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lunes , junio 25 2018
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A SANGRE FRÍA / ¿Periodismo de Tercera Posición?

Por GUSTAVO RAMÍREZ *

 

“La gente no se rebela cuando “las cosas están realmente mal”, sino cuando sus expectativas se ven defraudadas”

Slavoj Zizek

 

I

Gran parte del staf periodístico de los medios tradicionales y monetarizados se puede representar en la figura de Igantius Really. Ese entrañable y opaco personaje de la Conjura de los Necios.

Aun así, más allá de la cínica ironía, el periodista está en crisis. Y su problema es ontológico. El capitalismo tardío lo ha puesto en el centro de la escena y esa exposición funcional borró su identidad política. El devenir histórico del rol social de la profesión suprimió la topografía identitaria y situó al periodista en el no lugar de la información.

El posmodernismo asentó la apropiación del capital sobre la cultura y el neoliberalismo modificó la biografía del Amo convencional. Paradójicamente el periodismo se convirtió en un producto de la industria cultural y a su vez objeto de consumo, del mismo modo que personificó una nueva figura de Amo. En ese agujero de gusano el periodista, sujeto al dispositivo comercial como valor de intercambio, cedió ante el dominio del SuperYo, sinónimo del empresario del Yo en el esquema neoliberal.

En su derrotero existencial Ignatius Really no buscaba la verdad. ¿Por qué perder el tiempo en significantes vacíos para el capitalismo tardío? Lo que el personaje de Toole ansiaba era su bienestar aun a costa de romper los preceptos éticos de su entorno social. El individualismo irritante del paroxismo neoliberal. La reformulación esquizofrénica de la deontología periodística.

¿Es el periodista, mass media, un outsider de la profesión? ¿Puede, en su condición de empresario del Yo, violentar su subjetividad en relación con la verdad? No obstante, la verdad mediatizada no es en sí mismo un producto, también, ¿de la industria cultural?

II

 


“El orgasmo es un paroxismo; la desesperación, otro. El primero dura un instante; el segundo una vida”.

Cioran

 

                En cierto sentido el periodista “popular” es un periodista schopenhaueriano. Claro que no en el estricto sentido nihilista del término, ni el sometimiento al deseo de su voluntad. Más bien en la expresión nostálgica, emocional, del sentido de pertenencia al “pueblo”. Un “pueblo” que en la distinción discursiva es reconocido como una experiencia sincrética de lo social al mismo tiempo que se referencia en un concepto distópico.

Vale aclarar que la connotación periodista “popular” no es general. Sólo sirve como apunte descriptivo del análisis. El término es diferencial en la medida que cimenta identidad, la misma no es una individuación sino una colectivización. Allí la verdad emerge como un componente estructural de las nociones cognitivas. Pero a su vez es una meta, que paradójicamente, se construye.

No obstante ¿no es ese periodista una construcción social? El campo popular puede definir sus propios mitos socializantes y desde allí dar por sentada la “verdad”. Pero en el marco capitalista la verdad puede ser transformada en un objeto de deseo, lo que nos lleva a determinar un absoluto, que, como tal resulta ser patológico.

Esa construcción social- mitificada- puede dar cuenta de su propia noción estética en el universo comunicacional. Una validación de la razón militante. Allí es donde emerge el problema. Dado que la militancia implica, como racionalidad estética, el sacrificio permanente en pro del bien común. ¿No se esfuma, entonces, una vez más la identidad del periodista como tal? Esta perspectiva militante comprime la subjetividad periodística en el lodo ideológico aun cuando se presuma como hecho político.

La mística militante da por sentado el sentido de pertenencia y por ende reafirma la idea de identidad colectiva. Pero al ser un valor estético de la ideología restringe la expresión de la individuación natural del sujeto.  Esa caverna platónica, donde se plaga la sobreactuación del sacrifico social como absoluto predeterminado por el colectivo de pertenencia, esta inmersa en el cúmulo productivo del neoliberalismo. Cae en sus trampas.

Tal vez la comunicación popular debería ser útil a la razón política para liberar las fuerzas productivas que contiene. Pero no hay seguridad de que ello suceda. La romantización del modelo de socialización periodística y comunicacional reprime la liberación de dichas potencias, en términos económicos. De hecho, hay cierta idealización de la elaboración artesanal de lo informativo.

 

III

“Siempre es importante actuar como loco en primer lugar, porque siempre se puede parecer normal después”.

Hunter Thompson

 

Tweet de un amigo, @buensalvaje: “Madame Bovary es la boluda que se termina suicidando por estar hasta el cuello de deudas”. Por muy loco que parezca esta frase es muy arlteana.

¿Roberto Arlt no era un periodista “popular”? ¿Cuál es el significante de “popular” para el periodista? Es insalvable, por momentos, que la expresión histórica colisione con la dialéctica del devenir social.

La estética de la comunicación popular engendró su propio manual de estilo como característica de independencia. A ello se le añade la vocación por la agenda propia. Sin embargo, constantemente esa estética busca su opuesto en el marco del sistema. Y aquí hay cierto infantilismo de observación. La puja por la construcción de sentido puede ser referenciada en dicha independencia, pero no deambula por afuera del sistema. La relevancia de la comunicación popular radica en ser, precisamente, parte del mismo y combatir desde allí la estructura imperativa.

No siempre es fácil escapar de la trampa. La imposición de la agenda mediática por parte empresas comunicacionales es una puja por la construcción de sentido, es un batalla política y cultural. Sin embargo, los periodistas “populares” (insistimos que el término no hace referencia a la generalización, sino a la descripción) pocas veces escapan a tentación de consumir dicha agenda. Allí gana, una vez más, el neoliberalismo, como sistema, al ganar terreno sobre el territorio de la subjetividad del emisor.  Y pone en duda esa identidad fortificada en el sacrificio militante. Porque dicha identidad tiene que ser constantemente verificada en contraposición a la negatividad del medio monetarizado que le da sentido de Ser.

El sacrificio militante demanda una narración épica. La romantización neurótica de la militancia periodística puede generar demasiados Madame Bovary. Es obvio, el periodista, de cualquier índole, tiene que comer. Mierda, y sobre todo en tiempo de crisis.

¿Ha podido el periodismo de la comunicación popular romper, más que el cerco mediático, el sentido común de la sociedad esquizofrénica?, y en el mismo sentido ¿pudo saltar la barrera temporal que lo sitúa en el presente que parece siempre no deseado?

La comunicación popular tiene grandes triunfos, que curiosamente no se validan en la mística militante, sino en la profesionalidad de sus periodistas. Lo cual quiere decir que existe un quiebre cultural con la idea tradicional de periodismo. Por momentos esa noción se pierde en la vorágine de apreciaciones estériles y quijotescas.

Entonces, ¿es posible pensar un periodismo de tercera posición?

 

* AGN Prensa Sindical / La Señal Medios

 

 

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