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martes , diciembre 11 2018
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FILOSOFÍA / Porqué es mejor vivir bien y varias preguntas decisivas

Por GABRIEL FERNÁNDEZ *

 

Aunque la explicación clave radique en la economía, los elementos culturales pero también psicológicos han de formar parte del análisis presente sobre la situación argentina. Mientras transitamos inversiones, producciones y tasas, conceptos como boicot, desvalorización, autoengaño, necesitan acompasar el pensamiento y sugerir claves que se introducen en el diagnóstico.

Poco hemos de descubrir si decimos que el ser humano es un animal extraño. Maravilloso y tonto como ningún otro. Si el gran descubrimiento de los pensadores más sagaces ha sido el impulso que sobre él generan los intereses, la incógnita superior radica en su accionar contrario a los mismos. Pero vamos sin prisas, con el ritmo del mate, que la tarde cae y la brisa acompaña.

LAS CLAVES. La diferencia radical, sustantiva, entre los doce años de kirchnerismo más el trascendente preludio adolfista y duhaldista , con el presente, se asienta en la orientación esencial del accionar económico estatal. Por vueltas que le demos, en ese tramo que caracterizó el arranque del siglo, es preciso calificar el rumbo como nacional, popular, industrial –sin consignas, cada término enlazado al otro- y el actual como antinacional, antipopular y antiindustrial.

Se pueden brindar mil detalles al respecto pero la cosa es así. La previa al emerger kirchnerista situó las bases al admitir la imposibilidad de pagos externos y reubicar el tipo de cambio hasta lograr un punto adecuado a la rentabilidad de la inversión productiva local. Las cuasi monedas resultaron muy importantes para impulsar un consumo que había caído por los suelos y los planes sociales determinantes para reinsertar en la vida económica a grandes masas de la población.

Este precepto brindó una dinámica apreciable que supo captar Néstor Kirchner y desplegar Cristina. La decisión de instalar las negociaciones paritarias evidenció una vocación industrial profunda, ostensible y lógicamente relacionada con la justicia social. No pretendemos aquí historiar  el proceso ni mucho menos: lo que necesitamos es indicar de un trazo que las reivindicaciones sociales no sólo son justas sino, muy especialmente, imprescindibles para el desarrollo económico nacional.

Ahí está el nudo de la discusión, desde hace rato. La mejoría del ingreso promedio de la población a través de una utilización dinámica de la recaudación tributaria que efectúa el Estado, repercute sobre el comercio y la industria de modo directo. Y si no resuelve todos los problemas es, al menos, el elemento que opera como pilar de cualquier política económica que busque acrecentar el potencial de la nación argentina. Por eso señalamos que volcar ese caudal impositivo sobre la sociedad, no sólo es un derecho de la estructura estatal, sino una obligación.

Se observará que en el párrafo anterior quedan desarticulados varios de los factores presentados por la prensa convencional y las autoridades actuales como valores de una acción económica: el ahorro en las arcas públicas, el combate al “déficit”, la disminución del “gasto”, configuran daños concretos para el trabajador, el comerciante, el empresario. El enfriamiento de la economía destinado –propagandísticamente- a combatir la inflación, sólo origina salarios más bajos, menos ventas y caída en la producción.

LOS MISTERIOS. El desajuste informativo –la justificación de las medidas del gobierno oligárquico- exige una puesta en escena destinada a cargar la romana sobre la gestión anterior. Entonces, sin admitir con números claros que en ese tramo el país se puso de pie, se lanzan frases sin sustento de alto impacto: hay que pagar la fiesta, hay que resolver el desastre que nos dejaron, no podemos vivir por encima de nuestras posibilidades, no podemos gastar más de lo que ingresa. Cada una de esas expresiones y cada uno de sus componentes, configuran errores intencionados.

Como esta es una digresión con intercalado informativo, vamos hacia los datos que se intersectan en el análisis: dentro de los misterios que propone el estudio del ser humano se encuentra la rareza de rechazar enérgicamente medidas, políticas y personas que lo benefician abiertamente y respaldar contracaras que lo hunden en situaciones gravísimas. Ha sido tan visible la mejoría en el nivel de vida de personas que conocemos, con nombre, apellido, rostro y personalidad, que no está nada mal asombrarse por su furia al referirse al período en el cual se registró ese despliegue.

