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lunes , septiembre 24 2018
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AGUJERO NEGRO / El viento y la industria

Por GABRIEL FERNÁNDEZ *

 

En el interior del hipermercado se sentía algo de sofocación. Poca circulación del aire, quizás. Al salir, el viento decía lo suyo: lo decía con peligrosidad inesperada, pues lanzaba en dirección indeterminada tickets, volantes promocionales y –lo más grave-, esos vueltos que se ponen arrollados en bolsillos externos.

Al recorrer una vereda que se limpiaba y se volvía a ensuciar por los remolinos, pensábamos con curiosidad no exenta de indignación que los diarios que habíamos leído más temprano pretendían una paulatina vuelta a la calma en los mercados porque el dólar bajó un estrecho margen, luego de haberse licuado las reservas nacionales con fervor.

La palabra curiosidad merece una explicación –la otra no, claro-: pasa que se identifica la ostensible hiperinflación con la calma. Ni siquiera se habla, conservadoramente, de inflación. Pero tras las crecientes de la divisa verde, encabalgadas con el alza de los combustibles, los precios se dispararon y por estas horas arrasan el consumo como la ventisca mencionada.

Sin embargo, con el objetivo de imaginar un buen futuro a toda costa, repasamos el desarrollo de la producción nacional para ver si, al menos, ese absurdo encarecimiento de la cotidianeidad podía ligarse a la mejoría laboral, a la inversión interna o a cierta rentabilidad que involucrara firmas pequeñas o medianas con el rostro vuelto hacia los factores locales.

Duro aunque previsible fue comprobar que no detectamos la existencia de un solo elemento fabricado tierra adentro. Repasemos con precisión: teclados, auriculares –y bueno…-, pelotas de fútbol con el escudo de la AFA, cubiertos y fuentes para la cocina, frazadas, sábanas, ¡pañuelos!. Sillas. Y toda la producción plástica, que había dinamizado la industria juguetera local. Aún más, pero para qué seguir.

Todo todo elaborado en tres orígenes básicos: India –más de lo esperado-, China y Pakistán. Buscamos entre los pequeños adornos caseros, nos esperanzamos al avizorar pantallas y cables, tratamos de creer al mirar las toallas y las alfombras. Pero no. Caro, pero extranjero. Sin técnica económica alguna intentamos evaluar cuántos productos de esos, en su mayoría pequeños, calzaban en un container de los tantos que ingresan a estas playas.

Andando, siempre entornados por vientos cruzados, recordamos (con imagen incluida) aquella propaganda: “Si me mandan al banco, voy contento, porque dan el 24 por ciento”. Con esa tasa José Alfredo Martínez de Hoz desestructuró una parte de la industria local. Hoy, con tal referencia en el 60, combinada con la ausencia de cualquier protección, el hundimiento es parte de una ecuación matemática sencilla.

Está terminando todo, pero al retornar volvemos a observar las portadas y siguen hablando de una vuelta a la normalidad, de una cotización equilibrada, de un 2020 (¿?¡¡¿?) promisorio. Cabe preparar el mate y mirar hacia fuera: la gente pasa y pasa siempre tan igual.

Porque si bien es cierto que el gesto preocupado comanda el ánimo, también lo es que muchos de esos mismos transeúntes se sentían amargados cuando en los entretiempos de Futbol para Todos emergían los anuncios sobre desarrollo en salud, la entrega de computadoras para los pibes, el armado de cooperativas, las iniciativas tecnológicas de punta.

No es cierto que ahora estén más enojados que antes. Están igual de enojados, como si las situaciones fueran comparables. Dentro de ese casi 70 por ciento que rechaza el plan económico oficial, porque siente en carne propia la creciente perturbadora de los precios al consumidor, hay mucho por hacer, para ayudar a entender.

Desde que asumió el gobierno oligárquico, entre diciembre de 2015 y abril de este año, el sector industrial registró la caída de 73.800 puestos de trabajo. Por ahora, con afán de morigerar el malestar, se difunden las bajas interanuales, como si el 2017 hubiera sido un gran periodo. Pero esos datos no evidencian la realidad. Hoy, producir algo en la Argentina no es rentable. Es decir, no es posible.

Todo el espacio productivo nacional está siendo transferido a la renta y a las firmas de servicios vinculadas con el mismo gobierno. El agujero negro se reproduce a sí mismo y se impulsa con más y más velocidad, absorbiendo lo que fue una zona dinámica de la vida en esta parte del planeta poco tiempo atrás. El viento arrasa hasta con los vueltos.

Percibirá lector que en estas líneas ni nos hemos preguntado cómo vamos a hacer para pagar la deuda contraída por la gestión en curso.

El debate sobre si Cambiemos debe irse o no, se nos antoja bizantino.

 

• Director La Señal Medios / Sindical Federal / Area Periodística Radio Gráfica.

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