hombre argentino que la oligarquía, a través de cien años, pudo edificar ese tremendo aparato jurídico, económico y social, como consecuencia del cual nuestro patrimonio fue explotado por una casta de traidores nativos que siempre actuaron como agentes del imperialismo europeo en América”.

John William Cooke, 1951.

 

* https://www.facebook.com/notes/hugo-fernandez-panconi/ideolog%C3%ADa-y-cultura-un-binomio-jodido/3157677254249062/

 

https://www.youtube.com/watch?v=T-Wfr1seBP8

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