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sábado , enero 19 2019
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ELECCIONES / Bajo el signo de la polarización

Por ARTEMIO LÓPEZ *

 

  • La caída en la popularidad del Gobierno y sus principales referentes se explica por el impacto que tiene la marcha del ajuste sobre su base electoral
  • A partir del rescate solicitado al FMI las restricciones de política económica autónoma y expansiva son mayores y se observa como correlato una fuerte licuación del poder político del gobierno nacional
  • La foto de preferencias electorales a finales del año 2018, cuyo comportamiento continúa signado por la polarización entre proyectos antagónicos encarnados en los liderazgos de Mauricio Macri por el oficialismo y Cristina Kirchner en el campo opositor.
  • Con el análisis de 10 encuestas nacionales (*), el resultado que brinda Proyección Ciudadana es 32,1% para CFK/Unidad Ciudadana, 29,9% para Macri/Cambiemos y 10,1% para Massa/Alternativa Federal.
  • Se trata de un empate técnico por la primera minoría electoral entre el oficialismo y la principal fuerza opositora, con pase de ambos al ballotage que resulta de pronóstico indecidible) y sin chances (hoy) para la tercera vía que propone el peronismo anti K.
  • Así las cosas, se insinúa la continuidad de la estructura de preferencias polarizada que domina el escenario electoral desde el año 2015.

 

La disolución del poder político
 
El efecto central de la crisis desatada mediante acuerdos con el FMI en el fin de la convertibilidad –además del paisaje socioeconómico desolador, donde el 27,6% de la población argentina quedó en la indigencia– fue el colapso del vínculo entre representación política y ciudadanía, plasmado en el “que se vayan todos”.
Néstor Kirchner reconstruyó los puentes con las grandes mayorías. “Kirchner recompuso la autoridad presidencial”, se reconocía. A menos de dos décadas de aquel desastre, el gobierno neoliberal vuelve a transitar el camino que propone acordar el diseño de política socioeconómica con el FMI. Sabemos por experiencia propia y ajena que entre las consecuencias no escritas pero inexorables de las “condicionalidades” del rescate del FMI –la organización lobista por excelencia de los acreedores de deuda– está el manejo del sistema de decisiones políticas.
En Grecia, la denominada “troika” (Banco Europeo, Comisión Europea y FMI) hasta obligó al premier Alexis Tsipras a desconocer el referendo popular rechazando la continuidad de las políticas de austeridad y el rescate propuesto por los acreedores. Desencadenó así una profunda doble crisis –de gobierno y partidaria en Syriza–, precipitando el recomienzo del ajuste neoliberal, ruinoso para la economía y el pueblo griego.
En Brasil, Dilma Rousseff, en su segundo mandato, entregó la economía al sector financiero encarnado por Joaquim Levy –banquero y ex funcionario del FMI–, que obligó a profundizar políticas ortodoxas. Sucedió una fuerte crisis económica, en el PT y caída vertical del poder y la popularidad de Dilma, que asumió con 70% de aceptación para, en menos de 24 meses, caer a un dígito. Señalaba Gilberto Maringoni, profesor de la Universidad de San Pablo: “El ajuste dejó de ser una opción para el gobierno. Es su propia razón de ser. Si el ajuste termina, el gobierno cae. La contracción, los recortes, el brutal superávit y toda la catilinaria del neoliberalismo heavy metal –que Dilma acusó a Aécio Neves de querer implantar– llegó para quedarse. No es Dilma quien nos gobierna. Es el ajuste”.
¿Es necesario aclarar que Macri no es la excepción a esta regla? Presenciamos la profundización del ajuste socioeconómico y la inevitable licuación del poder político. Aunque el enorme sistema de medios oficialistas edulcore el “nuevo rumbo” del Gobierno y hasta lo publiciten como de “mayor autonomía y pragmatismo”, lo constatable –por análisis comparativos internacionales y de historia nacional reciente– es que ya no habrá decisión económica ni política central que no requiera aprobación del FMI.
Los cambios en el gabinete nacional demandaron su conformidad y ratifican la profundización del rumbo destinado a garantizar el pago de intereses de la deuda. Lo mismo sucede con la última calificación de “emergente” a la economía argentina. En el comunicado, Morgan Stanley Capital Internacional advierte: “Sin embargo, a la luz de los eventos más recientes que afectan la situación cambiaria del país, MSCI también aclara que revisaría su decisión de reclasificación si las autoridades argentinas introdujeran cualquier tipo de restricciones de acceso al mercado, tales como controles de capital o de divisas”.
O sea, ante cualquier medida heterodoxa de control que introduzca el gobierno nacional, anulará la reclasificación. Se inicia la etapa de profundización del rumbo de ajuste ortodoxo ya sin excepciones como las del año 2017, cuando para enfrentar la coyuntura electoral el gobierno actualizó salarios, planes sociales, jubilaciones y pensiones en línea con la inflación, liberó obra pública y generalizó créditos y préstamos sobre segmentos medios y bajos.
Esos “bemoles populistas” se acabaron con el rescate del FMI y la re categorización del Morgan. Se configura así una coyuntura de gravedad socioeconómica e institucional, escenario que históricamente condujo a callejones sin salida. Tal como sucedió con Tsipras en Grecia en el año 2015, Rousseff en Brasil en el año 2014, pero también con Alfonsín en 1989 y De la Rúa en 2001, hoy promediando el año 2018, ya no es Macri quien gobierna, nos gobierna el ajuste.
La polarización persistente

