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sábado , enero 19 2019
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FACEBOOK / El empleo social de una herramienta y la feroz presión para instalar la censura

Por GABRIEL FERNÁNDEZ *

 

En apariencia las críticas son justas. Los tremendos embates mediáticos denuncian que la empresa Facebook explora los perfiles de sus usuarios y los comercializa para orientar las ventas de otras corporaciones. Así, viola la privacidad de quienes se comunican a su través. Así, incurre en deslealtad comercial. Todo bien con los cuestionamientos, salvo por un dato sutil: a los gigantes de la comunicación les importa un pito la privacidad de las personas y las jugarretas amorales de las compañías. Entonces, mientras aceptamos que las objeciones son justas, tratamos de indagar más a fondo para entender porqué las mismas aparecen en primera plana; porqué el año que acaba de concluir ha sido bautizado el “annus horribilis” de la red social más importante del planeta.

¿Qué es Facebook? Una plataforma que funciona sobre una infraestructura de computación basada en sistemas GNU/Linux. Linux, a su vez, es un sistema operativo libre tipo Unix; multiplataforma, multiusuario y multitarea. El sistema es la combinación de varios proyectos, entre los cuales destacan GNU  y el núcleo Linux. Su desarrollo es uno de los ejemplos extremos de software libre: todo su código fuente puede ser utilizado, modificado y redistribuido libremente por cualquiera, bajo los términos de la GPL (Licencia Pública General de GNU) y otra serie de licencias libres. A su través, cualquier persona puede conectarse con otras, dar a conocer sus ideas y sentimientos, y difundir informaciones. Hoy tiene más de 2.200 millones de usuarios en todo el mundo. Otros 1.000 millones utilizan sus redes subsidiarias, Instagram y Whatsapp.

En la genialidad de su gestación coparticiparon los variados investigadores que contribuyeron al despliegue de Internet. También, numerosos técnicos que fueron partiendo de lo existente en cada tramo para potenciarlo y rearticularlo. Y por supuesto, quien conjugó los conocimientos de la época con el modesto objetivo primigenio de conectar alumnos universitarios: Mark Zuckerberg. Para tener una idea de la explosión generada por esta trama horizontal comunicativa, es  bueno recordar que la misma recién se instaló en 2004; su expansión mundial en inglés se registró en 2006; la versión castellana es aún más reciente: febrero de 2008. Y sin embargo, resulta tan habitual que la lectura de esos datos promueve sensaciones internas extrañas. De hecho, son pocos quienes pueden recordar cómo era su vida sin Facebook y menos aún los que logran construir una imagen certera de un planeta sin Internet.

Bien. Nos adentramos entonces: una vasta zona de la humanidad tomó Facebook, lo tanteó, fue madurando en su uso y lo reconvirtió en un lugar extraordinario de información y debate social cultural. Lo hizo volcando sobre la herramienta todo lo que caracteriza a la gente de este planeta: sus virtudes, sus pensamientos, sus vicios, sus sensaciones, sus manías, sus mentiras, sus delitos, sus verdades. Y más. El emprendimiento se mostró poroso a las inquietudes de los seres humanos y éstos lo usufructuaron a pleno. De hecho, Facebook es el único espacio de la Tierra donde se genera continuamente el debate político (entendido ampliamente) de modo directo, sin delegaturas ni intermediaciones. Ningún encuentro de Naciones Unidas, ninguna reunión partidaria, ningún medio de comunicación alcanzan la democracia horizontal que ofrece la red de redes.

Cuando se objeta la direccionalidad de los gustos, la sugerencia realizada por la trama para que nos vinculemos y leamos materiales cercanos a nuestros conceptos, se olvida que hasta el arribo de la web las personas sólo leían un diario, el que les identificaba, y sólo escuchaban un puñado de radios, en el mismo sentido. Siempre lectores y oyentes, también televidentes, se han inclinado a buscar aquellos contenidos con los cuales están de acuerdo total o parcialmente. Por tanto, lo que se evalúa como un encierro no es más que la continuidad de la práctica habitual histórica, muy difícil de revertir. Vale entonces aclarar que ante la posibilidad de compartir, Facebook facilita tenuemente la ruptura de esa tradición, y los espacios diferenciados de opinión se cruzan en zonas grises de suma utilidad para la dinamización del pensamiento.

