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viernes , septiembre 20 2019
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ELECCIONES / Las puertas de una nueva historia

Por NÉSTOR GOROJOVSKY *

En un prolijo artículo, el político peronista y economista Roberto Feletti describió el 13 de abril cómo, por tercera vez, la disipación de la riqueza nacional -que el gobierno no solamente no enfrenta sino que incluso protege- lleva a la Argentina a una catástrofe financiera (https://www.eldestapeweb.com/elecciones-2019/dolar-calmo-las-paso-n58581?fbclid=IwAR0jYSL0L7zuxBA6SysIVFU6euPgavn_w0zOeb58hBvP0WlfV-3OLXYPLD0).

Feletti hace notar, además, que «se asiste impotente a la dilapidación de recursos que podrían evitar el desastre.»

En el último párrafo de la espeluznante descripción, el autor plantea preguntas en vez de ofrecer soluciones: «La Argentina sufrió una crisis muy grave en 1989, otra aún peor en 2001 y los pronósticos sobre el desenlace de la actual son ominosos. Las últimas preguntas de la columna son: ¿Cuántas crisis de magnitud resiste una Nación en el corto plazo de dos generaciones? Y ¿La responsabilidad de su dirigencia?»

Quizás la ausencia de propuestas se deba que no pueden limitarse ya a cuestiones económicas. Ambas preguntas apuntan a algo que excede la economía: ¿cuál es el origen de las crisis? Y la respuesta honesta sólo puede ser una: estas crisis son síntomas, no enfermedades. La enfermedad de nuestro país es un tumor maligno, un carcinoma letal, que lo debilita progresivamente.

Tumor que aún no ha decidido extirpar, aunque tiene nombre y apellido. El despilfarro de recursos y la traba a la reorganización de nuestra sociedad para satisfacer los legítimos deseos y sueños de quienes la conformamos los perpetran la oligarquía y las empresas imperialistas (o concesionarias de servicios públicos). Esas clases, dominantes pero no dirigentes, nada tienen ya que ofrecerle a la inmensa mayoría de la población.

Su permanencia es desde hace ya mucho tiempo un lujo demasiado caro para un país empobrecido por el saqueo que constituye su modo de vida (o modus operandi, si se quiere). Mientras sigan controlando las alturas dominantes de nuestra vida económica estamos condenados a una decadencia imparable de predecible final.

Ya en el Manifiesto Comunista de 1848 Carlos Marx y Federico Engels señalaban que cuando las clases antagónicas fundamentales de una formación económico social son incapaces de resolver la contradicción fundamental entre las necesidades de la nación y la conducta de las clases dominantes, el conjunto de la sociedad termina disuelta tras una dolorosa y prolongada degradación.

Esa degradación es lo que estamos viviendo los argentinos, entre episodios que serían grotescos si no fueran trágicos, desde el golpe de Estado que se extendió entre el bombardeo a Plaza de Mayo de junio de 1955 y los fusilamientos de los militares constitucionalistas del General Valle en junio de 1956.

Es por este último acto de salvajismo que las grandes masas nunca hicieron propio el nombre de «Libertadora» que esa contrarrevolución se dio a sí misma. Pasará a la historia como «la Fusiladora». Y no solamente por los inicuos asesinatos de los alzados de 1956, sino por la voluntad de fusilar un proyecto entero de país, que obligaba a la oligarquía a convertirse en una clase burguesa con toda la barba, es decir, a trabajar.

Nuestro drama tiene un punto claro de origen en la Fusiladora, porque a partir de ese momento, la indecisión, la ilusión o la esperanza de reforma signaron la conducta de las grandes mayorías argentinas hacia la oligarquía y la penetración imperialista. Todas las luchas desde entonces han sido, en un sentido amplio, defensivas.

A cada mazazo siguió, hasta hoy, un avance popular y patriótico que, sin embargo, nunca recuperó lo perdido con la Fusiladora. Y en 2019 estamos a punto de llegar a un nuevo fin de ciclo. El contubernio oligárquico llamado Cambiemos cada vez parece estar en peores condiciones ante las elecciones presidenciales de este año. Y si las gana, no llegará a terminar su segundo mandato.

