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martes , abril 23 2019
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PANAMA / La imagen del Papa crece entre los jóvenes

 

Informes SILVINA PÉREZ Y ANDREA MONDA *

 

El Papa Francisco consiguió que Panamá se paralizara, literalmente, con su presencia en la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud. Para el Pontífice esta visita de cinco días resultó cargada de simbolismo, en un país que lo aclamó jubiloso durante su primer contacto con el pueblo.

Como si tuviera prisa en llegar a la más joven de las repúblicas centroamericanas, el avión de Alitalia con el Papa Francisco y su séquito a bordo aterrizó en el aeropuerto internacional de Tocumen con un cuarto de hora de antelación sobre el horario previsto, a las cuatro y cuarto, de la tarde, hora local, del día 23, y desde ese momento cada rincón de la metrópoli de Panamá se transformó en una gran fiesta.

A su llegada, el Pontífice encontró una ciudad, abarrotada de jóvenes y que los últimos días había sido escenario de un constante ir y venir de miles y miles de peregrinos llegados desde todas las partes del mundo, que estallaron de júbilo y emoción.

Antes de pisar suelo panameño, a bordo del avión papal, poco después del despegue, el Papa se dirigió a los 72 periodistas internacionales que lo acompañaban rumbo a Panamá, para dedicarles unas palabras. Durante los saludos, monseñor Mauricio Rueda Beltz presentó al director «ad interim» de la Oficina de prensa de la Santa Sede, Alessandro Gisotti, para quien es el primer viaje con este cargo.

«Atraviesa de nuevo el Atlántico, Santo Padre —dijo Gisotti—, justo como sucedió con ocasión de su primer viaje internacional para una Jornada mundial de la juventud», la de 2013 en Brasil. Por su parte, el Papa, conmovido pidió un minuto de silencio por el periodista ruso Alexi Bukalov, histórico corresponsal de la agencia rusa Tass, desaparecido recientemente.

Después de dirigirse con el micrófono a toda la delegación, el Papa recorrió sin prisas durante más de cuarenta y cinco minutos el corredor del avión para saludar uno por uno a todos los pasajeros. En ese momento Recibió peticiones de oración por personas enfermas, también cartas y recados, y además le regalaron un rosario.

Este viaje también resultó histórico porque el Papa Francisco es el segundo Pontífice que visita Panamá; el primero en hacerlo fue san Juan Pablo II, en 1983, hace casi cuarenta años. Si bien la distancia física que separa Roma de la Jornada de los jóvenes en Panamá es de 9.500 km, el camino sinodal que comenzó la Iglesia hace dos años y las posteriores tres semanas de intercambio de impresiones en las que participaron 267 obispos y sacerdotes de todo el mundo, durante el Sínodo del pasado octubre, ha conseguido acortar las distancias emocionales con las nuevas generaciones. Escuchar y acompañar a los jóvenes en su camino son dos objetivos cumplidos.

Cuando se trata de jóvenes, puede decirse que Francisco ya es veterano. Esta es su tercera Jornada mundial de la juventud como pontífice. Su popularidad entre las nuevas generaciones se hizo palpable en cuanto aterrizó: los jóvenes conectaron con el Pontífice desde el primer momento. Poco después de que el avión tocara pista, Francisco bajó tranquilamente la escalinata.

Al pie de la misma le esperaba el Presidente panameño, Juan Carlos Varela con su esposa, Lorena Castillo, ambos acogieron al Pontífice y lo saludaron estrechándole la mano. Las campanas de la Catedral de Santa María la Antigua, que resonaban desde el casco antiguo de la ciudad de Panamá.

El papa presenció una demostración de dos grupos folclóricos que bailaron para recibirlo danzas típicas panameñas , entre ellas, la popular «tamboritos», la expresión del folclore panameño más destacada.

Poco después, el Papa rompió con el protocolo al abandonar la alfombra roja y acercarse a las gradas que se habían instalado junto a la pista de aterrizaje, plagadas de autoridades, fieles y periodistas. Allí besó a un niño enfermo, sostenido en brazos por un hombre que se acercó hasta él.

Una vez concluido el acto, Francisco abordó el papamóvil para un recorrido de 24 kilómetros hasta la Nunciatura apostólica que se convirtió en una auténtica demostración de fervor y afecto de un pueblo completamente volcado en las calles para saludarlo. A los gritos de «Francisco, Francisco» o «Que viva el papa Francisco» y de cánticos religiosos, decenas de miles de personas dieron al papa una emocionante bienvenida en las calles de Panamá.

Casi treinta y dos años después de la JMJ de Buenos Aires, de 1987 —la primera que se celebró fuera de Roma— y seis años después de la Jornada de Río de Janeiro de 2013, el importante encuentro mundial de los jóvenes regresó a América latina. En esta ocasión, quien se vistió de gala para acoger la cita fue la ciudad panameña rodeada por el Caribe y el Pacífico, donde cientos de miles de muchachos, en su inmensa mayoría latinoamericanos, esperaban ya el momento de dar la bienvenida oficial al papa Francisco, el jueves 24 de enero.

