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domingo , agosto 18 2019

POR QUÉ

Por GABRIEL FERNÁNDEZ *

 

Me desperté sin prisas. Enseguida, el teléfono sonó con la radio como remitente. Felizmente, mi mujer me dio los buenos días desde un borde de la habitación. El emerger del sueño es brumoso; salimos de un mundo para ingresar a otro, y ambos son ciertos mientras los transitamos.

Al rato, escucho que a través de la web mi hijo saluda, celebrando el Día, y dialoga con trabajadores de Télam. Con esos que hace poco tiempo me ayudaron a construir un trabajo del cual me siento orgulloso. Hoy andan locreando para exigir y denunciar. En medio del intercambio se desliza: hemos perdido, desde el 2015, unos tres mil puestos de trabajo.

La bruma se va disipando y me pregunto por qué decidí seguir este sendero laboral. No cuándo, pues era muy pibe y eso está dentro de los recuerdos tangibles, pero si por qué. La respuesta fue naciendo con naturalidad: si bien la orientación estaba determinada por eso que las maestras evaluaban como facilidad para las redacciones, la trama inconsciente venía por otro andarivel.

La verdad es que mi padre leía los diarios con pasión y detenimiento; y sacaba conclusiones propias. En la casa de la infancia, se compraban tres diarios al menos y todos eran devorados a lo largo del día. La verdad, también, es que mi madre –docente- leía y escribía, y apuró de hecho mi relación con las palabras.

Cuando empecé a escribir mis primeras crónicas, entre los 12 y los 13 años –básicamente análisis de los partidos que veía en la cancha-, observé algo: mis padres y mi abuela los leían del mismo modo que lo hacían con los comentarios publicados en los diarios. Esas notas escritas a mano suscitaban acuerdos, críticas, emociones y discusiones tanto como las que venían en letra de molde.

Desde entonces, escribo para mis padres. Hace un tiempo, incorporé otro lector “ideal” (dicho esto dentro de la jerga): mi pibe. Creo que por eso soy periodista.

No es sencillo medir a la distancia cuánto tiempo pasé leyendo y escribiendo y cuánto jugando al fútbol. Es probable que este último rubro ocupara la mayor parte de mi infancia y mi adolescencia. Desde hace poco esa hegemonía se ha desvanecido y el oficio absorbió la energía, con energía. No está mal.

Con el tiempo, vendría el aprendizaje práctico. Con los grandes de las cuadras, con los referentes de las redacciones. Esos que el público no conoce porque muy rara vez se asoman a la pantalla. El Tito, El Viejo, El Tío, Raúl, Alberto, Aram, Vicente, Stella, Daniel, Eduardo Luis, Horacio, Armando, María, Teódulo, Martín, y tantos más que ameritan notas específicas. Entornados, en la neblina, por aquél grito: “¡Material!”.

Preparo el mate y pienso. En cuanto a por qué se me dio por construir medios propios, en las dos décadas recientes después de un período semejante de contrataciones en empresas establecidas, la historia sería otra, ma non troppo. Las nuevas tecnologías, los vaivenes económicos, la necesidad de plasmar eso de mirar el mundo desde un posicionamiento claro. Pero.

Es indudable que ahí también tallaron los viejos, porque en realidad no me gusta que me den órdenes ni me indiquen qué hacer. Es decir, influyeron de modo indirecto, a través de la creación de un carácter de cierto tono. Ese rasgo me ha costado líos, discusiones y rupturas económicamente inconvenientes. Y las mayores satisfacciones de mi vida.

Así que gracias. Gracias por haber leído, alguna vez, aquellas crónicas escritas a mano sobre duros partidos disputados en zonas impiadosas de la tabla de posiciones. Y gracias viejo, Coco, por la línea editorial subyacente.

Saludos a la distancia, papá: Mi lector, mi oyente, pero también mi jefe de redacción en las sombras. Querido compañero peronista.

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