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lunes , agosto 19 2019
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EMPUJE, Y ASTUCIA

Apuntes sobre el peronismo y la opinión pública, la historia de las hegemonías, los medios, la normalidad, el mundo y la intención de voto al día de hoy

 

Por GABRIEL FERNÁNDEZ *

 

Ante las idealizaciones de otros períodos de la historia contemporánea, valen algunas observaciones sin porcentajes, pero con algunas certezas elaboradas. No recuerdo tramos en los cuales el peronismo fuera hegemónico en las calles de las ciudades más importantes. Las zonas céntricas, donde se realizan los trámites y las compras, los barrios más ordenados y el clima que surgía de allí nos imponían un manto tejido con opiniones antisociales y devaluatorias del pueblo y de la patria que lo contenía.

Tal  vez entre fines de los 60 y comienzos de los 70 hubo un quiebre parcial de esa situación, que duró poco, seguramente en el año 89 con la gran campaña productivista y salariera de Menem, un rato durante el 54 por ciento de CFK junto a Néstor. Momentos épicos de una historia en la cual la norma ha sido el despliegue de un sentido común ramplón basado en que la gente no gusta del trabajo, los peronistas son deshonestos y los sindicatos un negocio para los dirigentes. Los portadores de esas versiones nunca evidenciaron comprensión sobre el origen concreto del dinero que llegaba a sus bolsillos y se sentían cómodos entornados por la complicidad social que implicaban sus expresiones sin fundamento.

En la misma línea: los medios siempre estuvieron en contra. Algunas experiencias de la prensa nacional y popular llegaban a los hogares, pero luego se desvanecían aplastadas por pilas de papel impreso por las empresas de orientación liberal conservadora que machacaban con lo suyo. Y si lo hacían de modo más relajado que en el presente, de todos modos no dejaban de hacerlo. Algo de Crónica y bastante de Así, en zonas fabriles el periódico de la CGT y poco más. Los medios y la opinión media ocupaban la escena promedio con opiniones medias propias del medio pelo. De hecho hoy existen muchas más vías de comunicación nacional populares que las que se registraban en otros períodos.

Dato relevante como contracara. En la actualidad el movimiento obrero organizado tiene un rol estructural más importante que el sostenido en los 60. Seguramente fruto del aprovechamiento de la experiencia y de los logros productivos de la Década Ganada, el sindicalismo hoy es más poderoso y contenedor que el demasiado dividido y por supuesto perseguido de aquellos años idealizados. De hecho si cualquiera se cruza hoy con un delegado, militante gremial o dirigente sabe que enfilará sus críticas contra el macrismo. La invisibilización de esta realidad, relevada en la superficie por aquél insistente decir de quienes poco entienden, deprime al adherente peronista de las capas medias que se siente rodeado de gorilas.

Pero vea. En todos los períodos, inclusive durante la dictadura, las zonceras de quienes no saben de dónde sale el dinero que llega a sus hogares se enlazan con el desconocimiento de quién se queda con esos recursos cuando la caída del nivel de vida familiar resulta inevitable. Así, mientras los experimentos de Alsogaray, Krieger Vasena, y más tarde Martínez de Hoz vaciaban los bolsillos de amplios sectores sociales, podían escucharse referencias al oro que tantos años antes parece que Juan Perón se había llevado de las arcas estatales, a la dilapidación de Juancito Duarte y a los excesos de beneficios para “los obreros” que pedían pedían y … no querían trabajar.

En suma, quiero señalar que las cosas que se escuchan por aquí y por allá no son nuevas y que las modernas tecnologías no han hecho más que afianzar las zonas conceptuales pre existentes en la sociedad. Frente al azoramiento de los periodistas y consultores más jóvenes, debo decir que mientras miro las nuevas olas no encuentro grandes diferencias en la espuma que llega a las orillas. De allí que la paridad registrada en el 2015 merezca una reflexión: quien logra unificar su espacio, gana. Si los dos espacios están unificados (polarización) la combinación de situación económica y propaganda mediática hace lo suyo. La primera tironea en un sentido y la restante, en el otro.