Lo más probable, para colmo, es que en ese caso veamos otra vez cómo corre sangre argentina por las calles en alzamientos desesperados contra el régimen ensoberbecido. O, peor aún, en provocaciones del macrismo para infundir terror a las grandes mayorías e instaurar abiertamente el estado de excepción.

Podemos, sin embargo, evitar ese camino hacia el desastre. Necesitamos poner punto final a la extorsiva presión que ejercen la oligarquía y el imperialismo sobre nuestras inmensas posibilidades de desarrollo económico, social, político y cultural. No hay motivo real para que sigamos degradándonos. De lo que se trata es, simplemente, de terminar con los diversos monopolios de clase que permiten a la oligarquía (en sus ramas agroexportadora pampeana, financiera e imperialista) asfixiar a nuestro país.

Ante todo, es urgente sacar al macrismo (específicamente al Pro, en primer lugar) del poder. En este camino, todo voto cuenta. Ante los que en algún momento, por miedo o por alguna esperanza equivocada, hayan apoyado al régimen macrista, no debemos exigirles rendición de cuentas. Aprendamos de San Martín, quien, después de leer los listados de patriotas chilenos que se habían aproximado a las autoridades virreinales tras el desastre de Cancha Rayada, quemó la documentación probatoria.

Luego, en la batalla por asegurar la permanencia definitiva del pueblo en el poder, se revalidarán (o no) los títulos de cada cual. No se trata de buscar la «unidad hasta que duela», sino celebrar como auspiciosa cada ampliación del campo de la resistencia general contra el perverso plan del macrismo, ejecutado bajo el manto protector del FMI.

La Argentina está en buenas condiciones de zafar del abrazo asfixiante de esa institución usuraria. Si demostramos firmeza contra la oligarquía y el imperialismo, nos será sencillo encontrar quien nos ayude a zafar. No estamos solos. El mundo es propicio a una vuelta de campana en la historia argentina.

La economía de las potencias ascendentes en el plano global, la China y Rusia, junto a la India, es complementaria con la nuestra, y no competitiva, como la de los países dominados por el capital financiero (Estados Unidos en primer lugar, no importa quién gobierne al gigante en lento declive, ya percibido incluso por analistas de Wall Street: https://bit.ly/2ItaK82).

De hecho, en este momento se está librando una batalla por el control de América Latina (de parte de Estados Unidos, que quiere que volvamos a ser su patiecito del fondo) o por la incorporación de América Latina a una nueva civilización, basada en el sometimiento del mundo de las finanzas a las necesidades de los pueblos, y en el respeto de unas naciones por otras en el marco de un nuevo concierto internacional. Es la apuesta del creciente bloque liderado por la República Popular China.

Están dadas las condiciones para que, una vez consolidado un gobierno de signo nacional en el poder, no solo sea aplastado electoralmente el macrismo. Están dadas las condiciones para que el pueblo argentino cuente con el apoyo externo que necesita para terminar con la extorsión oligárquica, a condición de demostrarse dispuesto a ser merecedor de confianza no entre los usureros imperialistas sino entre los liderazgos populares del mundo que se viene.

Una amplia coalición social y política para expulsar al macrismo del poder. Y un profundo programa económico y social que quiebre rápidamente los lazos con el FMI, renegocie la deuda con el respaldo de nuestros potenciales nuevos socios, nacionalice todos los servicios esenciales, el comercio exterior, la defensa, la diplomacia, la cultura y la información. De ese modo podremos poner punto final a la maldita dictadura de la oligarquía, verdadero motor oculto de toda la tragedia de nuestro país en los últimos sesenta y cinco años. Si nos atrevemos a la dignidad de los grandes momentos, reiteramos: NO ESTAREMOS SOLOS.

 

* Analista político / Secretario General Patria y Pueblo / La Señal Medios

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