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TOM WOLFE / Periodismo, igual que una novela

Por ALEJANDRO TARRUELLA *

 

En “The New Journalism”, 1977, Wolfe elaboró parte de su pensamiento encarnado en su idea del Nuevo Periodismo que había incorporado nuevos conceptos a la profesión, vinculando los contenidos estrictos del periodismo a la literatura. En verdad, se trataba de un entramado en lo posible a través de una interpretación y ejecución artísticas. Describir, estar en campo, observar hasta el detalle sin desconocer la sensibilidad de los hechos, eran parte de la apuesta de Wolfe. Norman Mailer había sido uno de los escritores de The New Journalism que había compartido los espacios con Wolfe sin que ello significara que entre ellos existía un sentimiento en común que los llevara a compartir caminos semejantes.

En “El juego del reportaje”, publicado aquel año, Wolfe escribía aludiendo a un periodista que alucinaba convertirse en los años de 1950 en un novelista: “La Novela no era una simple forma literaria. Era un fenómeno psicológico. Era una fiebre cerebral. Figuraba en el glosario de Introducción General al Psicoanálisis, por algún sitio entre Narcisismo y Obsesiones Neuróticas. En 1969 Seymour Krim escribió para Playboy una extraña confesión que empezaba así: «La novela realista norteamericana de mitad a final de los años treinta literalmente me creó, conformó, talló y me proporcionó un mundo con un objetivo. Desde los catorce a los diecisiete años me atiborré de obras de Tom Wolfe (empezando con Of Time and the River, entusiasmándome con Ángel y manteniendo el ritmo hasta el pasmoso final de Big Tom), Ernest Hemingway, William Faulkner, James T. Farrell, John Steinbeck,John O’Hara, James Cain, Richard Wright, John Dos Passos, Erskine Caldwell, Jerome Weidman y William Saroyan, y los latidos de mi corazón me hicieron comprender que quería ser novelista. » El artículo se convertía en una confesión, porque Krim empezaba por admitir que la idea de ser novelista había sido la irresistible pasión de su vida, su llamada espiritual, en fin, el motor que había mantenido el tictac de su ego a través de las desdichadas humillaciones sufridas por su flamante condición de hombre, para luego enfrentarse con el hecho de que ahora, ya cuarentón, aún no había escrito una novela y era más que probable que jamás la escribiría. Personalmente me fascinó el artículo, pero no comprendía por qué Playboy lo había publicado, a menos que se tratara de los 10 c.c. mensuales de penicilina literaria de la revista… para mantener a raya a gonococos y espiroquetas… No podía imaginar que nadie que no fuese escritor se sintiera interesado por el Complejo de Krim. Ahí, sin embargo, es donde me equivocaba”.

Luego apuntalaba su búsqueda de Nuevo Periodismo expresando que “Hacia los años cincuenta La Novela se había convertido en un torneo de amplitud nacional. Existía la mágica suposición de que el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 significaba el amanecer de una nueva edad de oro en la Novela Norteamericana, comparable a la era Hemingway-Dos Passos-Fitzgerald que siguió a la Primera GuerraMundial. Existía incluso una especie de Club Olímpico donde los nuevos niños prodigio se encontraban cara a cara todos los domingos por la tarde en Nueva York, por ejemplo, la White Horse Tavern en Hudson Street… ¡Ah! ¡Ahí está Jones! ¡Ahí está Mailer! ¡Ahí está Styron! ¡Ahí está Baldwin! ¡Ahí está Willingham! ¡En carne y hueso… precisamente aquí en esta sala! El escenario estaba estrictamente reservado a los novelistas, gente que escribía novelas, y gente que rendía pleitesía a La Novela”. “El caso es que al comenzar los años sesenta –hallaba de pronto Wolfe- un nuevo y curioso concepto, lo bastante vivo como para inflamar los egos, había empezado a invadir los diminutos confines de la esfera profesional del reportaje. Este descubrimiento, modesto al principio, humilde, de hecho respetuoso, podríamos decir, consistiría en hacer posible un periodismo que… se leyera igual que una novela”. Era el nuevo periodismo, en el que tal vez había encontrado parte de su rumbo cuando Truman Capote hizo conocer el non fiction con “A sangre fría”, aunque lo anticipara sin estridencias Rodolfo Walsh con “Operación masacre”, que preciso décadas para imponer su razón desde el sur profundo de América.

Walsh tuvo mayor convicción en su tarea y la rodeo de un compromiso responsable que lo llevó a la muerte en su convicción militante, y en cambio Wolfe, que atrapó de la novela la fortaleza posible del arte de narrar frente a lo imposible de la realidad que se aloja por fuera de ella, terminó enlodándose en los barros imprevisible de la novela. Cuando escribió por fin, razones de mercado, dentro de lo posible inexplicable que rompía en cierto modo con su percepción de un periodismo atrayente, en su trama de relato que llevaba al escalofrío, no solo obtuvo la resonancia que había logrado en el Nuevo Periodismo, sino que además advino en millonario por las ventas de su novela que llegaría a las pantallas.Nada de eso imaginó cuando desechó la posibilidad de estudiar letras en Washington and Lee, fracasar en el béisbol e ir a dar enredados en la teclas de una máquina de escribir a “The Washington Post”, “Enquirer”, “The New York Herald” y otras publicaciones.

