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viernes , julio 19 2019

GARCÍA

Por VARIOS AUTORES

 

 

GARCÍA

Por ENRIQUE MARTÍN

Ingresé a fines de los 70 a Crónica. El Gallego fue el primer empresario periodístico que conocí personalmente.

Desde chico era lector del diario y soñaba con integrar su sección Deportes, la mejor por lejos en la historia del periodismo argentino.

García decía. No importa que tengamos un solo lector de Polo o de Golf. La información tiene que estar. Al mismo tiempo, La Nación ignoraba el boxeo amateur, el ciclismo provinciano o el fútbol del ascenso. Cuestión de clase.

Hablame de amplitud… Por eso Crónica fue siempre un diario peronista aunque jamás lo dijese. Todos adentro. Y respeto por el que paga.

Me explicó una noche que un diario serio es el que informa sobre 202 muertos cuando son 202. Aunque lo haga en letras tipo catástrofe y con fotos tan truculentas como auténticas.

No es serio un diario, me dijo, si pública fotos pequeñas o sobrias y al mismo tiempo informa sobre 201 muertos o 203. Un número es una vida. Y la vida es cosa seria ¿Qué tal?

-¿Es cierto, Pibe, que ese mexicano Pintor viene de matar a un rival?
-Sí. Por qué?
– Quiero que viajes a cubrir la pelea con el argentino.
Me di cuenta de su segunda intención y le mentí que José Uziga era un boxeador mediocre que corría peligro. Y aseguré mi primer viaje al exterior (Houston, Texas, 1981).
-Che, parece que ahí lo operan del cuore al Gato Marín. Está jodido. Tenés que cubrir eso también…
Volví con el guapo Uziga perdedor pero ileso y saludé al gran arquero cuando le dieron el alta en el centro cardiológico más grande del mundo.

El Gallego se hacía esas apuestas. Perdió con las dos, pero acertó mil. Tenía un tremendo olfato periodístico aunque prefería a sus colegas fotógrafos, nuestros enemigos hasta las piñas en la empresa.

Me preguntó (como a todos) quién ganaría la elección del 83. Le contesté que Luder, menos convencido que entusiasmado.

-Gana Alfonsin, sentenció García, mucho antes del cajón de Herminio. Vas a ver..

Y me encomendó el famoso acto en Ferro.
No existían celulares. Me preguntó por el handy cuánta gente había. 35.000, le dije, una multitud. Y hay gente afuera.
-Bueno, listo. No vuelvas a la redacción.
Y al otro día leimos ‘Alfonsinazo’, a toda tapa. García consideró que ‘afuera’ era muy abarcativo y se mandó: 100.000. Ja. Pero su candidato empezó a crecer desde ese día imparablemente…

Cuando un jefe de Deportes me echó de la sección tras una discusión generada por su conocido desequilibrio emocional, García me dijo ‘mejor, andá a Política que te vas a divertir… Me protegió.

En aquel tiempo protegía el bolsillo de sus empleados. Después no fue tan así…

Pero recuerdo que pagaba doble aguinaldo y que una vez un tipo de
contaduría bajó cinco pisos para pagarme el sueldo un sábado a las 2 de la madrugada… Estaba sólo ahí. O no tan solo.

Después le hicimos mil paros. ‘García, poné una pizzería’. Justo a él.

Cuando Clarín-DyN me ofreció el doble de lo que ganaba en Crónica fui a verlo al Gallego.

– Si acá me pagan lo mismo, me quedo. Esta es mi casa, me agrandé con la verdad.

-Sí. Esta es tu casa y te queremos. Volvé cuando quieras… ja. Genial.

Y me fui. Magnetto no sería lo mismo.

Chau, Maestro. Fue un gusto.

 

CRÓNICA LE GANABA A TN

Por CLAUDIO CÉSAR ORELLANO

El más grande hacedor del periodismo televisivo y gráfico decidió partir… Tuve el enorme privilegio de haber sido el primer elegido por el gallego en el casting para ser la cara más popular de Crónica TV, canal de noticias fundado por él.

Crónica TV le ganaba ampliamente en audiencia a TN y en los primeros 6 años consiguió seis Martín Fierro consecutivos como mejor canal de noticias.