Con todos los indicadores socioeconómicos muy empeorados respecto de su inicio de gestión, caída de consumo, baja de empleo, ausencia de crecimiento y con un endeudamiento récord que según el último informe de la fundación Germán Abdala alcanzó ya un nivel de 87% del PBI, máximo desde el período 2004-2005, el presidente Macri ofreció una conferencia de prensa. Se trató de la ronda de prensa más bochornosa desde la recuperación democrática, donde al habitual encadenamiento de cifras falsas por primera vez se pudo observar una figura presidencial opacada, carente ya en su gestualidad de toda expectativa de futuro y ciertamente abatida, muy lejos del look de pastor evangélico con bemoles de autoayuda con que el presidente Macri nos flageló durante su campaña electoral y en el bienio inicial de gestión neoliberal. En el capítulo anterior de este informe señalamos que tras el rescate del Fondo Monetario se sucedería inexorablemente el vaciamiento de las herramientas de política económica, cuyo tablero principal de mando pasaría a la esfera de decisiones de los burócratas del organismo, cosa que ya ocurrió, y en paralelo se iniciaría un proceso de licuación del poder político y vaciamiento de la autoridad presidencial.
Señalamos que la licuación del poder político tampoco era un fenómeno local. Donde las condicionalidades de los organismos internacionales de crédito fijan el rumbo de la política económica (y el FMI es el lobista por excelencia de los acreedores), el poder político se derrumba. Sucedió con De la Rúa en nuestro país, pero también con Alexis Tsipras en Grecia, Dilma Rousseff en Brasil, que vieron desmoronarse su popularidad y autoridad a medida que avanzaban las políticas de ajuste.
Es lo que está sucediendo ahora con el presidente Macri, al que todas las consultoras de opinión ubican en zona evaluación negativa de imagen, también con la gestión de gobierno, que está muy mal evaluada, y con las principales figuras de la alianza Cambiemos, cuya popularidad sigue el sendero descendente del Presidente. Con Macri ascendieron, con Macri caen. Muy obvio el derrotero ascendente antes y descendente luego de las figuras centrales de Cambiemos y en especial de la gobernadora Vidal, la mimada de los medios oficialistas, cuya gestión de gobierno es tan mala como la de su antecesor y, para mayor deterioro de su popularidad, sigue envuelta ahora mismo en un escándalo de aportantes de campaña falsos, con dinero de origen turbio y cuyas proyecciones negativas son aún inciertas. Maniobra fraudulenta descubierta por el joven periodista Juan Amorin, que, junto a un pequeño equipo de exteriores y el soporte casi único de la web, puso en jaque a todo el matusalénico sistema de medios tradicionales que, creyéndose todopoderoso, había decidido silenciar el escándalo y preservar a la Gobernadora .
Finalmente, esta serie de novedades negativas para el oficialismo lógicamente ya tiene correlato electoral: Un 30% de los electores que acompañaron en ballotage a Cambiemos en el año 2015 hoy no volverían a votarlo y eso abre una fuga principal de votos bifronte.
 Un primer canal de fuga lo recepta discretamente Sergio Massa, opositor amigable con el oficialismo que comienza a recuperar en parte del volumen del año 2015 en primera vuelta (cercano al 21%), con electores que, manteniendo el rechazo al kirchnerismo, sienten muy insatisfactoria la gestión macrista.
 El segundo caudal de votos liberados por Cambiemos revierte el camino de preferencias del año 2015, movidos por el contraste notable entre sus muy empeoradas condiciones de vida actuales y las existentes en el lapso en que Cristina Kirchner gobernaba, y, como señalamos, muchos vuelven a transitar un camino que ya habían recorrido: votar a la ex Presidenta al frente del ejecutivo.
 Una tercera opción para defraudados de Cambiemos en el balotaje 2015 probablemente vaya hacia el ausentismo, el voto en blanco o nulo y hacia candidatos menores, en particular de centro derecha y derecha franca como el actual diputado Olmedo o el economista ultra ortodoxo José Luis Espert.