Había ensayado en “El nuevo periodismo”, que en español publicó Anagrama, en 1977, como varias de sus obras,que su eje de acción consistía en recuperar el reportaje, extraerlo de las páginas lastimeras de los periódicos, y sensibilizarlo al máximo, hasta sacudir las entrañas del lector. “El caso es que al comenzar los años 60 un nuevo y curioso concepto, lo bastante vivo como para inflamar los egos, había empezado a invadir los diminutos confines de la esfera profesional del reportaje.

Este descubrimiento, modesto al principio, humilde, de hecho respetuoso, podríamos decir, consistiría en hacer posible un periodismo que… “se leyera igual que una novela”, describió con precisión quirúrgica Y así fue su mundo en más, al que le adosó su singular personalidad y del mismo modo que Hemingway se tomaba fotografías con sus presas del mar en el Caribe, Tom Wolfe se calzaba sus fantasmal traje blanco, le hacía juego con un sombrero y se hacía llevar a los eventos, un segundo traje para sortear imprevistos. Sobre su camino surgieron el notable Hunter S. Thompson (“Miedo y asco en Las Vegas”, “El gran cazador de tiburones”) y otros escritores del Nuevo Periodismo que estremecían y transformaban el género del periodismo. Eran la “banda que escribía torcido”, según la particular visión con que Marc Weingarten, los reinterpretó como Gertrude Stein calificara a Hemingway, Fitzgerald y otros, “la generación perdida”. “La generación torcida”, era una suerte de continuidad en el tiempo de una razón literaria aunque la sostuviese una razón periodística.

Flaco favor de los millones

A lo que tentó Wolfe, el mercado incansable de los Estados Unidos llevó a que en 1990 Brian de Palma se encargara de conducir en el cine, una versión importante de “Hoguera de vanidades a las que llevó a Bruce Willis, Tom Hanks y Melanie Griffith. La escritura resultó mucho más salvaje e innovadora que el cinematógrafo.

Y como si el clima de las ventas sin escrúpulos sacrificara la exposición escénica de las palabras de los innovadores,las novelas que lo arrancaron del camino del Nuevo Periodismo, fueron inferiores a sus libros periodísticos. De ese modo, “Todo un hombre” (1987), “Soy Charlotte Simmons” (2004) y “Bloody Miami, tuvieron críticas que no favorecieron el ego del escritor.“No puedes perder lo que nunca has tenido”, le habría asestado Hunter S. Thompson, sin dilaciones ni piedad.Valía entonces regresar a la lectura de “Lo que hay que tener”, que revalidaba en su relato sobre el inicio de las aventuras espaciales, su concepto abierto y atrayente de un periodismo emparentado con Charles Dickens y tal vez Balzac, con dosis de creatividad y humor sin desdeñar el papel activo, en primera persona, de un narrador desenfadado que se daba a sí mismo el rol de abrir los caminos de la investigación mixturados en el arte. Fue cosmopolita y dandy, una suerte de Lucio V. Mansilla a la norteamericana -tal vez menos jugado que el gran escritor argentino, que supo vivir la guerra en persona-, plantado en otro siglo.

“Hay una ventaja muy grande en tener la impresión – erróneamente o no – de que se tiene una vocación desde pequeño, porque a partir de ese momento empiezas a concentrar todas tus energías hacia ese objetivo”, dijo Wolfea la publicación literaria “The Paris Review”en 1991, ya hombre célebre, lo que alude a sus primeros años y a sus raíces.Nació Tom Kennerly Wolfe en el ámbito racista dela sureña Richmond, Virginia, el 2 de marzo de 1930.

Su padre, vinculado al agro de los farmer, dirigía la revista “El plantador sureño”, y su madre, diseñaba jardines, tuvieron influencia sobre el joven que había de dar forma a las nuevas ideas acerca del periodismo. Wolfe se sumergió en la novela de la posguerra, Hermingway, Dos Passos, Steinbeck, posiblemente el policial negro que admitía siempre la necesidad de la innovación porque sostenía una razón de eficiencia sobre la torpe paz del lector, y así alcanzó a dar forma a una transformación que tiene sus continuadores en todo el mundo aunque el maestro, haya decidido, tal vez de regreso a cierta matriz conservadora de matiz sureña, al lugar desde donde inició su camino de perturbador, la novela.

A su muerte este martes 15 de mayo, los alumnos saben ya que la traición es una de las formas más sutiles de ciertas tradiciones aunque evoquen a sus héroes inalcanzables.

 

  • Periodista y escritor / IN / LSM.

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