Indagando entonces, vamos a comprender el sentido de las preocupaciones y qué buscan de Facebook las corporaciones mediáticas que en realidad encarnan el poder financiero planetario. A lo largo del 2018, recrudecieron las acusaciones sobre Facebook por haber “intervenido” en las elecciones norteamericanas que dieron la victoria a Donald Trump, por haber “beneficiado” los intereses de la Federación Rusa, por haber “promovido” la violencia de género. Junto al antedicho tema comercial, esas son las grandes imputaciones que hoy circulan a la hora de efectuar un balance sobre lo actuado por la empresa y vale la pena diseccionar para entender los sentidos involucrados.

Cuando se raspa un poco el decir escueto del conjunto de los espacios comunicacionales que hacen referencia a Trump, no resulta posible detectar campaña alguna específica que vaya más allá de la utilización que cualquiera de los candidatos de centenares de países efectúan de esa y otras vías para llegar a los votantes. El problema que hallaron los medios concentrados es que, a diferencia de su modo vertical de elaboración, en Facebook millones de usuarios norteamericanos canalizaron su demanda de una transformación industrial para conseguir trabajo y tensionaron el debate hasta hace pocos años hegemonizado por la televisión, las radios y las monocordes portadas de los diarios. A lo sumo, el candidato republicano habrá insertado alguna promesa de más, alguna esperanza infundada; nada diferente a lo que vemos a diario.

Y cuando se intenta comprender el motivo de la acusación sobre Rusia, el panorama empeora. En principio, se parte del prejuzgamiento que implica la aseveración sin pruebas sobre la intervención de la potencia que lidera Vladimir Putin en las elecciones norteamericanas. La inexistencia de datos concretos al respecto, el mismo dislate del concepto, de nada sirven ante una pre definición que todos deberían aceptar: “Trump ganó porque Rusia metió mano en sus comicios. Y una de las armas empleadas fue Facebook”. Además de tratarse de una verdadera locura incomprobable, es la negación misma de dos factores contundentes y visibles: el señalado malestar interno de una sociedad como la norteamericana que por décadas padeció la anulación del debate político a través del macartismo y la caída de su potencial industrial a manos del interés financiero; y la negación de la existencia de un debate mundial en el cual Putin genera simpatías muy extendidas que contrastan con aquellos medios mencionados.

El otro elemento es interesante. La campaña feminista asentada en el prejuzgamiento ha sido, según las críticas de esos medios voceros del capital rentístico, obstaculizada por las razonables polémicas emergentes durante su mismo desarrollo. En vez de decir que sí, la humanidad viene discutiendo en distintas direcciones y con diferentes premisas todo lo que se vuelca a modo de alud desde los medios convencionales. Y lo hace a través de Facebook. Por eso el ejemplo del juez Brett Kavanaugh, acusado de una agresión sexual aparece en primer lugar. Pero ¿qué se dice al respecto? Lo obvio: que a través de la red, individuos cercanos al magistrado salieron a decir que confiaban en él. Es decir, se cuestiona el debate sobre una acusación incomprobada como si ante una imputación transmitida por los grandes medios, las personas sólo tuvieran la opción de asentir.

Entonces, ¿qué se le pide a Facebook? Censura. Alineamiento permanente con el intento de disciplinamiento social que llevan adelante a través de un monolítico discurso unificado los medios concentrados a nivel planetario. Censura para la defensa de proyectos industriales y laborales con recortes al poderío de la trama bancos – armas – drogas – medios, censura para quienes defienden instancias políticas populares de diverso tipo, censura para quienes ponen en cuestión las campañas compulsivas y abrumadoras de las pantallas hegemónicas. La CNN, The New York Times y miles de reproductores de sus líneas en todo el orbe han estallado al fin. Y aunque lo difuminen, esto es lo que en verdad dicen: basta de imágenes del Medio Oriente con bombardeos israelíes, basta de análisis sobre la debacle de la OTAN, basta de fotos de iraníes viviendo en paz, basta de coberturas alternas con las protestas francesas, basta de drones y micrófonos en los actos de los obreros argentinos, basta de mensajes de Lula brindando esperanzas, basta de andar diciendo cómo crecen China y Rusia, basta de defender a Venezuela, basta de polémicas en serio sobre los derechos civiles, basta de Panamá Papers aquí y allá, ¡basta de refutar nuestras bellas portadas!.