Dentro de las variantes que se suscitan en sociedades variadas y complejas, ni siquiera nos llama la atención el desinterés. Aunque se lo suele criticar con justeza, la pretensión apolítica de tantos ciudadanos proviene de cierto individualismo autocentrado que incluye devaluación personal y falta de recursos para ocupar un lugar protagónico. Será equívoco, pero comprensible. Lo que resulta en verdad alucinante es que el comerciante que estuvo a punto de fundirse –o se fundió- en el último tramo de los 90 y renació con vigor inusitado en el segundo lustro del siglo en curso, repudie visceralmente la gestión que lo elevó.

Nos escurrimos de los análisis sociológicos que enfatizan la conciencia de clase y otros vectores colaterales. Sin dejarlos de lado, presuponemos que la culpa por vivir bien, anclada en lejanos naturalismos sobre la condición de cada persona, y elementos como el boicot ante la perspectiva de “triunfar” guardan vínculo intenso, no admitido y persistente, en la configuración de la personalidad del zonzo. Pues no hay más zonzo que quien ataca su propio interés. Y de eso se trata toda esta historia.

LA VIDA REAL. Resulta claro que esos datos son disparados, potenciados, por una educación de rasgos liberal oligárquicos –en los cuales se fomenta la visión rentística como virtud y se cuestiona el accionar masivo por inculto-, y por medios de comunicación directamente imbricados con esa cultura a partir de intereses económicos de matriz financiera que los llevan a confrontar con el interés nacional, popular, industrial. Si esos dos factores son trascendentes, es válido no cejar en el azoramiento ante el continuo “morder la mano” de quien ofrece alimento.

Semejantes referencias de trazo grueso, pese a su profundidad inocultable, no deberían llevarnos a dejar de lado la experiencia personal: el lector que comparte esta mirada, digamos, peronista, podrá recordar algunos momentos de su existencia quizás reveladores. Por ejemplo: cuando alguien lo benefició, de un modo u otro, su equilibrio mental lo llevó a ser agradecido por reacción simple. Más allá de la orientación política del mecenas. Seguramente no lo desvió de su perfil nacional popular, pero le permitió hacer un paréntesis individual para tender la mano.

El rasgo presente que nos facilita la sana sorpresa de la que hablamos, es la bronca incontenible, el rencor inusitado, el férreo repudio de los beneficiarios de la Década Ganada a todos y cada uno de los que de un modo u otro cooperaron o apoyaron ese camino. Incluidos quienes los ayudaron directamente en su recuperación. Sin trazar líneas maniqueas, nos permitimos preguntar ¿qué clase de personas son estas? ¿Qué hay en la mente de ese vecino que alzó su emprendimiento en base al poder de compra de los morochos de acá a la vuelta? ¿Porqué supone que un plan social es un delito, pero además, se los debe reprimir?

Cierto que todo enlaza con la difusión de aquellos valores. Ese hombre piensa (es pensado), cree, que un plan social es un “gasto” y que si los trabajadores ganan mucho el Estado tiene problemas y le cobrará más impuestos. Ese es el esquema que le sugieren desde los medios falaces asentados en el sentido común. Pero no deja de resultar llamativo que la corroboración de la incidencia del poder de compra de un “cliente” sobre su propia vida, es simple y se contabiliza con el repaso de lo que ocurre día a día.

LA INTERIORIDAD. Allí, la cuestión psicológica –en sentido masivo- ha de tener un peso interesante. Es más prestigioso, más sensato, más razonable, para esas personalidades, que un gobierno exija sacrificios y señale que el empeoramiento de las condiciones sociales puede resultar la base necesaria de una mejoría futura. Entran a tallar viejos asertos escuchados como grandes verdades de familias, barrios y “sabios”: lo que cuesta vale, nada se consigue sin esfuerzo, la vida es un valle de lágrimas; o peor: quién se cree uno que es. Y más: el ahorro es la base de la fortuna.

Esa filosofía disparatada, muy difundida, es entendible en el marco del egoísmo propio de una franja social que niega derechos a la otra. El problema es que muy visiblemente abuelos, padres e hijos han vivido su propio infierno después del 55, del 76, del 95 –el declive- y del 2015. E insisten. No se les puede negar cierto ardor programático. A donde vamos: ya no hacemos referencia a la bronca por el saco nuevo del laburante de al lado, sino al respaldo potente para quienes los hunden una y otra vez sin remedio y les dicen que eso está bien. Y el simultáneo odio feroz a quienes les favorecieron con acciones prácticas registrables a simple vista.

Esta irrupción de la psicología no busca utilizar herramientas específicas de los profesionales del área. Es el intento de comprensión social, adentrándonos en el pensamiento de todo un sector social, para diagnosticar una situación política. Y en esa dirección, hallamos un anverso relacionado. Porque mientras estimamos que el rechazo a las políticas y los hombres que los benefician implican boicot y autodevaluación, la presentación pública de los argumentos empeora las cosas al hacerlos bordear el ridículo.