Además fue el creador del primer multimedio en los 70 conformado por Canal 11, Radio Colonia, Diario Crónica que llegó a tener una tirada de un millón de ejemplares…

Su pelea abierta y corajuda contra el Grupo Clarín en especial, el momento en que el diario de Ernestina Herrera de Noble tomara posesión en forma violenta e ilegal de Papel Prensa con la pleitesía de la dictadura genocida en 1977.

Con gran olfato en lo popular, fue un gran visionario y patriota, sobre todo cuando participó de aquel acto heroico de hacer flamear la bandera argentina en las Islas Malvinas con Dardo Cabo al frente de ese enorme acto de valentía y patriotismo.

En fin se pueden decir muchos cosas de ese ser genial e inteligente que era el Gallego….Tendría varios días para relatar y contarles un sinfin de anécdotas…También cuando nos peleamos…Si algo estoy seguro es del inmenso cariño, respeto y admiración que siempre sentí sobre su figura…
Hoy se nos fue un compañero y patriota!!!

Hasta siempre querido Héctor!!! Ya se lo está extrañando carajo!!!

 

SELLO PROPIO

Por GRACIELA MATILDE MORENO

Murió Héctor Ricardo García, el creador de Crónica, de un estilo de periodismo que hizo historia. El inventor de las placas rojas. El mismo loco que partió a Malvinas y plantó bandera, pese a todo y a todos. Uno de los primeros que combatió y denunció al grupo Clarín, sin miramientos.

Un periodista que logró editar y vender, no regalar, un diario tres veces al día. Los últimos años, ya no podía hablar, me lo encontraba viernes o sábado a la noche en Selquet. Siempre con Anabella. Me daba una tristeza infinita saber que justo él, no podía comunicarse.

Se fue un histórico con sello propio, uno de los primeros que me enseñó el valor de una primicia. El que hacía cualquier cosa por tener una placa roja. No pegaba cables, encontraba las noticias hasta debajo de las piedras.

 

CHAU GALLEGO

Por FERNANDO AGUINAGA

Los últimos años de laburo de mi Viejo los pasó cerca del «Gallego» Garcia. Porque vivió Crónica-el diario- como un premio.

Era la época de oro y ya se había lanzado a la aventura de la tele.

Instalado en la imprenta del tercer piso, el viejo le encuadernaba los libros más queridos, cobraba un buen sueldo y dos veces al año el aguinaldo completo.

Yo lo conocí años después, de la mano de Gonzalo Aramburu, otro personaje del periodismo, en una cena donde se mostraba como un hombre simple, y no hacía alarde de gran empresario.

El periodismo pierde uno de los últimos grandes creadores, que pusieron su firma y revolucionaron su época. La placa roja, quedará en la historia, como el recuerdo de las tres ediciones que compraba el pueblo, que lo sabía firme a su lado.

Los andenes ya no se llenan de laburantes, ni los canillas gritan «Crónica, quinta, Crónica «, haciendo sordina con la mano…

 

PIRATAS

Por CARLOS BALMACEDA

Le dedicaremos la historia del próximo sábado en Carentes de talento, y el otro lunes, cuando nos reintegremos a La Señal, será uno de los ejes de nuestra columna. Pero ahora, a las apuradas, estas palabras sobre el único argentino que junto a Fitzgerald pisó dos veces las Malvinas antes de 1982; solo por esto, García debería figurar en nuestra historia.

El aviador Miguel Fitzgerald desistió el convite de que lo financiara en su primer viaje, a cambio de llevar a un fotógrafo de Crónica, pero en su segundo viaje, allí estuvo don Héctor, que bautizó de «piratas» a los ingleses y que así aparecen cada vez que se los nombra Crónica en papel o en pixeles.

«Yo vi flamear la bandera argentina en Malvinas», tituló cuando se «coló» con los «cóndores» que desviaron un avión de línea y lo llevaron a las islas.

No figura, sin embargo, en el museo de las Islas Malvinas, y debería, claro que debería.

Fue el empresario de medios más importante de este país durante el siglo XX, un creador de cultura, popular, masiva, nacional; fue, como no podía ser de otro modo, perseguido, y se comió meses de presión domiciliaria ya en el siglo XXI, avanzados sus setenta años, por una causa por evasión de la que luego lo absolvieron con casi ochenta años.

García es Ariel Delgado y su voz, transmitiendo desde Radio Colonia lo que no podía escucharse en ningún lado, es Polémica en el bar, con Fidel Pintos; es «Sábados de super acción», es la quiniela, las placas rojas, Teleoncio y el Patito de Teledos.

