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domingo , junio 16 2019
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VÓRTICE POLAR / Quedar bien

 

GABRIEL FERNÁNDEZ *

 

Mientras se derrumba todo el andamiaje de asombrosas mentiras dispuestas sobre el atentado a la AMIA –tarde o temprano el alud develará incógnitas acerca de lo ocurrido en la Embajada- reflexionamos sobre Rodolfo Walsh, los medios y el fútbol, entre otros asuntos. Es un buen momento para eso, porque vuelve a sentirse ese fresco en el cuerpo generado por la corriente de aire; el día soleado lo realza. Y es posible observar, con serenidad, las imágenes de los Estados Unidos, congelados.

Jugamos con la idea de tanta nieve ocupando el espacio; jugamos también con los recuerdos que van cayendo con la misma lentitud. El reciente calor, ese sol ardiente que ocupó recién el ambiente argentino, hace que el impacto del contraste resulte bien potente. Cuando el viento empieza a narrar historias en distintos tonos a través de los huecos en los edificios, surge la promesa del alivio. Observamos las imágenes heladas del Norte y pensamos que a pesar de la amplitud térmica de nuestras tierras, hay un equilibrio que nos favorece. ¿Lo sabemos? No. Sea cual fuere el período en curso una gran parte de nuestra gente cree vivir en el peor de los infiernos. Siempre.

Vamos de a trazos, pues hay bastante. Debido a una situación involuntaria escuchamos la transmisión propuesta por La Red para San Lorenzo – Independiente. En la previa, llamó la atención el nivel de cipayismo silvestre de los comentaristas: que el fútbol europeo, que sus grandes figuras, que tal cosa y la otra. Ni línea editorial era; apenas zonceras reflejadas. Hasta que una indómita luz reveló el trasfondo. Entre los analistas se hallaba Pablo Vilouta. Lo que es más: sus compañeros de micrófono le reconocían sapiencia en asuntos políticos, como si estuvieran al lado de una autoridad.

Digámoslo porque con esta costumbre de ocuparnos de asuntos trascendentes, no lo hacemos: Vilouta fue educado con galletas –por la tarde pasaron la primera edición de El planeta de los simios en la tele- y tiene un chip en una de las zonas vacías del cerebro que lo hace gritar “¡corruptos, corruptos!” cuando un peronista está ganando una discusión en la jaula de las locas. Bueno, sus compañeros de La Red lo escuchan como si les diera a conocer la verdad revelada. La novena revelación. No pudimos dejar de imaginar al periodista saltando y, ante cada insulto antipolítico, abriendo la boca para recibir el premio. ¿Quién lo entrega?

Pero mencionamos la indómita luz. Les contamos que con el referente de la Corriente Federal, Hector Amichetti, estamos preparando un par de trabajos sobre Rodolfo Walsh, con algún epicentro en su labor en el periódico cegetista, para la editorial que lleva ese nombre. Los indómitos compañeros resolvieron sanamente abrir el juego y restringir los lugares comunes para adentrarse en una dimensión bastante más conflictiva para interpretar el trabajo de quien amerita mejor atención de la que ha logrado.

Qué variedad la del periodismo en nuestro país. Fíjense la mención del párrafo anterior y la presentada aquí. De allí que la fama no resulte buena vara para absorber la temática. Cabe entonces aprovechar el desaliño de estas líneas para sugerir a colegas e interesados adentrarse en un libro maravilloso: De leguleyos, hablistas y celadores de la lengua. Gran selección de textos de José Gabriel, periodista apasionado del idioma español (y el fútbol). En la recomendación cabe incluir el estudio preliminar de Guillermo Korn y felicitar a Horacio González por su publicación en la Biblioteca Nacional (AC). Explicaré porqué.