Por un lado, estas personas repiten las consignas huecas antedichas. Por otro, dan lata con una honradez que no aplican en su vida privada (cuando pueden evadir, lo hacen; cuando pueden cobrar de más, lo hacen; cuando se les requiere solidaridad, se escudan en la crisis). Pero sobre todo, en los años de mejor nivel de vida promedio de nuestra historia (2011 – 2015 aproximadamente) se quejaron con amargura de sus situaciones, como si merecieran algo especial por virtudes difíciles de hallar. El boicot se unió a la exigencia.

EL NIVEL DE VIDA. Por entonces publicamos un texto titulado “¿Qué cree merecer cada opositor?” en el cual indicábamos sin falsedad alguna que las capas medias argentinas poseían, debido al desarrollo nacional con expansión popular de una política industrial, una calidad de vida superior a la de sus pares en el resto del planeta. En ese período tuvieron beneficios de confort, transporte, servicios, consumo, educación, salud, cultura, incomparables con el resto de América latina, superiores al promedio norteamericano y un escalón por encima de los registros europeos, con alguna excepción.

Dimos un ejemplo gráfico, entre otros: el propietario cierra su próspero negocio en una noche serena, sube a su camioneta elegante, se dirige a su lindo departamento. Llega, enciende el aire acondicionado, descorcha un buen vino y dice con angustia “en este país no se puede vivir”. Para fundamentar esa tontería se refiere a los avisos sociales insertos en Fútbol para Todos, a las cadenas nacionales con anuncios económicos progresivos, a las “noticias” sobre inseguridad, a un corte de calles que lo demoró unos minutos.

Ese señor que pocos años antes había juntado las monedas para pagar lo esencial, en el tramo indicado vivió mejor que varias destacadas figuras de la cultura europea. No lo admite -¡no lo disfruta! (atenti)- y se lamenta como si mereciera una distinción singular, más destacada que un científico, un obrero especializado o un artista de fuste. Dentro de la errónea imagen del self made man se comprendería un egoísmo asentado en “esto lo logré yo”. Pero no es eso lo que sucede: el involucrado (que encarna realmente a cientos de miles) no goza del bienestar, no lo valora, se queja y para colmo insulta a viva voz al gobierno que lo apoyó para alcanzar una situación privilegiada.

Porque (digámoslo para situar pues hasta los propios terminan sin observarlo con nitidez): un empresario, comerciante o profesional cualunque de nuestro país ha tenido en el último tramo del peronismo kirchnerista un nivel de vida superior al de todos esos arquetipos citados, y muchos más. Vale conocer algunas figuras relevantes de la cultura en el orden internacional para comparar sus realidades particulares y evaluar cómo, tras vidas destinadas a creaciones extraordinarias, poseen un confort apenas semejante al alcanzado en nuestro país por mediocres sin relevancia. ¿Suena duro? Lo es. ¿Suena injusto? No. No es injusto mencionarlo porque, aunque esa realidad haya favorecido de hecho al mercado interno, lo que ofende es la protesta ante el beneficio.

Vale la precisión. Por años muchos colegas se han roto la cabeza averiguando “cómo llegar” a esa gente para explicar el panorama. Está bien; es lo que cabe hacer ya que de la resolución conciente del accionar de esa franja social depende en parte el destino de todos. Pero lo que señalamos en estas líneas necesitaba ser dicho. En el andar vital del lector el sentido surge con naturalidad: ¡cómo confundir el estar mejor con el estar peor! Si tenemos unos pesos en el bolsillo, los tenemos; y si no, no. Es decir, estamos ante hechos contundentes que se corroboran de modo práctico en todo momento. Ahora, cuando a tantos involucrados en este análisis les cuesta pagar la factura de la luz y las expensas, se tendrá que admitir que no era tan enrevesado aprehender las reales condiciones de vida en el repudiado tramo nacional, popular e industrial.

LA FILOSOFÍA. Por supuesto que en un arrebato filosófico es pertinente preguntarse qué necesita el ser humano para ser feliz. Está bien hacerlo y la respuesta, lo sabemos, es borrosa. Cada persona es un mundo, cada una tiene aspiraciones diferenciadas. Desde espacios profundos nos han precisado que no es lo mismo construir una opinión pública de consumidores que una de trabajadores. Todos estos son factores importantes a considerar sin olvidar que el esquema planetario se reduce a la pugna entre capital financiero y capital productivo, renta o trabajo; no emerge como opción una sociedad netamente distinta que en poco tiempo logre relevar a las variantes señaladas.

