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VERANO DEL ’49 / La Constitución robada

 

Por ARMANDO VIDAL *

 

Hace setenta años,  el radicalismo se sintió expulsado del sistema por el que lucharon Alem e Yrigoyen y no tanto el alvearismo. Fue en el verano de 1949. Fue en el recinto de la Cámara de Diputados. Fue con la reforma constitucional que impuso el peronismo. Un proyecto para una Nación en ciernes.

Otra Constitución, otra concepción filosófica de la vida y de la democracia, una referencia contraria al espíritu y, por muchos tramos, a la letra de la versión liberal de 1853, surgida de Caseros, la batalla victoriosa contra Rosas, con la colaboración del imperio brasileño.

Significó una obra del pensamiento nacional, impulsada por un texto con ese fin de un profesor universitario que quedaría en la historia del peronismo, con ideas propias del presidente Juan D. Perón.

Ideas inspiradoras como las que tenía en mente cuando ante la Asamblea Legislativa del 1° de mayo de 1974 habló de la necesidad de acordar los lineamientos de lo que llamó el Modelo Nacional. Tarea a la que pidió que se sumara la oposición… “ahora que nos unen más cosas de aquellas que nos separan”.

No hubo tiempo para ello. Dos meses después Perón murió.

Se debía la Argentina -y se debe- una Constitución que refleje a su pueblo y a su identidad, con el sostén de la cultura del trabajo, el empresariado y los trabajadores organizados. Y la defensa de sus recursos naturales, incluyendo los ríos interiores que, para la Constitución de 1949, podían ser cursados por todas las banderas siempre que no contrariasen las exigencias de la defensa, la seguridad común o el bien general del Estado.

Tenía en cuenta la expedición militar y comercial anglofrancesa en 1845, que los constituyentes de 1853 ignoraron. Y siguen ignorando con la Constitución actual, la del ’53…

Era un texto en línea con los radicales forjistas, que especificaba derechos (incluyendo los del niño y la ancianidad) y defendía como patrimonio de la Nación a los yacimientos subterráneos, caso del petróleo y los minerales.

También comprometía al Estado en la fiscalización de la función social de la propiedad, el capital y la actividad económica y prohibía toda delegación de poderes en beneficio del PEN.

Esa versión por una Argentina libre, justa y soberana necesitaba al menos el respeto de la oposición pero sus exponentes no se sintieron comprendidos.

Dada la dimensión del enfrentamiento, al que había colaborado con entusiasmo,  esa oposición ya no era la misma. Buscaba  otros ámbitos y métodos. Se encaminaba a ser golpista.

Radicales, socialistas y oligarcas enardecían con sus clamores y  acusaciones a  Perón,  que les dedicó varios discursos por LRA Radio del Estado y la Red Argentina de Radiodifusión. Los comunistas tampoco se salvaron.

Decía Perón que “el gobernante debe ser  tolerante hasta con la intolerancia”  y recordaba que hasta San Martín había sido acusado de “ambicioso y ladrón”, por lo cual mal podría entonces sorprenderse. Pero igual se calentaba.

* La Corte

Camino a 1949, la presión en esa caldera se estimuló de entrada cuando el oficialismo presentó en 1946 el juicio político a cuatro de los cinco miembros de la Corte Suprema de Justicia por haber convalidado el golpe militar contra Hipólto Yrigoyen, en 1930, y también …  ¡el de 1943!.

El autor del proyecto fue el diputado Rodolfo Decker, presidente de la bancada peronista, ex secretario personal de Domingo Mercante, gobernador de la provincia y presidente de la Convención Constituyente. Tenía entonces 25 años, vive (es abogado) y podría contarlo.

En 1946, el peronismo aprobó la acusación y al año siguiente, el Senado aprobó la destitución de los cuatro jueces, uno de los cuales tuvo la defensa del socialista Alfredo Palacios, a quien dicho sea de paso no lo dejaron exponer en la Cámara que había integrado en la Década Infame.

En marzo de 1948, Perón habló de la necesidad de la reforma constitucional que el Congreso transformó en ley, imponiendo su clara mayoría (entonces no había sistema D’ Hondt y el que ganaba se llevaba los dos tercios).

Pese a esa cómoda mayoría, el peronismo dejó constancia que se reclamaba el voto a favor de los dos tercios de los presentes en cada Cámara y no de la totalidad de sus miembros.  Dato que tendría amplia significación 45 años después y motivaría el llamado Pacto de Olivos –decisión personal de Raúl Alfonsín, titular de la UCR en ese momento-, terminando así  las  largas discusiones en los dos recintos .

