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domingo , octubre 21 2018
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De Baku a Istanbul

Unos tipos se estaban peleando frente a la ventanilla de una oficina de cambio de divisas en el aeropuerto de Baku. Uno empujó a otro y de atrás alguien le pegó una piña en la espalda. Yo quedé en el medio de todos ellos tratando de pasar para poder ir al baño.  No se cómo, sin pensarlo, les pegué un grito y la escena quedó congelada. Tal vez fue porque les grité en inglés y, como muchos sabemos, el inglés es un idioma que tiene un efecto hipnótico en ciertas personas.  La cuestión fue que no solo me dejaron pasar sino que se calmaron y me pidieron disculpas dejandome entrever un rapto de vergüenza por su parte:  “Sorry, madam”.

Me acordé de un libro que lei de adolescente, me sentí identificada con el anti-heroe que se clavaba una jeringa de opio en la cima del Himalaya.

Unas horas más tarde, subí al avión que me llevó a Istanbul. Me senté del lado del pasillo. A mi costado, sobre el pasillo también, estaba sentado “el vecino”. Un hombre de esos que se creen que porque usan el último perfume de autor muy conocido, tienen el derecho de impregnar con olor nauseabundo todo el espacio. Ni bien se sentó, empezó a hacer ruidos con el teléfono movil, no se qué era lo que estaba haciendo pero el ruido era tan fuerte que retumbaba en mis oidos. Obviamente, por razones de buena convivencia, no le dije nada.

Gamar, la azafata, me dio una tohallita para limpiarme las manos. El calor era tan insoportable que la usé no solo para las manos sino también para pasármela por la cara. Tenía la impresion de estar afiebrada porque los ojos me ardian mucho y la frente estaba hirviendo pero era solo una sensación porque por fuera estaba fría. “El vecino” miraba todos mis movimientos con curiosidad. Quería saber qué era lo que me había dado esa mujer. Yo le clavé la mirada y el tipo se quedó quietito en su asiento enfocando su cabeza para el otro lado.
Había empezado a intuir que entre el olor fuerte de su perfume, los ruidos molestos y sus miradas inquisidoras, era uno de los “insufribles” de siempre.

Delante de mi asiento estaba la revista de la linea aerea. El Dalai Lama daba la bienvenida a los que llegaban a visitarlo; una pareja miraba desde una terraza de hotel las paradisiacas vistas de la isla de Capri; un masajista negro amasijaba los musculos de un blanco tirado a orillas del mar disfrutando de los placeres de la vida.

El cansancio empezó a hacer estragos en mis pies que se hincharon como los pies de un elefante, retención de liquido, embolia, trombosis, altura, la cabeza también había empezado a maquinar creando necesidades de nombres que no tenía.

Bajé la mesita que se usa para poner la comida, abrí la computadora y  traté de escribir  pero no había forma de que apareciera ni una sola idea. “El vecino” estiró el cuello para ver en qué idioma estaba poniendo algunas palabras en la página blanca.  “No me digas que hablas en castellano? Espero que no”.

Saqué de una caja redonda un chicle de limón,  que se transformó en un suave gusto a menta para terminar siendo una bola pesada para los maxilares, que hacían una fuerza enorme para mover a esa bola pegajosa. Mi boca parecía una máquina manual de cacografía intentando convertirse en una impresora 3D.

Cerré los ojos nuevamente intentando concentrarme solamente en la respiración pero ni bien los abrí vi  que el azafato estaba repartiendo comidas y bebidas en los asientos de adelante del mio.  Había empezado la repartición por el lado izquierdo, eso significaba que ni bien terminase con ellos , me tocaría a mi.
Al llegar a mi asiento y ya a punto de darme la bandeja, “el vecino” le habló en un idioma compartido por ambos y le pidió una bandeja de un color diferente.  El azafato, un tanto perturbado por haber tenido que cambiar el orden sistematico de su entrega, le dio una bandeja de color rojo, entregándonos a los demás una de color plateado.
Alcancé a preguntarle qué tenía la bandeja roja pero me respondió que no era para todos y no me dijo nada más.

De lo que me trajo, que todavía no se ni qué era, solo comí un pan con manteca e intenté volver a dormir;  pero cuando lo estaba logrando, apareció el azafato repartiendo té y café. “El vecino” volvió a interceptarlo y se hizo servir té en un vaso grande, asi que cuando me tocó el turno ya no quedaba nada. Tuve que esperar diez minutos para que me diera uno recién hecho.

Faltaba menos de media hora para llegar a Istanbul, ya no podía dormir, no había mucho tiempo. Mas o menos, cuando  nos quedaban diez minutos para el aterrizaje, el piloto atravesó las nubes con el aeroplano haciendo que mi estomago se sacudiese como si me estuviera tirando desde un tobogan gigante hacia una pileta completamente vacía.
“El vecino” me sonrió contento, tal vez había notado algo malo en mi cara.

Ni bien aterrizamos, me levanté del asiento.  Ya no podía estar sentada un rato más. Mis pies eran, a esa altura, dos bolas gigantes. Hice ejercicios para  deshincharlos durante el trayecto, pero no sirvió de mucho.
Solo llevaba mi cartera conmigo asi que no tenía que hacer nada más que intentar llegar a la puerta para poder bajar, pero algo me lo impidió. Mejor dicho, alguien me lo impidió. “El vecino”, en donde no cabía ni un alfiler, empujando a modo de pieza de juego de encastre se metio entre la mujer que estaba adelante de mi y yo. Tanto empujó que al final lo logró pero, como no le bastaba con eso, empezo a ofrecer ayuda a todo el mundo para bajarles las valijas y los bártulos que habían puesto arriba de cada asiento. Por la posición en que nos encontrábamos era muy factible que me tirase con algo de todo eso por la cabeza. Logré esquivarlo, empujándolo como pude, y salí.

Cuando logré dejarlo atrás, me senti  como el corcho de una botella de champagne que sale disparado hacia el Universo.

 

  • Escritora argentina radicada en Malta.

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