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miércoles , septiembre 26 2018
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TEATRO / Esperando al zurdo

Por ALEJANDRO TARRUELLA *

 

Hay que hacer danzar a catorce actores sobre un escenario. Sobre todo para remontarse a Nueva York 1935, pleno primer gobierno de Franklin Delano Roosevelt bajo la política del New Deal, para contar dramatúrgicamente una historia. En una pincelada, el director –en este caso el experimentado Hugo Álvarez- convoca a un público que habitualmente llena la sala, en el clima de un tiempo singular.

El dramaturgo norteamericano Clifford Odets, hombre surgido del Bronx, con actitud política, vinculado a las corrientes que eran identificadas como arte proletario en años previos a la segunda guerra europea llamada mundial, la escribió por esos días, con espíritu de época. Álvarez y su equipologran desde un principio un clima, un lenguaje y un movimiento que alcanza de un golpe la complicidad del público. La escenografía y los actores se mueven como inevitables hijos de la crisis que se inició el 29 de septiembre de 1929 y llevó a la etapa social con fuerte representación gremial y política.

La desocupación, el cruce inmigratorio, y la vivacidad de las calles en la crisis presente en el arte de la época, rondan la puesta. Los taxistas viven entonces, una crisis de representación que da lugar a una expresión de izquierda que es reprimida por la burocracia de los gremios. La central de los taxistas es el escenario de los debates. La irrupción del zurdo Costello, candidato de la izquierda, pone en cuestión a la administración corrupta del sindicato y dispara situaciones de singular dramatismo que se proyectan a la vida cotidiana de los taxistas.

Los episodios individuales logran una tensión particular y emparentan los tiempos históricos. La falta de trabajo, el riesgo de su pérdida, las carencias económicas, la vida interior de un matrimonio o el drama de una mujer o un hombre comunes, sensibilizan con la fuerza del arte desplegadoen escena;una historia anudada en otras y ramificada como la vida de los seres.

En la crisis, la lenta labor de organizar a los trabajadores navega en las tensiones y abre el juego a las escenas que hacen de síntesis inductiva, un espacio invisible que lleva a nuevos sucesos mientras en el fondo, el dirigente que piden los taxistas, el zurdo Costello, más avanzado políticamente, no aparece. Está y no está como una metáfora del tiempo que pugna por nacer y es resistido. Ese es el corazón de la propuesta. Una suerte de Esperando a Godot en clave histórico política, sin otros absurdos que la misma secuencia de las indiferencias y las diferencias.

Los matones sindicales resultan entonces un subproducto del conflicto, bajo la mirada rectora del secretario general del gremio, que instala con otros gremialistas un debate en el que se ve involucrado el público. Algunos sindicalistas, incluso, se expresan desde las gradas donde están los espectadores como si toda expresión dramática fuese una consecuencia de una acción común que supera la estrechez del escenario. O acaso esa suerte de provocación pretende hacer sentir al espectador no ya como un asistente lejano, observador, para convertirlo en un actor cuya voz se siente en los aplausos a algunos oradores o en el final, cuando se canta a coro.

El tiempo es un dato particular de “Esperando al zurdo” porque desde la mirada del autor, que es en presente la del director, y lo que logra con las actuaciones, se interpela a una época cuyas miserias resultan semejantes de otras que se replican en la actualidad. Lo semejante es parte de la argamasa que une a los días que se resisten a desaparecer, y que se expresa en una revisión de la vida de los hombres y el arte.Reparar en ellos conlleva en parte el riesgo que se asume a la hora de una puesta teatral.No solo importa entonces lo que haya sucedido en aquellos días, sino también lo que acontece en el instante mismo en el que los actores ruedan sobre los maderos de una escena. Allí se apropian impiadosamente de una historia, sin transigir,y buscan una repuesta abierta que solo cierra cuando el espectador dice lo suyo en un final que, en este caso, resulta ser la emoción, el reconocimiento de haber llegado a una realidad que suele parecerse a una certeza.

El conflicto recrudece en los debates, cruzado en las instancias de la vida íntima de los protagonistas, en el hecho de hallar que uno de los sindicalistas rebeldes, es hermano de uno de los matones que representa a la estructura mafiosa del viejo gremio de los taxistas.Esto sucede al tiempo que los trabajadores carecen de ingresos en esos días, lo que afecta en profundo a sus familias. Ellos sostienen la esperanza, que la resumen en el Zurdo Costello quientarda en llegar. El boicot de los sindicalistas de la matonería y la burocracia, es la negación de la esperanza, algo que irrumpe como lo insoportable.

Gustavo Bonfigli, actor de reconocida trayectoria, es Joe Mitchell, taxista que va a la huelga y vive lo dramático del reclamo de su esposa, Tina Ottaviano (que cubre el rol de novia de Peter, Emiliano Boidi, otro actor de relevancia), que conmueve hasta las lágrimas a los espectadores que ancla en la vida cotidiana con singular filo. Su participación en el debate es profunda y conmueve.

El Tuerto Keller en la piel deLeonardo Odierna, es el trabajador que no retrocede y su palabra hiere la indiferencia.Belén Driolet, dueña de una voz sugerente, integra lo que parece ser el Ejército de Salvación,y vale en la propuesta de Álvarez para el trazo de época.El cirujano Benjamín que amanece taxista por sus convicciones, es el sólido Pablo Faletti, actor de raza, de actuación permanente que pone su estatura de creación para proyectar la propuesta.

Julio Pallero, el infiltrado, Luis Marangon, doctor Barnes, Héctor La Porta, el taxista que se expresa en la platea y en el escenario, Lisandro Berenguer, Miller, son parte de un logro.El director Hugo Álvarez compone también a un sólido doctor Lafayette, apellido que alude al revolucionario francés, el marquéz de Lafayette,general del ejército revolucionario que participó del movimiento que alcanzó el 4 de Julio de 1776, y general del movimiento que alcanzó la Revolución Francesa en 1789, cuando participó en la escritura de Los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

Corrientes Azul (Corrientes 5965, sábados 21 hs.), el espacio teatral, parece haber sido diseñado por Álvarez que empleó con rigor artísticos el escenario, los desniveles, el lugar destinado al público para desplazar la historia en un corredor que le permitió en particular, alcanzar momentos dramáticos plenos. El cierre mismo, cuando se produce el desenlace inesperado y la canción común, alcanza potencia en la trama del lugar en el que se plantea la obra.

El vestuario, de Paula Molina, es impecable a los efectos de determinar una época y desplazar los escénico al lugar indescriptible de una emoción que sea a su vez, un encuentro. La reacción final del público, habitualmente de pie, unido en aplausos expresivos, no deja duda de que lo planteado en la obra obtiene sus frutos porque en ese instante, todo lo contado dramatúrgicamente es presente ineludible. Y eso no tiene precio en el canto inequívoco de las épocas.

 

  • Periodista y escritor / IN / La Señal Medios

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