Pero hay algunos datos que sí pueden contribuir a que esa delgada línea intermedia de la comunidad se vuelque en una dirección acorde a sus intereses o padezca un traspié singular: la narración clara de lo realizado y le emoción que ofrece una campaña bien forjada. El aspecto inicial –hemos charlado ya del asunto- permite indicar que lejos de las promesas, el piso es alto y está esbozado por la acción. El peronismo no debería seguir aclarando que es bueno, y bien podría indicar los logros concretados entre el 2003 y el 2015. Que fueron gigantescos y ni siquiera están situados con firmeza en la mente de los propios. El punto restante amerita retrospectiva hacia las campañas del 73, del 89 y del 2011. El factor contagioso, la pulsión visceral, el entusiasmo pasional de una buena transmisión peronista, contagia y suma. Hay un punto más, que veremos adelante.

Antes, cono del silencio. Entre nosotros, una observación que no debería malinterpretarse. Es obvio que considerar liberal a Alberto Fernández en un movimiento que tuvo a Carlos Menem diez años en el gobierno, y evaluar marxista a Axel Kicillof cuando el propio Perón designó ministro estratégico a Jose Ber Gelbard, es una tontería formidable que un buen peronista no debería permitirse. Lo que sí se puede señalar allí es que ambos se están esforzando por presentarse en sociedad como “hombres comunes” –de hecho una de las promociones así lo indica- y eso rebaja la emoción necesaria para adscribir a pilotos de tormentas que deben sacar el país del marasmo. En realidad, a las personas comunes no les cautivan otras personas comunes. Un dirigente debe alzar la cabeza y por ende la mirada, por sobre el promedio, para señalar el camino e indicar el horizonte.

La campaña del Frente de Todos no evoca las victorias que implicaron poner de pie la Nación después de la catástrofe; y sus candidatos, con bajo perfil, no transmiten la pasión imprescindible para evidenciar que están un poco locos y eso los lleva a dedicar las 24 horas a gobernar el mejor país del mundo. Todo este asunto de soy profesor y paseo el perro (cotidianeidad honrada) ya está bien: ese lastre que implica debatir a la defensiva con medios a los cuales no les importa mentir de modo descarado para “demostrar” que los peronistas son ladrones quita energía y no convence a los acusadores, mientras la sociedad espera soluciones prácticas. (Una persona común, digamos, es la kiosquera de la otra cuadra: créanme que no la quiero ni para organizar un kiosco). Si se cambia el eje a tiempo, esas aclaraciones honestistas quedarán como base y en el mes venidero será hora de lanzar una verdadera campaña.

Arreglamos el mate. Intento señalar que el peronismo nunca contó con el 80 por ciento de los respaldos ciudadanos. Tampoco Fidel, ni más cerca Putin, ni el mismo Perón. La masa antinacional es numéricamente importante, es parte de las tradiciones locales y muchas veces careció de vigor por estar desunida –un clásico de la llamada derecha, mientras se repite como cacatúas hay que unirse cual hace la derecha-. Como anverso, el campo nacional popular cobró dimensión cuando confluyó sobre una lista y una bandera y las respaldó de manera mancomunada.

Los medios son buenos para hacer sentir que todo el mundo piensa del mismo modo –antinacional, antipopular, antisindical-; ese es su negocio y se cuidan bien de explicar porqué razón tal unanimidad no se ve reflejada en las preferencias sociales. Cerca del 40 por ciento del pueblo argentino sigue orientándose, desde hace siete décadas, por los preceptos planteados desde los humildes Cuadernos de Forja. Sin recordar el nombre de los autores ni poder señalar con precisión de dónde vienen determinadas ideas, sabe que cuando gobiernan le va bien. Los impresionantes esfuerzos propagandísticos realizados para romper esa inteligencia activa, no han tenido un éxito equivalente a su enjundia.

