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FUSILAMIENTOS DE 1956 / El 9 de Junio y el peronismo

Por SALVADOR FERLA *

 

Hemos señalado que los militares que conspiran con Valle no entienden actuar en nombre de un partido político, y así lo expresan en la proclama: “No nos mueve el interés de ningún hombre ni de ningún partido”.

Actúan como militares y desean anular la nefasta política en curso.

Este grupo, al que calificaremos con el común denominador de nacionalista popular, está unido en torno a estos puntos de coincidencia: aprehensión del contenido trascendental del peronismo; convicción de la irreversibilidad del proceso histórico iniciado en 1943, consistente en la ascensión política, social y económica de los trabajadores, y en la recuperación por el Estado de las fuentes de riqueza, los medios de comunicaciones y los instrumentos de dirección económica; y advertencia del peligro de desnacionalización del ejército, convertido, por el despotismo y la audacia de una minoría, en sostenedor activo de una política facciosa de abierto enfrentamiento con el pueblo.

Por eso, así como manifiestan expresamente que no actúan para favorecer a ningún hombre y ningún partido, también expresamente afirman que se alzan en defensa de “una nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana”, indicando con esto que consideran a esta trilogía de valores elaborada por el peronismo, como una aspiración nacional irrenunciable e indiscutible; como “lo que no puede dejar de querer y defender un argentino” (palabras de la proclama).

Todo esto, que es lo que mueve a Valle, a Tanco, a Cortinez, a Ibazeta y a Cogorno, coincide con el estado mental del peronismo y con sus objetivos.

Para ambos en definitiva, o sea para el peronismo y los patriotas militares, se trata de impedir que se continúe por el camino de la regresión política, social y económica.

Unos y otros piensan que la obra peronista está definitivamente incorporada al patrimonio nacional, y no debe sufrir las vicisitudes de los hombres que la ejecutaron.

Si la defensa de esta obra, mueve a los militares patriotas, también la defensa de esta obra, moviliza a los militares peronistas, superando el traumatismo moral que le ha producido la caída y la experiencia negativa vivida con gran parte del equipo gobernante de Perón.

Este puñado de militares, que quiere asumir la defensa del “peronismo trascendente” por cuanto lo asimila al bien de la patria, tiene forzosamente que coincidir y aliarse con el activismo peronista, que es la única fuerza política que en esas circunstancias tiene la misma cosmovisión, los mismo anhelos.

Pero su inquietud, – la de los militares- no se parcializa partidariamente en el peronismo sino que aspira a dirigirse a toda la nación y a ser comprendido por ella.

El grupo militar no se propone la restauración por dentro, sino encontrar un nuevo punto de partida desde donde el pueblo pudiera manifestarse con absoluta libertad, y parar mientras tanto, con la urgencia del caso, la entrega económica, la persecución al pueblo y la desarticulación de las fuerzas armadas.

Pero tampoco el peronismo de 1956 desea una restauración lisa y llana, una vuelta al 15 de septiembre.

El peronismo se halla en estado de acefalía. Se ha formado espontáneamente un nuevo cuadro de activistas, y también espontáneamente una nueva generación de que los dirigentes que ocupa los puestos de lucha, que los antiguos titulares dejaron vacante, por estar encarcelados, por haber huido o por haber desertado en la hora del peligro.

La mayoría de estos activistas y de estos dirigentes, o bien se inician en esos momentos al impulso de un sentimiento patriótico y socialmente revolucionario, o son peronistas que por igual disposición de ánimo, vuelven de un largo alejamiento.

No tiene pues, posiciones anteriores que defender, ni se aferran a puestos o prebendas, antes sí, coinciden en el hastío, en el desdén y la irritación que le produce el viejo e inútil aparato partidario.

Ellos están, desde su puesto de luchadores civiles, en la defensa de ese “peronismo trascendente”, al que identifican, -como los militares de Valle- con la patria misma.

Ellos no desean, de ningún modo, una restauración total que deje todo como estaba; son así leales al líder, pero entre ellos arrecian las críticas al pasado y se señalan errores y fallas.

No existe en ese entonces contacto regular y formal con Perón en el exilio.

Circulan algunas cartas que se le atribuyen, pero Perón no dirige el movimiento de resistencia desde su refugio.

Este peronismo, este inesperado peronismo que se arregla sólo y siente antipatía por todos los “ex”, no puede tener sino objetivos ideales y es este peronismo el que se enrola con entusiasmo en la conspiración de Valle.

No es el oficialismo peronista, no es la burocracia partidaria y gubernamental desbandada. Es un peronismo renovado, fresco; un peronismo que ha hecho su examen de conciencia, que ha recuperado el sentido de sí mismo, que ha vuelto a ser intérprete de la Nación.

El 9 de Junio marca el reencuentro del peronismo con la Patria y la Revolución Argentina, la conjunción del peronismo y el nacionalismo que encarna el grupo militar.

Si en septiembre de 1955 Perón cree que debe abandonar el poder para no sacrificar al país en “la defensa de la Constitución”, tal como manifiesta en su carta al general Lucero, en junio de 1956, el peronismo comprende que lo que estuvo en juego en esa oportunidad, y lo está aún, es algo mucho más importante y más grave que cualquier constitución y cualquier ley: la suerte de la Nación y de su pueblo.

Entonces podemos afirmar que el 9 de Junio, marca el punto de coincidencia entre el peronismo y la Patria, por cuanto sus objetivos como movimiento político coinciden con las necesidades del país y con los fundamentos básicos e insustituibles de una política nacional.