Hoy se fue, mañana debería sonar «Barras y estrellas» frente a su tumba y despedirlo con una sonrisa de viejo porteño sobador de estrellas, como al tipo le hubiera gustado.

 

El hombre que fue Mickey

Por EL AMANTE Cine

Con un dinero que no esperaba cobrar, entré a una librería y me llevé los siguientes ejemplares:

-Cuentos completos, de Hemingway (no tengo nada de Hemingway);

-Cuentos completos, de Borges (resulta que tengo los libritos por ahí, descuajeringados, y quería el tomo ante la imposibilidad por ahora de darle a las Obras Completas);

-Las memorias de Jerry Lewis (¡¡¡35 mangos, bicoca!!!)…

 

…y veo que Héctor Ricardo García saca libro. Nunca pude leer 100 veces me quisieron matar porque no lo conseguí. Sí leí Cómo mienten las mujeres, y me quedé totalmente enganchado con el personaje Garcia. Abro el nuevo tomo y veo que el tipo le dedica el libro a Mickey Mouse, porque el ratón sostiene un imperio. Listo, lo compré también. Además, ¿cómo no comprar un libro que tiene por título La culpa la tuve yo, respuesta canyengue a Historia universal de la infamia? Borges y García deben ser los mejores tituleros de libros que tiene o tuvo este país.

Agarro el libro y no lo puedo largar hasta terminarlo. García es un showman de la palabra, pero también un periodista cabal, uno que tiene todos los datos a mano para comprobar lo que dice, que sostiene sus interpretaciones con números puros y duros. El archivo de datos es fenomenal, pero más fenomenal es que funcionen en un tremendo, vertiginoso show literario donde se pasa revista a sesenta años de periodismo gráfico, de radio, de televisión. Y de gobiernos y desgobiernos. El subtítulo dice “Militares, ERP, López Rega y AFIP” y, una vez leído el libro, el ERP es, de todos esos entes, el menos malo. Cuando cuenta su secuestro por un comando de esa agrupación, lo hace con la justa perspectiva -incluso con un dejo de simpatía por el trato que le dispensaron los captores- que contrasta con su desprecio por los militares que lo encanaron en el 76. Es cierto que García ajusta cuentas con una cantidad importante de tipos que lo han traicionado (Jorge Conti, Juan Carlos Rousselot, Lucho Avilés), pero sus peores dardos son para los tiranos.

Hay algo muy interesante y curioso en el libro, algo que dice el propio García: “siempre fui del partido periodista”. Siendo como es un peronista “clásico”, no ahorra en ningún momento críticas a los gobiernos peronistas (especialmente el segundo mandato de Perón y el de los años 70, pero sin ahorrar tampoco críticas a Menem o a Kirchner). La verdad, el dato duro, lo que no puede mentirse, es lo que está por encima de cualquier interpretación. García sorprende con una enorme sinceridad, también, y uno lee -no demasiado entre líneas- que ahí hay un tipo capaz de cometer actos audaces: cuenta por ejemplo cómo en los 70, cuando Roberto Galán lo traicionó para llevarse Yo me quiero casar, ¿y usted? al canal 9 de su feroz competidor Alejandro Romay, logra que el Gobierno de Alejandro Agustín Lanusse lance un decreto para prohibir los programas de matrimonio. No es que se justifique, sino que tiene que decir la verdad. Uno se imagina que esa debió ser una jugada repetida para Charles Foster Kane; y el libro está lleno de tales aventuras e ironías.