Por eso, tras la reforma de Santa Fe, en 1994, la Constitución señala que la declaración de la necesidad de su reforma exige los dos tercios del total de miembros de cada Cámara.

Ese es el marco en el que se instaló la reforma constitucional en 1949, que no incluía la reelección presidencial. Sí, Perón, al menos en los papeles, no pensaba en un nuevo mandato de seis años, llegada su conclusión el 4 de junio de 1952.

En tal caso, el sucesor natural era Mercante, el hijo del maquinista ferroviario, interventor en 1943 de los gremios de La Fraternidad y la Unión Ferroviaria, el gobernador de Buenos Aires con buena relación con el radicalismo con mucho peso en el Congreso bonaerense.

Mercante, “el corazón de Perón” como lo llamaba Evita.

En 1947, se había votado el derecho al voto para las mujeres, lo cual obligó a una movilización de mujeres peronistas coordinadas por Evita para registrar pueblo por pueblo, casa por casa, a las futuras votantes. Cometido primordial para las elecciones de 1951.

* Victoria, desaire y reelección

Las elecciones constituyentes se realizaron el 5 de diciembre de 1948. Ganó el peronismo con el 66 por ciento de los votos.

El 27 de enero, Perón inauguró  la constituyente sin la presencia de los radicales que se retiraron del recinto, tal como lo habían hecho el 4 de junio de 1946, en el acto de asunción de la primera magistratura.

El miembro informante de la reforma fue el siempre ponderado constitucionalista Arturo Sampay, ese profesor de la Universidad de La Plata, forjista y autor de un preproyecto que presentó a Perón. Fue su única actuación destacada dentro del peronismo. Reapareció a comienzos de los setenta, como miembro del Encuentro Nacional de los Argentinos. Pocos lo reconocieron en una visita que hizo al Congreso, según recuerda este cronista.

Todo transcurrió dentro de lo previsto hasta que se informó del cambio en el dictamen de comisión con la incorporación del derecho del binomio presidencial a ser reelegido y, además, indefinidamente.

El primer sorprendido fue Mercante que se había enterado poco antes. Ya los bramidos radicales carecían de importancia y, además, a esa altura estarían en la calle porque en la primera sesión  entraron al recinto, reclamaron invalidez de la convención  por el modo como sido votada la ley de declaración y se fueron para no volver. El portavoz fue Moisés Lebenshon.

La constituyente, por tanto, quedó en manos de los peronistas que tenían sus propios problemas.

Algo, serio, estaba pasando dentro de los ámbitos más íntimos del peronismo: el que comprendía a Perón, Mercante y a Evita.

Llegado el momento se supo. No era por la reelección de Perón, de la cual el presidente de la Asamblea había tomado cuenta en una reunión en la que Evita le dijo:

– Mercante, convénzase de que el General acepta la reelección.

Fue a fines de febrero con los convencionales como testigos Alvarez Rodriguez (el abuelo de la actual diputada K María Cristina Alvarez Rodriguez), Angel Miel Asquía, Alberto Teisaire, Héctor Cámpora y Carlos Aloé.

Ante ello Mercante no reaccionó y acató en silencio, sin olvidar que Perón, en otro momento, le había dicho que iba a ser su sucesor y que él, si podía, volvería a continuación (o sea para 1958).

* Prórroga de mandatos

La Constitución de 1949, de 103 artículos, incluye al final, seis disposiciones transitorias.

La primera para determinar en veinte el número de ministerios.

La segunda para fijar la fecha de vigencia.

La tercera  para señalar que aquel funcionario  que no jurase La Constitución perdía automáticamente el cargo.

La cuarta refería que los legisladores que prorrogaban su mandato necesitaban un nuevo acuerdo del Senado.

La quinta autorizaba a las Legislaturas provinciales a reformar sus respectivas constituciones para adaptarlas a la nacional, con la acotación de que aquellas que fueran bicamerales, reunidas en Asamblea Constituyente, procederían a elegir sus autoridades propias y a tomar sus decisiones por mayoría absoluta.

La sexta fijaba que los mandatos de los legisladores nacionales caducaban el 30 de abril de 1952, lo cual implicaba una prórroga automática de tres años.

De todas esas cláusulas la que concernía a los gobernadores incluía la situación de Mercante. Era la quinta.