Así las cosas, al ritmo de la profundización de la crisis, la ex Presidenta perfora sin prisa ni pausa el famoso “techo” que la “patria consultora” juzgaba lapidario y ya hoy merodea el 40% de votos nacionales, un dato nada novedoso ya que en el año 2017, en pleno ciclo ascendente de la alianza Cambiemos , CFK obtuvo 38% de los votos en Bs. As., distrito que en el peronismo siempre determina la media nacional, anticipando el notable volumen de su piso electoral, la verdadera “tormenta” que desvela la larga siesta presidencial.
En este sentido de profundización de la crisis socioeconómica, se conoció que la pobreza alcanzó al 48% en menores de 15 años -según Unicef-, y al 43% según el INDEC.
Devaluaciones mediante, Macri aumentó la pobreza drásticamente –10 puntos en tres años– y la llevó al 33%, según la UCA.
Se informó también que el desempleo trepó al 9%, un 50% por sobre los niveles “heredados” por Macri, y se encamina a los dos dígitos en diciembre, la inflación general llegó al 43,9% en noviembre y la minorista, al 71,1%, el doble de la registrada en el año 2015. Se informaban estas calamidades socioeconómicas y (¡ay!) los medios oficialistas (casi todos) publicaron encuestas donde la imagen de Macri estaba “en alza”.
¿Pero qué es lo que ocurre aquí? Se trata de encuestas “a la carta” que intentan encubrir que ahora mismo el Gobierno tiene un problema fuerte de caída de expectativas, la peor desde diciembre del año 2015. Estos “estudios de opinión” propalados por la patria consultora recuerdan que estamos en un momento de comunicación política donde hay que leer las encuestas publicadas como “opiniones” y situadas políticamente, aunque expresadas en “inocentes y objetivos” porcentajes.
Dicho esto, hay que sostener con igual énfasis que Mauricio Macri mantiene un piso contundente de votos, que persiste a pesar de que el deterioro socioeconómico se profundiza Hay diversos factores –históricos y coyunturales– que explican esto, señalemos algunos fundamentales.
 Un primer factor es el fuerte dispositivo de medios oficialistas en formato tradicional que modela una imagen favorable al gobierno, particularmente eficaz en el electorado mayor de 50 años y un trabajo oficialista persistente y exitoso en redes sociales, que impacta particularmente en segmentos sub 40.
 Un segundo elemento, articulado con el primero, es que hay sectores de la sociedad que a tres años de finalizada la gestión mantienen una visión muy crítica de los 12 años de kirchnerismo y lo hacen por motivos múltiples que van desde el estilo de gobierno hasta las sospechas de corrupción galopante.
 El tercer determinante supone que en Argentina existe un acompañamiento histórico amplio y robusto para proyectos conservadores. Por caso, hubo un apoyo ciudadano muy fuerte a los golpes de Estado de los años 1955 y 1976. Fuera del formato de régimen dictatorial, recordemos que a solo dos años de la mega crisis de salida de la convertibilidad, en abril del año 2003, entre Carlos Menem y Ricardo López Murphy obtuvieron el 45% de los votos.
 El cuarto componente, ya de valor positivo –para aquellos que acompañan a Macri–, es el tipo de liderazgo que ejerce, de gran centralidad y contenido emocional, eficazmente dirigido a interpelar a un espectador de 9 años de edad de maduración mental promedio.
Para completar el panorama, por la oposición persiste un liderazgo nítido que es el de Cristina Kirchner, de notable robustez electoral comparada (rinde 7 a 1 promedio respecto a cualquier otro dirigente opositor), por lo que en estos meses que vienen la organización del pan peronismo en torno a su figura será inexorable.
Más cuando, a medida que avanza el deterioro socioeconómico de la base electoral de Cambiemos, aunque en el margen, Cristina Kirchner crece en intención de voto acercándose a su “techo”, que es el que marca la elección testigo del año 2007, en torno al 45%.
Respecto al comentado “techo” de CFK, en rigor es el proyecto popular democrático el que tiene techo en torno al 45% de los votos. No es el “techo de Cristina”, se trata del límite estructural del populismo en el siglo XXI, en promedio 10 puntos más abajo del “techo electoral” del peronismo inaugural del XX.
 

* Consultora Equis / La Señal Medios

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