La «ruta de bienvenida» iniciada en la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional de Tocumen, se inició en el vehículo blindado que lo trasladó a la sede de la Policía Nacional. A continuación, Francisco se subió al papamóvil para dirigirse a la Nunciatura Apostólica. Francisco realizó el trayecto a través de una senda flanqueada por una valla de luz formada por los teléfonos celulares de miles de panameños apostados en las calles para recibirlo.

Con jóvenes reclusos

El Papa tiene palabras de padre para un mundo que vive la condición de orfandad. Este es el primer pensamiento al final de la jornada en el Centro de Cumplimiento de Menores, Las Garzas de Pacora, la prisión de menores a 45 kilómetros de Panamá, con más de ciento cincuenta presos adolescentes.

Esos son los jóvenes que el Papa quería conocer dentro de la JMJ de Panamá, jóvenes que viven en la «periferia de la vida», los más alejados de la sociedad «civil», los más «invisibles». A esos jóvenes, el Papa ofreció la palabra del Evangelio, su homilía y el ministerio de confesión en tres momentos de gran intensidad emocional.

La palabra elegida fue tomada del capítulo 15 de Lucas, casi el «manifiesto» del pontificado de Bergoglio: las tres parábolas de la misericordia. Solo leyó la primera, la del buen pastor con el encabezamiento inicial, relativo al murmullo de los escribas y fariseos que están indignados porque «Este recibe a los pecadores y come con ellos».

La homilía del Papa se centró en el tema de la mirada, de las dos posibles miradas frente al misterio de la condición humana, especialmente cuando se «mancha» del mal llevado a cabo: la mirada de los murmullos y chismes, y la mirada de misericordia que se abre a la conversión.

La primera, dijo el Papa, es «una mirada estéril e infecunda», cuando, en cambio, la segunda es prometedora, alentadora, una mirada que llama a la transformación y a la conversión, que amplía los horizontes del hombre caído pero siempre amado por el Padre.

En estas dos palabras, «horizonte» y «padre», la homilía del Papa giró, especialmente en aquellas partes del texto que se pronuncian con ímpetu y de forma improvisada, fuera del texto previsto. Padre y horizonte: el padre es el que «marca», el que señala, el que se ensancha, abre el horizonte al niño que necesita esta «enseñanza». Todo hombre tiene un horizonte, repitió el Papa, esto es propio del ser humano, entonces es esencial respetar este anhelo, algo que ciertamente no hace la mirada del murmullo y los chismes.

Es la mirada inquisitorial de quienes aplican etiquetas moralistas a las personas a las que terminan condenando sin apelación el pasado e hipotecando el futuro, ahogando esa proyección vital hacia un horizonte de significado. Es la mirada de quien, frente al otro, busca un adjetivo y no el nombre, de quien juzga sin amar, es la mirada de una vida estéril que esteriliza la vida de los demás, una vida «contra».

La alegría, por otro lado, es precisamente el sabor y el motor de la segunda mirada, hecha de misericordia, que conduce a la conversión. Es la alegría de la tercera parábola, la del hijo pródigo en quien el Papa se centra durante mucho tiempo, enfatizando el comportamiento del padre que se mueve en anticipación del arrepentimiento del hijo y se activa con todo para celebrar, para dar a todos la alegría.

«Tenemos un padre», repitió el Papa Francisco, un padre que mira sin detenerse a la superficie, en las etiquetas, sino que mira a los ojos, en los corazones. Es una mirada de amor, «un amor que no tiene tiempo para murmurar». El poema más famoso de Jan Twarowski, poeta y sacerdote polaco, se titula Apresuraos a amar, para subrayar el carácter de la urgencia, del cuidado propio del amor divino y de cada hombre que se deja invadir por el viento de ese amor y de esa alegría.

La alegría del cristiano que «nace de haber experimentado alguna vez esta mirada de Dios que nos dice: “vos sos parte de mi familia y no te puedo dejar a la intemperie”, eso es lo que nos dice Dios a cada uno, porque Dios es Padre –lo dijiste vos– eres parte de la familia y no puedo abandonarte a los elementos, no puedo dejarte en la calle. Estoy aquí contigo “».

El Papa no está «predicando», está abriendo su corazón, el corazón de Pedro, de quien ha pecado pero ha sido cubierto por la mirada de misericordia de Cristo. No es casualidad que el Papa se detenga, siempre fuera del programa, en la figura de los apóstoles, todos los pecadores, todos perdonados.

Los jóvenes que abarrotaron la capilla de la prisión juvenil escucharon con atento silencio las palabras y la voz de un hombre anciano que vibra de afecto y con un ímpetu generoso al decir que «una sociedad se enferma cuando no es capaz de hacer fiesta por la transformación de sus hijos». Palabras y voces de esperanza, de redención, para una sociedad que vive el frío de la orfandad, pero que ha sido alcanzada por la presencia cálida y vivificadora de un padre lleno de vida y alegría.

 

  • L’Osservatore Romano / La Señal Medios

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