Por otra parte, uno se da cuenta de hasta qué punto los setenta fueron una década que cambió la sociedad argentina. En esos años se juntan las agrupaciones revolucionarias (qué difícil resulta decirles “terroristas” o “subversivas” hoy sin que alguien nos acuse de gente despreciable que merece la muerte, cuando ejercieron el terrorismo y querían subvertir -para bien o mal, aquí no se juzga- el orden establecido) con López Rega y ese carnaval de sicarios sangrientos que se llamó Alianza Anticomunista Argentina, con la dictadura, la destrucción final del aparato productivo argentino, el germen del sindicalismo empresario, la destrucción por exceso o defecto de todo pensamiento crítico, de todo pensamiento democrático. Es decir, la década que nos hizo perder el miedo para ganar el terror. La descripción que hace García de los sesenta y los cincuenta permite pensar que entonces aún había en la Argentina un pensamiento democrático, que las dictaduras no tenían todo a favor, que Perón mismo se había dado cuenta que una vuelta al país significaba en principio terminar con la violencia (que era nada respecto de la que vendría) y comenzar a dialogar y armar consensos. Tan grande es el contraste en el telón de fondo de las aventuras mediáticas de uno de los personajes más importantes del periodismo argentino, que se puede tener la falsa impresión de que el gobierno de Rojas-Aramburu, el de Onganía o el de Lanusse eran bastante blandos. Es un error, claro: García demuestra con datos que la prepotencia y la arbitrariedad son una norma cada vez más afianzada en la Argentina del último medio siglo. Y que los setenta fueron la sima absoluta del horror, en prácticamente todo sentido, al punto de difuminar horrores anteriores. García logra, contando las cosas desde su propia perspectiva a veces farandulesca, darle auténtica dimensión a todas estas cosas.

Otro punto importante es ver continuidades. Que el cambio de un gobierno, democrático o de facto no implica un cambio absoluto de estructuras, de nombres, de tendencias, ni si quiera de adversarios o enemigos. Si algo hace este feroz periodista que es García al retratarse como es al desnudo es mostrar que esa línea “Militares-ERP-López Rega-Afip”, con su aparente gusto a ensalada, es siempre lo mismo: el autoritarismo a punta de pistola (o de intimación, o de cédula judicial) contra quien molesta. Y aquí, amigos, no vale la ideología: García siempre fue un populista y sus enemigos no siempre fueron la derecha o la izquierda. Lean por ejemplo cómo López Rega se hizo con los canales privados con la complicidad -voluntaria o involuntaria- de quienes no dejaban de ser sus adversarios ideológicos. García en este punto ni interpreta ni especula: simplemente dice “fulano dijo tal cosa, como se documenta aquí; mengano después fue funcionario, como se dicta acá”, etcétera. Sic transit gloria mundi, si no estuviera fuera de lugar aquí la cita en latín.

Es cierto que, en cierto punto, el libro defiende a algunos propagandistas del kirchnerismo como Víctor Hugo Morales o Héctor Caballero, pero lo hace también con la ecuanimidad y el agradecimiento de quien se ve defendido con justicia (en el caso de Morales, el relato de cómo García lo trajo de Uruguay está contado a dos voces: desde la biografía del relator y desde la propia elaboración del periodista y es uno de los mejores momentos del libro, emotivo de verdad). También es cierto que García blanquea cosas como su relación con Jorge Antonio (su enemigo) y Alfredo Yabrán (su amigo). Y que ni la enemistad ni la amistad le impidió hacer lo que debía hacer o decir lo que debía decir de o con ellos. García es un zorro viejo, un tipo de una enorme inteligencia, de un pragmatismo feroz. Yo pasé unos meses como editor en Crónica, algo de lo que nunca me voy a arrepentir (aunque no haya sido aquella redacción histórica en los años “calientes”, puedo decir que fui parte de Crónica), y vi a varios viejos periodistas formados en la escuela García. Uno no debería tomarlos a la ligera. Por entonces, tomando un café con Susana Viau, me dice “mirá, esos tipos hacen un periodismo que yo no sabría cómo hacer, y lo hacen muy bien, son de raza”. La raza de Héctor Ricardo García, el hombre que admira a Mickey y a quien saludo, aunque sea hincha de Bugs Bunny. Leonardo M. D’Espósito

PD: (sólo para García) Espero que al final haya llamado a Adriana Salgueiro, hombre.

 

BUEN GUSTO

Por GABRIEL FERNÁNDEZ

Es tan apasionante la historia de Héctor Ricardo García que dejé de lado, por largas horas, la idea de escribir y hasta de editar algo para zambullirme en las narraciones que surgen aquí y allá. Enrique Martín, Claudio Orellano, Graciela Moreno, entre tantos, están contando fragmentos de un trabajo advenido en río. Ese río, hoy desemboca en el mar. A su vera, como brazos que confluyen, otros amigos que lo respetaron desde fuera de Crónica realizan aportes singulares. Pero vamos; siempre hay algo interesante que quizás, no se ha señalado.

