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viernes , septiembre 20 2019
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BRASIL / Al tranquito, pero delante de la Argentina

 

Por GABRIEL FERNÁNDEZ *

 

(Con dos sorpresas: Un aporte a nuestro idioma: recesionar, y ¡al final está la solución!)

 

Estuvimos observando los indicadores económicos brasileños y las modificaciones del encare del proceso Bolsonaro en los medios internacionales. Podemos tomar parámetros difundidos para brindar una frase que, si no se aclara, será confusa: El presidente del país vecino es peor que Donald Trump y mejor que Mauricio Macri. Preparemos el mate y vamos a entender.

Es peor que el norteamericano porque su país crece, pero poco, mientras que en el Norte han puesto en marcha, pese al hostigamiento, la gigantesca maquinaria industrial. Es mejor que el argentino porque, débilmente, su producción crece. (Bolsonaro es, a nuestro entender, el más tonto de todos, lo cual es mucho decir si Macri está en la comparación. Pero su función no es filosofal).

Trump y Macri saben lo que hacen. Uno en dirección industrial, el otro en sentido rentístico. Bolsonaro, como lo adelantamos, no puede zafar de la tríada burguesía paulista – militares – Itamaraty. Por eso su gestión es cuestionada: los medios habituales, gobernados por el capital financiero, le recriminan no realizar las famosas “reformas estructurales” que hunden naciones.

El brasileño hizo algo que no se perdona con facilidad: adelantó los planes sociales para dinamizar el consumo, y lo consiguió. De hecho, la compra de productos de la canasta básica creció casi un dos por ciento en este breve tramo, una cifra semejante al desarrollo de la economía general brasileña. Poco, pero algo.

Vale recordar que la Argentina, en plena recesión, ve caer todos los indicadores de consumo, producción y por tanto PBI en total. Ninguna administración del planeta –quizás alguna africana muy retraída y seguramente Haití- evidencia los datos catastróficos que ofrece nuestro país.

Como los buitres necesitan un Brasil desmembrado, cuestionan a Bolsonaro por no privatizar Petrobras, no admitir el alza del precio de los combustibles y no sentar las condiciones para recibir “inversiones extranjeras”. Es decir, capitales de rapiña con fácil rentabilidad, como la Argentina.

Esto no sucede porque el muy incapaz Bolsonaro sepa lo que está haciendo, sino porque debido a la estructura estatal brasileña no le ha quedado otra que disciplinarse a los poderes mencionados. Estos poderes observan con simpatía sus necedades (discurso violentista, persecución a las organizaciones populares, alza de la edad jubilatoria) pero no admiten la desindustrialización absoluta de la nación, como ocurre por estas playas.

Para entenderlo mejor: los miembros de la UIA que seguirán votando a Macri aún en desacuerdo con su plan económico, están a la derecha (por así decir) de la burguesía paulista. Ni hablar de la cúpula de la Asociación Empresaria Argentina. A nadie parece impactar, por acá, el industricidio; como si fuera un buen precio a pagar para evitar el peronismo.

De ahí que Brasil no sea el aliado esperado por los analistas que no analizan y se haya posicionado como atractivo para las inversiones productivas que hasta hace poco –tres años para ser precisos- se concretaban en la Argentina. En la práctica, discurso más discurso menos, el gigante se va recuperando lentamente, mientras nuestra Patria decae con rapidez.

El paneo puede ser interesante para entender la gravedad de la situación austral. Y también, para percibir que los BRICS en su conjunto, sea cual fuere la orientación de cada gobierno, poseen un puñado de “leyes” que no es fácil transgredir sin recesionar tanto hasta tornar absurda la pertenencia al espacio: los bancos estaduales impulsan la inversión productiva sobre la financiera; aún con desigualdades sociales, promueven el consumo; brindan especial importancia a la investigación científico técnica.

Brasil se ha adentrado en lo que podríamos calificar, parafraseando el buen libro de un amigo, “La ilusión del progreso apolítico”. En realidad, para ampliar la producción y retomar una senda de desarrollo integrador de regiones sumergidas, ese país necesita a Lula. Pero, mientras algunos indicadores resulten favorables, seguirá apostando al crecimiento moderado sin justicia social. De todas formas, eso lo posiciona mejor que la Argentina, donde no hay justicia social, ni crecimiento –sea éste moderado o rampante-.

Una vez fijado el concepto, es pertinente tomar un tranco de distancia, como al observar un cuadro, y recordar que ninguno de estos paisitos han de lograr realización plena sin una coalición continental. Desde “Geopolítica de la cuenca del plata” Alberto Methol Ferré nos dio a entender  que no estábamos ingresando en la era de la globalización sino en la de la continentalización. De allí que la precisión en detectar el interés geoeconómico profundo resulte esencial, para poder trasladarlo a la acción política.

 

  • Director La Señal Medios / Sindical Federal / Area Periodística Radio Gráfica

 

 

 

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