* El rechazo

Domingo Alfredo Mercante, hijo, cuenta en libro “Mercante: el corazón de Perón”, que el gobernador le dijo al Presidente que él no aceptaba que su mandato fuera prorrogado por el Congreso platense y que prefería que eso lo decidiera el pueblo bonaerense.

El diálogo que transcribe quien, además, era un estrecho colaborador del gobernador, es éste:

– ¿Piensa hacer una elección por dos años, Mercante?

– Sí, mi General, y si usted me permite, en cuanto a eso soy irreductible.

De modo que cuando casi todos dieron por finalizado el cometido emanado de la nueva Constitución, el gobernador Mercante iba a elecciones para poder completar el mandato extendido en el caso de triunfar en las urnas el domingo 12 de marzo de 1950.

Su rival era Ricardo Balbín, diputado nacional, figura en ascenso y duro adversario del peronismo.

Ganó Mercante, con el 63 por ciento de los votos, 50 mil votos más que en 1946. Había obtenido 486.549 contra 282.343 del candidato de la UCR.

En la mesa 22, instalada en el Palacio de Tribunales, a las 14.30 había votado Balbín. Apenas salió fue detenido por la Policía Federal por orden de un juez de Rosario. Lo acusaban del delito de desacato por una declaración. Un absurdo que generó gran revuelo en la Cámara de Diputados pero que no impidió que terminase preso en la cárcel de Olmos.

Un duro sacudón para Mercante que esperaría la ocasión y le tributaría un reconocimiento personal al posibilitarle a Balbín recibir visitas de numerosos correligionarios y amigos que hicieron largas colas para verlo con motivo de las fiestas navideñas de ese año, el Año del General San Martín, con motivo del centenario de su muerte.

En esos días, Balbín no los recibió en el calabozo sino en la casa del director del penal por orden del gobernador.

El 3 de enero de 1951, Perón indultó a Balbín, tras diez meses de cárcel.

Mercante cumplió su cometido como gobernador, para muchos el mejor gobernador bonaerense de la historia, y el 4 de junio de 1952 saludó al personal de la sede del gobierno platense y se fue a su casa.

Lo sucedió en el cargo Carlos Aloé, un coronel de administración que se ocupó, sistemáticamente, de borrar el nombre de Mercante de cuanta placa escolar o establecimiento público existiera. Pequeña muestra de lo mucho que hizo. Aloé fue la sombra maldita de Mercante.

Expulsado del peronismo, víctima de una implacable persecución de Aloé con causas inventadas, como tantos peronistas Mercante terminó en el exilio (en Uruguay) con el arribo de la Revolución Fusiladora. Su hijo, autor del libro mencionado, fue a parar preso a Olmos. Preso porque sí más de dos años.

* La despedida

La Constitución del ’49 desnudó el golpismo radical con simpatías y quizás implicancias en el frustrado golpe de 1951 y responsabilidades directas con la colocación de bombas en el acto de la CGT en respaldo del gobierno, el 15 de abril de 1953. Apoyó y fue parte de la dictadura de Pedro E. Aramburu al integrar la llamada Junta Consultiva con operaciones en el Congreso, transformado, como en 1976, en un cuartel.

Perón regresó al  país en 1972 para entenderse con Balbín, el viejo adversario, quien perdió la elección del 11 de marzo del año siguiente contra Cámpora sin haber hecho una campaña de corte antiperonista, que fue lo que le pidió Perón para terminar con los odios del pasado.

Se ignora si Perón volvió a ver a Mercante, aunque habían tenido contacto epistolar en los años del exilio de ambos. Mercante operaba desde Uruguay recibiendo instrucciones pero el delegado de Perón no fue él sino John William Cooke.

El 1 de julio de 1974, en el impresionante velatorio del tres veces presidente de los argentinos en el Salón Azul del Congreso de la Nación, Rodolfo Decker llegó hasta el féretro junto con Mercante, a quien en un momento dejo solo ante el cajón.

Quizás se haya atrevido a preguntar a qué se debió tanta persecución inesperada.

Dos años después, a los 78, moría Mercante, el corazón de Perón.

Golpismo radical y dolores peronistas por la Constitución derogada por decreto de un dictador que no vale ni la pena nombrar, un día de abril de 1956.

 

  • Histórico periodista parlamentario de Clarín / Director de Congreso Abierto / Autor de El Congreso en la Trampa – Editorial Planeta / La Señal Medios

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