Ya sabemos: los libros de los periodistas son un lío. Nada de ibid ni de ibídem, de 1.2. inciso B y esas cosas que le ponen los sociólogos. Eso me encanta porque así las obras combinan un lejano eco jauretcheano con la hondura del ensayismo argentino. En definitiva: notas. Con la curiosidad propia del oficio, pues en una redacción a todo se le dice nota y cada jefe, pero también cada redactor, saben si se refieren a un artículo de actualidad, a una entrevista, a una crónica. Es parecido a lo que ocurre en Córdoba: todos los varones se apodan “negro” pero cada uno sabe a quién llama con ese apodo.

Lo cierto es que esas confluencias de textos van y vienen, enlazan la reflexión profunda con datos hasta entonces no revelados, incurren en la autobiografía y evocan figuras que dejaron su marca. Esa es la característica, entre otros, de La culpa la tuve yo, del gran director de Crónica que hoy ha abandonado este planeta. Allí, García explica un aprendizaje que osciló entre la fotografía y Clarín, el Operativo Cóndor y el ingreso a su domicilio de integrantes del Ejército Revolucionario del Pueblo. Por sólo citar tres fragmentos impactantes. (Cerraremos este apunte con uno más).

En el último episodio indicado, García recopila el comunicado del ERP que informa sobre el operativo. Y allí se da a conocer –objetividad revolucionaria, podríamos decir- que entre los comentarios de los ocupantes se destaca uno, referido a la mujer que dormía al lado del periodista: “Don Héctor Ricardo García se asusta mucho y tiene sus motivos. Dormía plácidamente junto a una artista conocida de la televisión y despierta bruscamente frente a una Browning y un tipo que le dice que se quede quieto. En cambio la señorita se lo toma con más calma”. El guerrillero G indica: “Primero me ocupé de García y cuando vi que todo estaba bien la miré a la acompañante y le digo: García tiene buen gusto”.

La inclusión del documento también da cuenta de la personalidad del “Gallego”: orgulloso de todo lo creado y obtenido. De Crónica, en primera y fundamental medida, pero también de sus títulos, de Así, de sus fotos, de sus aviones destinados a las coberturas, de sus periodistas, de sus gráficos –conflictos incluidos- y de sus mujeres. Esto me lo recordaba, café de por medio en el Politeama, uno de sus grandes compañeros: Ariel Delgado. La voz de Radio Colonia, con el que trabajé muchos años, sorprendía a quienes tenían una visión lineal de su postura política y se presentaba como “amigo de Héctor Ricardo García” cual si eso fuera un diploma básico a considerar.

García, como tromba periodística irrefrenable, resultó un continuo hacedor de instancias que quebraban el ayer, retomaban sólo una fase de lo realizado y auguraban caminos futuros. Lo sentía y lo concretaba.

Por caso: aunque puede rastrearse en el interior de su creación el vibrar de la prensa sensacionalista inglesa, García jamás ignoró dónde estaba llevando adelante su labor. El peronismo, los sindicatos, el fútbol, el cine, el teatro y la tele locales, resultaron epicentros; y por supuesto, las noticias policiales, plasmadas por algunos de los mejores en el rubro y controladas en su presentación por quien sabía cómo ofrecer la mercadería. Quizás una indagatoria a fondo sobre los contenidos de Asi –heredera de Así es Boca- pueda refrendar y ampliar esta aseveración.

Finalmente, ese libro informa sobre las dificultades económicas y legales en el tramo final. Sólo interesa precisar que los movimientos llevados a cabo por el gobierno nacional y popular desperdiciaron un aporte que hubiera sido invalorable. Cuando se recorren los datos que llevaron a los problemas con la Justicia y al desprendimiento del medio, un lector avisado bien puede agarrarse la cabeza y decir “pero cómo no lo sumaron, en vez de limarlo”. Esta última placa roja que a muchos emociona, puede considerarse hipócrita.

Cuando la torpeza infinita del grupo empresarial que se hizo cargo del espacio modificó su leit motiv y en vez de Firme junto al pueblo colocó “Como la vida”, me comuniqué con sus responsables periodísticos para señalarles que estaban cometiendo un crimen periodístico, al anular una genialidad propia de García. Tomaron la crítica y al menos eso volvió a su senda adecuada. Pero García falleció lejos de su verdadero hogar, aun cuando las crónicas destaquen que lo hizo en su domicilio. Y lo ocurrido no era para nada inevitable.

 

 

  • La Señal Medios
  • Fotos José Luis Cabezas

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