Eso dicen, y mucho más. Esto, para quienes no percibieron el trasfondo de nuestras primeras líneas, puede resultar confuso: ¿Acaso Mark Zuckerberg es un revolucionario? No resulta preciso que lo sea, así como no importa la filosofía que orientaba a Johannes Gutenberg a la hora de lanzar su invento urbi et orbi. Zuckerberg, que intentó paliar la andanada colaborando con la CIA, observa dos realidades que van confluyendo en un embudo sin solución: los datos que ofrece a las centrales de inteligencia no alteran el amperímetro, pero el uso que sus suscriptores hacen de la herramienta, sí. Porque damnifica a los nuevos tanques de control, superiores en poder de fuego a los tradicionales servicios: los grandes medios. Pero sabe, al mismo tiempo, que si aplica la censura que le reclaman, es decir, si anula la interactividad de su trama social, la misma se derrumba inevitablemente y termina recluida en las charlas personales como pasó con My Space.

Por ahora, los llamados trolls cumplen una limitada función censora. Denuncian y logran inhabilitar las cuentas de quienes sostienen posturas molestas para aquella hegemonía. Lo hacen por estas playas, visiblemente, pero efectúan acciones semejantes en todo el globo. Sin embargo, con 2.200 millones de usuarios, la labor se torna imposible, la red es inabarcable y la intención de control, infructuosa. Facebook es lo que es porque encarna este estadio de la humanidad. Se ha vertebrado como la vía de comunicación horizontal más genuina que haya construido el ser humano. Más que google, que you tube, que los blogs y las webs. Pero no porque su generador lo haya previsto así sino porque el simple usuario, ese que lee estas líneas –entre tantas- y piensa, le ha insuflado un volumen, una dimensión inesperada. (Es habitual leer en esta red críticos libertarios que quedan bien al decir que alguna variante de la web “controla nuestras ideas”. Lo dicen desde esta red, y a través de la web).

Los intereses financieros han logrado una fuerte caída en el precio de las acciones de Facebook. La  aquiescencia de poderes judiciales cómplices está haciendo lugar a demandas multimillonarias para ahogar y condicionar la compañía. Los medios hacen lo que saben y paulatinamente van situando a Zuckerberg en su nuevo rol: de joven empresario genial, exitoso y creativo a cómplice de delincuentes, terroristas y abusadores. Lo que está en juego es fuerte. Si se pierde esta pulseada tendremos una red social agonizante, limpita, sólo dispuesta a respaldar las “informaciones” y los “análisis” de los grandes medios mundiales y locales.

(Hay quienes piensan que el tema les resulta ajeno. Deberían recordar que gracias a la imprenta conocemos a Carlos Marx y, más cerca, a Arturo Jauretche. No se nos ocurriría anular la máquina  porque también facilitó la publicación de Mi Lucha, de Adolf Hitler o, más cerca, los textos de Bartolomé Mitre. En varios tramos de Periodismo Violento hemos refutado aquella impactante y difundida idea de “el medio es el mensaje”. A esta altura del partido deberíamos saber que la herramienta es una herramienta y que los contenidos son los determinantes)

Finalmente, dos precisiones de rasgo local. Es preciso insistir en el planteo de la elaboración de caños propios; resulta completamente genuino y muy humano que un redivivo Unasur genere  proyectos para instalar sus propias redes, interconectadas con las internacionales. No es imposible, sobre todo para el know how argentino. Claro que hay varios desafíos a resolver, pues los retrocesos damnifican proyectos de largo plazo; el ejemplo más claro es TDA, donde el Estado instaló una formidable extensión de fibra óptica y el gobierno actual la entregó a los privados. En la misma dirección: no estamos indicando que las redes suplanten la acción política. Sólo precisamos que inciden, como lo hacen los medios, apuntalando ideas y difundiendo informaciones. Las calles, las urnas, el mano a mano, siguen determinando el rumbo de nuestros pueblos.

Pero todos sabemos que a menor intensidad y nivel de debate, menos política popular en una sociedad.

 

  • Director La Señal Medios / Sindical Federal / Area Periodística Radio Gráfica

 

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