Pero aún allí hay que evitar ser condescendiente y quitar el cuchillo del abdomen del zonzo. Una cosa es la insatisfacción que acompaña su actitud ante la vida y otra, específicamente, es enojarse con quienes, al menos, abren una puerta. El absurdo vituperio al peronismo, al kirchnerismo, a los sindicatos, a las organizaciones sociales, no puede justificarse por la ausencia de metas personales o ciertas dificultades para plasmar objetivos trascendentes. Una cosa es cargar las culpas del fracaso personal a “los demás” (algo enfermo, pero muy “humano”) y otra arrojarlas sobre la zona política que realiza aportes para superar los problemas. ¿Acaso los deja en evidencia?

Estaríamos ingresando a una región mental muy tortuosa, pero existente. Es posible que muchos tenaces “contreras” hayan percibido que la Década en cuestión se escurrió ante sus narices sin que la usufructuaran debidamente. Mientras miles de pibes y pibas de las clases populares se zambulleron en las nuevas universidades y los centros de formación, los hijos de los zonzos, beneficiarios de un nivel económico que evaluaron natural, boludearon sin asomarse a horizontes distintos a los del promedio familiar. Los descendientes de la oligarquía siguieron la tradición en sus centros de estudios y sus distinguidos entretenimientos de fin de semana. El medio pelo ha sentido envidia en ambas direcciones, pero la evidencia sólo en una.

La intoxicación conceptual viene de mucho tiempo atrás. Ha sido detectada y señalada por el pensamiento nacional con detenimiento y actualizaciones periódicas. En el tramo más reciente, algunas puntas sirven como referencia. Recordamos a Mariano Grondona, que brindó una fórmula atractiva para parecer inteligente a la hora de hablar de actualidad: cuando sucede algo malo con un gobierno nacional popular industrial al frente del Estado, es culpa del gobierno; cuando sucede algo con un gobierno liberal oligárquico en esa situación, es culpa de todos. Los argentinos somos así y es preciso repartir las responsabilidades.

En otra sintonía situamos a Bernardo Neustadt y Jorge Lanata: los argumentos cambian día a día según la indicación empresarial. A diferencia del anterior, estos dos han saltado de posición en posición debido a los acuerdos alcanzados comercialmente. Pero siempre el mejor postor está en contra del pueblo argentino, así que sus análisis y denuncias se han encuadrado en ese perfil. Los editorialistas de La Nación orientan el andar de las radios que hostigan los oídos tempraneros traduciendo sus ensayos en aforismos breves que se reiteran hasta el cansancio. Cuando todo flaquea porque la crisis es inocultable, se arranca de nuevo con la corrupción y los pánfilos rebotan informes sobre el daño causado al país por quienes en verdad lo han beneficiado.

LA VERDAD. Pero es muy curioso observar, ante el presente plan de ajuste, enfriamiento de la economía y destrucción industrial, los discursos del oficialismo y sus difusores. Se han vuelto hippies. Señalan que el consumo no es la solución, que los argentinos han consumido mucho en el tramo anterior y que ahora deben ahorrar para estar mejor. Lo curioso es que esto surge de las fuerzas que componen Cambiemos y los medios que las respaldan: quienes venían a evitar la conversión nacional en una Venezuela socialista y a insertar al país en el muy capitalista mundo global, activan con energía la desarticulación del aparato productivo industrial y la base del mismo: la adquisición por parte de la ciudadanía de bienes de consumo. ¿Entonces?

Lo que está detrás de todo esto es el intento de trasladar los recursos del conjunto de la economía productiva argentina hacia la zona rentística y de servicios ligada al capital financiero transnacional. Es eso y no otra cosa. En ese camino no hay lugar para trabajadores, pero tampoco para las regiones sociales intermedias que se pretenden muy distintas de los mismos. Este gran país, que ha generado una cultura apreciable y un know how técnico científico sorprendente, con picos que llegaron al espacio, así como un mercado potente y creativo, está siendo reducido a un lugar miserable y vaciado. Autodenigrado.

Frente a esto, resulta preciso señalar que es mejor crecer que decrecer; sueldos altos que sueldos bajos; más producción que menos; vivir mejor que vivir peor.

El que no entienda ese sencillo hilván de frases podrá deambular por esta tierra creyéndose vivo. Pero no lo estará en sentido profundo; tampoco lo será, en la acepción liviana de uso corriente.

 

  • Director La Señal Medios / Sindical Federal / Area Periodística Radio Gráfica.

 

 

 

 

 

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