De allí que la preocupación de tantos compañeros emerja mal orientada y estas líneas tienden a ubicar la cuestión. Está bien preocuparse por afirmar el espacio propio y por difundir los logros reales a través de una pasión genuina. Es innecesario preocuparse por el ambiente sórdido de resignación y odio difundido comunicacionalmente. Pero vamos un poco más allá, tomando como raft la nota sobre Frank Underwood en estas páginas. Pues en ocasiones ese sentido común del hombre común que participa de un movimiento nada común termina creyendo que denuncias claras y contundentes no son más que teorías conspirativas y se niega la posibilidad de comprender.

Venga: se le llama teoría conspirativa a una idea razonable y demostrable para bajar su precio. El  ejemplo mundial más trascendente es el ataque a las Torres Gemelas. ¿La idea base?: verdad es lo que cuentan los medios; lo demás, es teoría conspirativa. Entonces, lo aseverado sobre la censura en Hollywood –muy visible en pantalla- es considerado un armado propio de chiflados. Lo cierto es que desde mediados de los años 90 a través de negociaciones legales y con contratos formales, las empresas financieras se fueron adueñando de las acciones de los medios de comunicación más importantes. Así se fue construyendo esta narración única que calibra la razón y da cuenta de una realidad a la medida de esos intereses.

Esos intereses rentísticos combatieron –y lo siguen haciendo- todos los proyectos productivos asentados en la inversión y el trabajo como si fueran comunistas y ante el surgimiento de nuevos movimientos en todo el planeta englobaron el ataque a partir del rebautizo: populistas. Algo de eso había dejado entrever originalmente Arturo Jauretche en su tiempo, y en las horas recientes lo planteó Cristina Fernández de Kirchner: el macrismo es anticapitalista.  Los medios que lo sostienen son anticapitalistas. La Multipolaridad –con ejes persistentemente cuestionados por el andamiaje citado- es el reagrupamiento del Viejo Topo para poner en marcha la producción de bienes de producción y consumo que puede salvar millones de vidas humanas sobre el planeta.

Entonces, censurar una serie televisiva de enorme visibilidad, así como “denunciar” que el desarrollo científico técnico en la Argentina kirchneriana fue para “hacer caja” configuran, como los ataques a Venezuela, a Rusia y al Papa, parte de la misma política global. No crea, lector, que me olvidé de la campaña. ¿Porqué? ¡Porque todo eso hay que decirlo! Haber dejado de lado en la acción preelectoral el panorama internacional implica negarse a debatir alrededor de un horizonte de mediano plazo que favorece con firmeza el planteo peronista sobre el subcontinente y sobre el modelo económico a seguir.

Este no es un texto largo. Es un planteo breve que no pretende competir en audiencia con los cañones concentrados. No se dirige a “todo” el público sino a quienes, desde la incidencia por  opinión, a la charla cotidiana, al periodismo, al diseño de campaña, a la labor sobre las redes sociales, sí se van comunicando desde sus parcelas con la población. El que no llegó hasta acá no está en esa lista sino entre los receptores del conjunto que necesitan consignas breves y directas. Eso no está mal, sólo define los perfiles. Los Cuadernos de Forja no tenían la pretensión de desembarcar en todos los hogares argentinos sino en los de los organizadores de distintas zonas de nuestra sociedad.

Hay bastante más. Vamos a seguirla.

¿Cuadro de situación inmediato? Creo que estamos ocho puntos por arriba. Creo que el macrismo ha perdido votos con Lavagna y con Espert. Empezó a contener su caída con cierta estabilidad de dólar y precios. Pienso, en esta tarde de sábado y a sabiendas de cambios que pueden generarse en horas, que faltan un par de puntos, un poco de empuje y astucia –nada más, nada menos-, para ganar en primera vuelta.

 

  • Director La Señal Medios / Sindical Federal / Area Periodística Radio Gráfica.

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