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miércoles , junio 20 2018
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CGT / Aullido

Por GUSTAVO RAMÍREZ *
I
No hay fuego sagrado. Simplemente se trata de poner blanco sobre negro. ¿Es un tiempo complejo? Tanto como otros. Hay una carga dramática que empuja hacia el pesimismo. Pura ideología. Derivados de una escolástica de la insatisfacción permanente. Nuestro drama no es el tiempo, ni la muerte. Es el deseo. El creador permanente de la angustia. Lo extraño es que muchos pretenden querer saltar desde las cimas de la desesperación pero no lo hacen. Así que simplemente embisten a otros.
La historia. Allí desnuda sobre la mesa de un almuerzo donde los protagonistas parecen ser otros. Otros envueltos en una trama discursiva que elude el pragmatismo de la acción a la vez que lo suple por la diatriba insufrible de la autocompasión. Una marca registrada del síndrome de la derrota permanente. Una psicopatía cómoda para el progresismo edípico.
¿Ha vivido, cierta militancia nacional y popular, dentro de la caverna platónica desde el 2008 hasta la fecha? La génesis política de los últimos años no se puede medir por las vibraciones esotéricas de una militancia más emocional que racional. No obstante las tintas se recargan y los contrapesos hacen equilibrios por barriadas oscuras del pensamiento. La Caverna. Y ahora, muchos, náufragos del Hades invocan nombres salvajes. Necesitan un rescate emocional más que político.
Así mirada la realidad puede ser brutal. Claro que lo es. Sobre todo cuando el periodismo se erecta como juez moral de la patria y cúmulo de pasionales sustantivos reproducen a injuria como posverdad. El ego suele ser avaro y esclavo del deseo. De alguna manera el progresismo se ha convertido en SUPERYO del kirchnerismo y lo somete. Una sola verdad, un solo ícono. Madre. ¿Acaso ese SUPERYO no ha oficiado las veces de Hamlet? Un Hamlet que no reconoce más allá de su propia matriz ideológica un ser. Una totalidad. Pero ve fantasmas y la figura paternal distorsionada en el peronismo.
“Disculpen un segundo
Hay otra mariposa en mi bragueta
Y mi metamorfosis
Puede no estar terminada
Aunque ahora soy “viejo”
Y soy mi hijo”
Lawrence Ferlinghetti, fin del capítulo.

II
Paul Klee, El Equilibrista. No hay una máquina de sueños. Hay memoria. De ahí el equilibrio. Sin caer en una trama de estridentes apologías la última semana fue una tromba de equilibrio para la CGT. Así que allí estaba. En ese dibujo extremo de Klee. Sostenida por una razón mecánica impuesta por las letras mesiánicas del periodismo erectado. De un lado el paraíso, al otro un abismo histórico.
Sobre el escenario del psicodrama popular el deseo de nuestro Hamlet redundó en el fracaso. La peste se propagó y muchos fueron intoxicados. Tranza, tranza, tranza. Moloch, Moloch, Moloch. ¿Cuántos nombres puede tener la bestia? A priori hay que juzgar a la criatura. El Diablo no puede dejar de ser Diablo. Entonces hay que buscar exorcistas. Entonces Hamlet buscó a su Horacio. Una criatura menor pero que reverbera las palabras del joven príncipe. Y ahí actuó el mensaje y el medio y el periodista. Horacio. Navarro. Él mismo. Hamlet.
“Me tomo un café, luego me doy un baño. “Algún día les hablaré de ti”, dice mi novia. “Les contaré que te da miedo la oscuridad, que te bañás cinco veces al día pero no usás jabón, que tenés un cuchillo pegado con cinta adhesiva detrás de la puerta”. Me temo que no le interesará a nadie”. Bokowski, último acto del viejo indecente. Es una cita válida si se analiza con cuidad como operan algunos de los “nuestros”. ¿Es válido el plural?
Antes del jueves la CGT estaba condenada. Muchos imaginaron al Triunvirato en marcha hacia el patíbulo. Con anticipada furia vituperaban a los condenados, camino hacia las manos del verdugo. Tenían sed. Querían sangre. Es lo que Hamlet les promete cada tanto. Sangre de los nuestros. Como un ritual purificador. Hasta que se pueda hundir la daga en la entraña del Padre. Pero algo falló.

III
Las redes sociales: “Memorias encontradas en una bañera”. Ciencia ficción. La realidad virtual convierte a los hombres de Hamlet en periodistas gonzos. Viralizar es a tarea. Enmascarar con frases aburridas del más aburrido Galeano. Son todos malos. Menos nosotros.
Una gran porción de militancia dio por hecho que la CGT había acordado con el Gobierno avanzar sobre la reforma laboral. Tic, tac, tic, tac, tic, tac…boooommmm. La bomba les explotó en las manos. No se quemaron. Pero se derrumbó parte del Caverna. Algunos resultaron golpeados por las paredes húmedas que se derrumbaban.
Hamlet se desilusionó una vez más. Sobre todo porque la Historia hizo valer su peso. Un dirigente sindical no es un suicida. Y un trabajador no es un samurái ciego, sordo y mudo. No es tiempo, no es muerte; es deseo. La ideología del derrotismo pretende erigir defensas de causas perdidas. Y tropieza con sus pies chuecos. Más allá del pasado inmediato está el Pasado. Su memoria tiene fuerza. Y es un hecho.
Nombres. Un nombre es fuerte por lo que representa. David Foster Wallace es un gran nombre. Un tremendo nombre. Pero está muerto. Cierto, es memoria. El viento también puede serlo. ¿Unidad es un nombre? O es simplemente como queremos llamar a la cosa. Hamlet es un buen nombre. Cristina Fernández lo es. Pablo Moyano suena con fuerza. El mayor nombre de todos: Dios. Pero ¿Unidad? Hamlet, Hamlet, Hamlet, ¿qué tan enfermos estamos?
Finalmente la CGT hizo lo que tenía que hacer y rechazó la reforma laboral. Punto. El monstruo no era tan feo después de todo. Punto. La demonización del “compañero” se tornó casi patológica. Un impedimento importante para construir “unidad”. Nombre. Punto. ¿Se secaron las horas mientras se espera que Madre deje de darle la teta al Príncipe? Es un punto de inflexión. Sin embargo la paranoia de Hamlet ha descubierto traidores en todo el reino. Ya no queda casi nadie. Y Madre está sola. Es cierto, su séquito la acompaña y ahí se termina todo. ¿Ahí se termina todo? No, no es cierto. Estamos parcelados es eso simplemente. Tal vez sería hora de respetar con mayor grandeza a las organizaciones de los trabajadores y retomar el curso de la historia.
“Que peste
Que mal estoy. Me autocomplazco
En la autocompasión.
O mejor todavía, o quizás,
En dejar mal parados a quienes
(¿a quines?)
Alguna vez sostuvieron
Que podía esperarse algo de mí.
Y en verso libre.
En verso cortado
Por la inepcia bruta y el destilado lagrimón”.
Es probable que Hamlet no lea a Lamborghini, a Osvaldo. Tampoco a Arlt. Así que seguirá con el cuchillo entre los dientes. Entre los telones de su propio melodrama. Hamlet ese progresismo enfermo de sí mismo que escribe por estar horas su propio Aullido. Con puntos, con comas, con su fina moral.

 

* AGN Prensa Sindical / Palabra Sindical / La Señal Medios

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