José Gabriel (1896 – 1957) fue un enorme periodista de origen español que se adaptó y contribuyó al habla argentina. De fluidez y descaro sorprendentes, gestó rivalidades a diestra y siniestra y analizó nuestro decir cotidiano como nadie: desagregó las críticas y golpeó las tradiciones cuando resultó justo, pero también las innovaciones forzadas con razones sólidas. Cuestionó con energía a los negadores del lunfardo así como a los renovadores absolutos que pretendían –a su entender- que una nueva gramática resolviera su falta de genio. Como no podía ser de otra manera en alguien de esa lucidez, José Gabriel respaldó al peronismo y esto le granjeó la oscuridad. Volveremos sobre la cuestión en notas venideras.

Para mayor preocupación de los amigos: esta obra, en nuestra lista, se suma a Mientras escribo de Stephen King, y Pragmática Periodística de Teódulo Domínguez. En consciencia plena de las falencias propias, nos gusta imaginar que un cuarto eslabón de la idea se sustenta en nuestro Periodismo Violento. Los tres primeros son materiales que un periodista no debería dejar de leer para poder ser. No para referenciarse en los conceptos de los autores sino para aprender de quienes han plasmado sugerencias de escritura con claridad, conocimiento del yeite y hondura fascinantes. Nadie tiene porqué estudiar normativas tan estrictas como las que manejó José Gabriel, pues el resultado de la redacción es lo importante.

Allí quedan fuera las tonteras de hacerse el hippie rechazando todo lo que propone la Real Academia y también las tonteras de los formalistas que desdeñan el lenguaje callejero cuando los alarma, es decir, cuando calza justo para evidenciar una situación determinada. Alguna vez lo enseñó Héctor Ricardo García en la práctica, sin teoría alguna: lo importante es que el texto publicado quede a medida, transmita la información y la emoción adecuadas; se haga entender y deslice en el interior del lector esa brizna de belleza que conmueve levemente, como la corriente de aire fresco mencionada al comienzo. El creador de Crónica jamás lo formuló de esta manera, valga la aclaración para los adictos a las citas. A las que no nos oponemos, si están contextuadas.

De los libros mencionados no hallarán ninguno entre las sugerencias de la Universidad, de TEA o de cualquier claustro destinado al estudio periodístico. Allí encontrarán textos socioloides aburridos y algunos escritores norteamericanos que hacen abuso de las malas palabras y por tanto resultan evaluados cual rebeldes y, por qué no, indómitos (ya que estamos). Pero además no escucharán algo esencial: para adentrarse en el oficio, además de leer, es preciso escribir, trabajar en los medios, combinar el aprendizaje teórico con la acción profesional. ¿Por qué dirían estas cosas profesores que jamás trajinaron un cierre de edición?

El otro cusifai que hay que tomar en cuenta es Jorge Luis Borges. Aunque su obra se despliegue específicamente sobre lo literario -aún aquellos trazos volcados en los diarios-, es de extraordinaria trascendencia para la comunicación. Borges llegó en Ficciones a una perfección narrativa despojada, contundente, nítida. Hacer un alto y arrojar sus libros a la hoguera por su filiación política implica, simplemente, perdérselos. Y perderse algo bueno es una actitud muy poco peronista. Hay un montón de amigos que tropiezan con este prejuicio; deberían percibir que su escritura es más argentina que su pensamiento.

Por todas estas cosas hay que prestar atención a la convocatoria realizada por Analía Efrón para conversar sobre profesionalidad y periodismo, tomando como excusa a ¡Héctor Magnetto!, su decir pausado y pletórico de dineros. En línea paralela, ahondar en la lectura de los textos presentes de Horacio Verbitsky –está poniendo el punto y aparte un renglón antes ¡gracias web!- y Stella Calloni, que vale porque escribe como habla, cosa curiosa y salvo en su caso, imposible. También, prestar atención a lo que tienen para decir Julio Fernández Baraibar, Nestor Miguel Gorojovsky, Armando Vidal, Carlos Aira, Juan Salinas, Alejandro C. Tarruella, Enrique Martín, entre tantos.