Así lo entienden no sólo los hombres de Valle, no sólo los peronistas, sino el propio  grupo gobernante, que llama peronista a todo aquel que defiende la justicia social, la soberanía nacional, la economía planificada, la C.G.T única y poderosa, el patrimonio estatal sobre las riquezas del suelo.

El 9 de Junio marca la hora en que el peronismo sale de su atonía y recupera su militancia, su sentido revolucionario, perdido en los últimos años de ejercicio del gobierno.

Después de la caída de Septiembre, el peronismo renace, “vuelve al 45”, se impregna de un afán de “volver a vivir” para corregir en un nuevo ensayo fallas y errores, y el 9 de Junio recibe su bautismo, su inesperado bautismo donde escribe con sangre el acta de su nueva fundación.

La conspiración de Valle adquiere, en los preparativos un carácter de epopeya, de gesta popular; se convierte en la gran esperanza del peronismo, esperanza de recuperar una Patria que se pierde, esperanza de gritar la verdad silenciada y tergiversada, esperanza de limpiar al peronismo del lodo de la difamación, esperanza de tener la oportunidad de realizar, no sólo la revolución del peronismo, sino la revolución en el peronismo, esperanza de poder consumar hasta sus últimas consecuencias la empresa popular del justicialismo. Valle es el hombre de la segunda oportunidad.

Todas esas ilusiones, todos esos deseos de reparación y de gesta cívica, mueren en Campo de Mayo, en La Plata y en Santa Rosa, en Lanús, en José León Suárez. La gran esperanza se esfuma, se pierde, se ahoga en el dolor por los asesinados.

El peronismo seguirá proscripto aunque ahora tiene algo que antes no tenía, tiene héroes y mártires.

En este sentido el plan oligárquico de destruir al peronismo mediante la masacre, ha fracasado; el 9 de Junio da al peronismo un aliento de perennidad al darle héroes y mártires por quienes luchar, por quienes convertir su empresa política en algo irrenunciable.

Esos héroes y mártires ejercen desde la inmortalidad, una función de rectoría que compensa su sacrificio.

Dentro del peronismo el 9 de Junio constituye una fecha clave. El 9 de Junio le trae de golpe una vibración de seriedad y madurez. Los hombres de Junio le dan al peronismo, tan pobre de mística y austeridad, la cuota de martirio y heroísmo necesaria para redimirlo de la ligereza, de la improvisación, de la desaprensión y el oportunismo; le donan un inapreciable tesoro espiritual de Virtud, y le crean historia, abolengo, nobleza.

La revolución del 17 de Octubre ya no es un hecho sin gravedad. El precio de sangre que no se pagó entonces, se paga en junio. El 17 de Octubre cuesta, con retroactividad, la vida de Carlitos Lizaso, de Nicolás Carranza, de Vicente Rodríguez, de Dante Lugo, de los hermanos Ros, quienes 11 años después, van al más allá a reunirse con Darwin Passaponti, aquel muchachito casi adolescente que murió la noche del 17 de Octubre, baleado desde los balcones del diario “Crítica”.

Los héroes y mártires del 9 de Junio, aunque salidos de las filas justicialistas, son héroes y mártires nacionales, no partidarios. Porque el 9 de Junio es un hecho nacional; es el grito de rebelión que el pueblo y el ejército lanzan unidos contra la tiranía del liberalismo plutocrático.

Esta fecha de la historia argentina, empala, no obstante, con la historia del peronismo; el 9 de Junio conecta al justicialismo con la Revolución Argentina, y vuelve, como en 1945, a identificarlo con la Nación.

Es una fecha clave e insustituible con trascendencia política y moral, una fecha viva que actúa y debe seguir actuando como fecha rectora como fecha guía.

Pensar en el 9 de Junio como un hecho concluido, encerrarlo en los estrechos límites de tiempo que van del 9 al 12 de Junio de 1956, es no comprenderlo y anular sus proyecciones históricas. El 9 de Junio no es una anécdota de la historia, sino la historia. Cada aspecto concreto suyo tiene una consecuencia trascendente de orden político y moral.

Si el autor del crimen del 9 de junio es la oligarquía, el mandato del 9 de junio es el de destruirla, con lo cual se obtendrá el objetivo político de de librar al país de una fuerza que “traba” su progreso, y el objetivo moral de castigar al crimen.

La sangre del 9 de junio, y el dolor de millares de presos y torturados, constituyen el capital espiritual del justicialismo, y exige una suprema lealtad a la Revolución Argentina.

Si el 9 de Junio hizo recuperar al peronismo su perdido sentido revolucionario, el recuerdo del 9 de junio le mantendrá ese sentido revolucionario, despierto y vivo.

Si el 9 de Junio identifica al peronismo con la patria y la Revolución Argentina, quiere decir que la lealtad al 9 de Junio, a su espíritu y sus héroes y mártires, les dará permanencia y  futuro.

Y así, lo que fue una batalla perdida, lo que fue una aventura insurreccional desgraciada y trágica, se convertirá en triunfo, ante la sorpresa y el desconcierto de los impunes autores del “plan de escarmiento”.

 

  • Pensador nacional cristiano y peronista. Autor de Martires y Verdugos, Historia Argentina con drama y humor, Cristianismo y Marxismo, La Tercera Posición ideológica y apreciaciones sobre el retorno de Perón. Entre otros textos.
  • ( Nacido en Sicilia, Italia, 15 de mayo de 1925. Fallecido en Buenos Aires, Argentina, 10 de julio de 1986)

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