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miércoles , septiembre 19 2018
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LLEGAR / Sobre la autenticidad en el periodismo

Por GABRIEL FERNÁNDEZ *

 

Ya casi no hay encuentro, organizado o casual, en el que no surja alguien que plantee una inquietud a modo de interrogante, con dos perfiles imbricados. Dado el interés que parece generar el asunto, voy a decir lo que pienso al respecto, con la intención de resultar sincero; si además acierto, es un tema que se verá.

La pregunta es: ¿cómo hacer para que te lea mucha gente? –versión emitida por colegas- y ¿cómo hacer para llegar a mucha gente? –variante habitual en la militancia popular-. “Llegar” desde hace un buen tiempo, es la obsesión de ambos –periodistas bien ubicados políticamente y militantes que anhelan comunicarse con el conjunto social- ; se ha reforzado, claro, con lo que se denomina blindaje mediático.

Bueno, lamento brindar respuestas que dejan de lado la receta mágica, pero tampoco he de formular apreciaciones destinadas a quedar bien para contentar a los anhelantes (ahí ya tienen una clave). Resulta que el primer paso para realizar eficazmente este trabajo es dejar de preguntarse esas cosas. ¿Por qué? Básicamente porque al forzar la narración, adecuar el lenguaje y forzar el estilo, se pierde autenticidad.

Sin autenticidad, el periodismo es un engaño. Pero no sólo hablo de las mentiras lanzadas por los medios concentrados, sino también –respondo a las preguntas citadas, es decir, soy consciente de su origen- las adecuaciones bienpensantes de quienes adoptan un tono paternalista para “llegar” al zonzo y explicarle con buenos modos que lo es.

Entonces, una vez que nos despojamos de ese ansioso interrogante dual, vamos a lo nuestro: lo que vale es el trabajo bien realizado. La información certera, el equilibrio narrativo, la disminución de todos los adjetivos que resulte posible, el posicionamiento social y regional para la definición del lineamiento editorial… y el análisis a fondo. Esto es: el intento firme de aproximarse a la verdad, guste a quien guste y contente a quien fuere.

Preparo el mate, ordeno la pila de libros que anida en el escritorio y pienso: si voy a defender la autenticidad más vale que sea honesto. Entonces, añado un elemento que necesita convertirse en piedra angular para el periodista: aunque llamamos trabajo a este oficio – profesión, es preciso vivirlo con el placer de los juegos, los juegos en serio. Cuando uno comprende que no puede vivir sin hacer lo que hace, ha encontrado el juego que mejor juega y que más le gusta.

Al conversar con periodistas que cumplen su turno a rajatabla, me doy cuenta que estoy ante alguien que el día menos pensado, frente a una buena oferta económica, se convertirá en administrativo, atenderá un comercio o se dedicará a fabricar termos. Todo eso es igual de digno que el periodismo, pero la dedicación es distinta. La pasión por narrar es equivalente a la que sentimos por el fútbol, o no es.

No se trata de buscar diversión en el quehacer cotidiano. Por eso indico que estamos ante un juego en serio. ¿Quién ríe durante un partido disputado? Es más ¿Hay cotejos que no sean disputados? El que anda paveando en el medio de la cancha (mientras sus compañeros transpiran la camiseta) y dice que juega para divertirse, no está jugando al fútbol: aprovecha el encuentro para entretenerse con amigos en derredor. Bien por él, pero no me interesa tenerlo en el equipo.

Entonces vamos aproximándonos. Nada de hablar para zonzos, que terminan dañando el mensaje, sin escucharlo. Autenticidad y pasión. Menos compulsión por el éxito; más exactitud y más profundidad. Dedicación completa sin esfuerzo. Y lo que debería resultar evidente pero no lo es: leer.

La actividad periodística podría sintetizarse en leer textos ajenos y corregir textos propios. Eso es.

(En el escritorio la cantidad de publicaciones no va en zaga a la de libros. Pero uno guarda, pensando voy a usar este material al referirse a tal o cual cosa). Sigamos.

Cuando alguien dice no tengo tiempo para leer, señala una situación de pleno derecho. Nadie merece que lo obliguen a leer. Pero resulta ostensible que no puede ser periodista. Y que no venga con que los animadores y gritones de la tele no leen y “llegan”. Eso indica que la vara que se ha puesto el presunto colega es bajísima. No ha comprendido que cuando una actividad implica una pasión que quema, el dinero y el conocimiento público quedan licuados por el deseo irrefrenable de hacer lo que a uno le gusta hacer.

Hay militantes que presuponen que si un periodista nacional y popular sale por la tele haciendo gestos y pegando gritos, podría transformar la realidad. Es preciso huir de esos compañeros. Poner los pies en polvorosa.

El periodismo no releva la movilización, la acción política, las elecciones. Si observamos los porcentajes de adhesión a tal o cual idea, y si segmentamos los mismos entre los sectores sociales, hallaremos tendencias preexistentes en los receptores, que buscan lo que quieren escuchar.

Lo curioso es esto, para retomar el arranque: el trabajo bien realizado, “llega”. De modos sutiles e intrincados, pero desembarca en playas impensadas.

Es que la función del periodista es informar, insertar ideas favorables a la sociedad, potenciarlas, ayudar a pensar. El militante nacional popular, el organizador, el trabajador consciente, necesita buena información y argumentos sólidos para aquella acción político práctica que desarrolla día a día en el lugar de labor, en el barrio, en la reunión.

Recordemos el alegrón de Jauretche, aquel 17 de Octubre fundacional: entre aquella multitud, nadie lo conocía… pero re – conocían sus ideas. Las habían hecho propias.

Finalmente: la cantidad de pibes que se han sumado a las variantes que transformarán a fondo esta sociedad es notable para quien apague la tele y mire donde hay que mirar. Hablo de los delegados sindicales, los militantes sociales, los nuevos cooperativistas; pero también de los que realizan estos medios nacional populares. ¿No han visto a esos jóvenes en las marchas de noviembre y diciembre?

Así que cuidado con ofender y decirles que su tarea no sirve, que lo que se necesita es emular a Feinman por izquierda. Las personas atadas a los soportes tradicionales insisten, convencidas, en que sólo eso existe. Ya se ha dicho: La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos.

Esta es mi respuesta a aquél interrogante. ¿No es lo que esperaban? Pregúntense qué significa “llegar” para cada uno.

Está bien; no es lo que esperaban, pero al menos sirve para debatir.

 

* Director La Señal Medios / Sindical Federal / Area Periodística Radio Gráfica

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