Cuántos más para leer y disfrutar. Elaboramos una lista demasiado incompleta y la eliminamos para no tener que pedir disculpas. De todos modos, muchos de sus integrantes surgen periódicamente en estas páginas. El homenaje, claro, no es todo lo adecuado que podría ser debido a las limitaciones del redactor. Cuando cae la noche el fuego cálido de las hornallas crepita con comodidad. Arriba, el fuego helado de las estrellas ayuda a pensar en el devenir; pero no ofrece respuestas. Quién se anima a declamar su inutilidad ante la ausencia de claves.

La brisa trae al pensamiento un diálogo de la primera Wall Street: Michael Douglas pregunta por uno de sus asesores más destacados y le responden que se encuentra brindando charlas sobre economía y finanzas en la Universidad. Gekko mira el reloj, revisa las cotizaciones y dice “si quiere gastar su tiempo así, que lo haga; seguirá perdiendo dinero”. Esta breve historia puede llamar a confusión: estudiar y difundir conocimientos está bueno. Pero el quehacer es ireemplazable. He allí la cuestión.

Sigamos. Tras padecer La Red buscamos y accedimos a la transmisión santafesina de Lanús – Colón. Por algún motivo, el Negro siempre tuvo un periodismo interesante; casi casi a la altura del tripero, aunque en verdad nadie la talla porque la herencia de Néstor Basile carece de parangón. La perspicacia de los analistas se percibe en el aire, porque fuerza la interpretación adecuada en un instante. Hay quienes dan la medida y quiénes no. Más tarde, tomamos con cierto interés el relato de los rosarinos que enfrentaban como local a Aldosivi: algo de imitación de los espacios “nacionales” resta allí autenticidad, pero igual es llevadero. ¿Hay periodismo en el relato deportivo?

Claro que lo hay. Fíjense en Víctor Hugo, sin ir más lejos. Y recuerden la confesión de Fontanarrosa. Le preguntaron cuál sería la banda de sonido de su vida y respondió las transmisiones radiales de los partidos de fútbol. “Porque cuando uno escucha esos relatos, los cantitos, sabe donde estaba. Sabe que el mundo está funcionando perfectamente, porque quizás es domingo y hay fútbol”. Eso es comunicación. Los relatos, y los cuentos del canalla. Eso sí: Hemos dejado de hablar al respecto con los hinchas de los cuadros grandes. Si ni siquiera cabe salir campeón, sino ganar la última final más importante del mundo; si todo un extenso periplo exitoso queda desdeñado porque se falló en un cotejo ¿para qué discurrir sobre el modo de plantar un mediocampo?

En este marco, hemos de señalar dos decepciones en medio de un presente dramático. La primera, en el orden local; la segunda, sobre asuntos internacionales. Alejandro Dolina, referencia ineludible y narrador de fuste, escrito y oral, quedó bien ante el tal Novaresio –un Vilouta con barba- en todos los lugares comunes que la entrevista le propuso. Heinz Dieterich Steffan, sociólogo alemán que esbozó comprensión de América latina durante un tramo importante, quedó bien ante la CNN y expresó las cosas que la cadena estadounidense necesitaba para seguir agitando contra Venezuela. Las observaciones no estuvieron exentas de reflexiones inteligentes, como corresponde a esas figuras, así como de algunas verdades.

Pero la decepción quedó allí, dispersa en la negrura como las esquirlas que manan de una antorcha en declive.
Es curioso el periodismo. Por un lado necesita difusión para existir, exige un amplio espectro de lectura y escucha, lo cual implica identificación con numerosas personas. Por otro, cuando queda bien, cuando expresa aquello que el sentido común extendido parece anhelar… se opaca.

Sus ideas, refrendadas por voces que aturden, se escurren como arena entre los dedos.

El vórtice polar arrasa una parte de los Estados Unidos. Por las imágenes que vemos, varios estadios se encuentran cubiertos por una bella alfombra blanca. Qué importa: allá, el fútbol no interesa. Con unas cuantas estufas, se aprestan a disfrutar de su Super Bowl.

 

* Director La Señal Medios / Sindical Federal / Area Periodística Radio Gráfica.

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