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martes , octubre 16 2018
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FILO CONTRAFILO Y PUNTA / Nuevos apuntes sobre el espectáculo de masas

Por GABRIEL FERNÁNDEZ *
Mientras la gente pasa rumbo a la cancha, escribo. Pero no porque yo me distancie y diga ustedes van hacia una versión devaluada de las actividades humanas y yo, dedicado a imponentes labores creativas. Sucede que mi equipo jugó ayer. Eso es todo.
Me asomo al balcón y los observo marchar con destino fijo. Hace frío, el día está gris. Me adentro, tras sentir el escozor y cierro la ventana. Recuerdo mi chiste sencillo: cuando me dijeron que este era un edificio inteligente, le pregunté cómo mejorar el funcionamiento de Gimnasia. No respondió nada; dudo de la perspicacia de este edificio.
En tanto, la zona se cubre de banderas y camisetas auriazules. La hinchada de Boca se adueña de su lugar. Sus dispares integrantes caminan con ese paso rápido y nervioso que caracteriza a los que se dirigen al estadio. Recuerdo otro humor, de José Luis Ponsico: al que lleve una camiseta de Turner que le cobren la mitad de la entrada. Entonces pensé: en todo caso, la de Jane Fonda. Ya que estamos.
También dudo de la agudeza de quienes caracterizan las labores culturales tradicionales por encima de las acciones culturales de trazo grueso. Es curioso: hay gente que, aunque se presume muy instruida, genera la misma sensación de vacío que la registrada al intentar dialogar, por caso, con un edificio.
Debo admitir: me agrada que, aunque a través del rechazo, se genere polémica. Lo cierto es que las protestas indican que al menos han escuchado una parte de la argumentación. Pasa que el tiempo transcurre, las realidades decantan y la orientación mental de vastas regiones sociales sigue fija como el cauce que lleva a estas personas a La Bombonera.
Quienes leen a menudo La Señal Medios lo saben: cada mención al gran espectáculo televisivo de Marcelo Tinelli me cuesta golpes que me corren hacia la derecha del espectro cultural. Los críticos ponen sus ojos en blanco por el Folies Bergere, el Tropicana, narran puestas fascinantes en Nueva York o dicen deleitarse con All that jazz y la trayectoria de Bob Fosse.
Los historiadores de nuestra cultura admiten, como sucede con los documentos que se desclasifican veinte años después, la trascendencia del Circo Criollo, el quiebre que encarnó el fuerte humor de Parravicini, la creatividad de la Revista Porteña… pero de las pibas cumbieras no les hablen.

Sin embargo, mientras tomo unos mates sin prisa y la voz de la radio delata la cercanía del inicio del cotejo, me recuerdo que la temática era el fútbol: pues nuevamente, ante un artículo referido a las desgracias de la privatización del mismo y el necesario realce del emprendimiento Fútbol para Todos, han surgido sanos interrogantes de personas bienintencionadas.

Vengo denunciando que lo que estamos viviendo es el intento de anulación de una de las industrias culturales más importantes del mundo y de la historia, en la cual la Argentina en particular y el Cono Sur en general poseen la mejor materia prima y debido a la vertebración de la tarea en inferiores, con valor agregado.

El esquema de FPT permitió canalizar una parte ínfima de los impuestos del pueblo en dirección productiva, originando un esquema virtuoso. Ese dinero potenció los clubes en general con su presencia social extendida en el orden nacional. Las instituciones de la Asociación del Fútbol Argentino percibieron recursos que volcaron sobre sus estructuras y actividades.

Así, las perspectivas de los pibes humildes con talento específico, y muchos otros también, se vieron agigantadas en las ligas menores. Así, se amplió la base de selección de grandes jugadores a una porción vasta de la sociedad, se los fue formando deportiva y psicológicamente. Una parte de ellos derivó en primera división, pero el resto creció sano y con rasgos que mejoran su desempeño en otras actividades.

Como si esto fuera poco, los resultados de la cumbre de ese circuito se pusieron en pantalla: fútbol por televisión abierta para quien desee verlo. Los mejores intérpretes del planeta a la vista del pueblo que los vio nacer, para que disfrute del espectáculo más caro de la historia. Un negocio perfecto, sin pérdidas, con incidencia social y derivación creativa.

La argumentación con la cual los monopolios bombardearon este enorme acierto se asienta en el pensar de ciudadanos “cultos” que hasta se distancian políticamente del macrismo y del neoliberalismo. Ellos evalúan, promedio, que ese dinero estatal invertido en el fútbol “debería ir a la educación y la cultura” en vez de recalar sobre un show masivo.

El equívoco es tan importante que cuesta hallar la punta para su objeción, porque manan aristas por todos lados. Desde el derecho estadual de utilizar su capacidad tributaria en promoción social hasta la ostensible rentabilidad del emprendimiento. Desde el beneficio que implica la práctica del deporte en las zonas populares hasta la belleza del juego.

Claro, una vez desmalezadas esas temáticas aparece, casi como cierre al piso desesperado de un marcador que quedó a contrapierna, el tema de las “mafias”, las “barras” y la violencia en el fútbol. En principio, los clubes son asociaciones civiles: al igual que los sindicatos, se trata de uno de los pocos espacios genuinamente democráticos de nuestra comunidad.

Luego, el control de las actividades ligadas al delito es una prerrogativa y a la vez una obligación del Poder Judicial y las fuerzas de seguridad. Limitar el trabajo en divisiones inferiores para los pibes de nuestro pueblo porque hay malos dirigentes o porque cien tipos se agarran a piñas en la esquina de una cancha ni siquiera es un error: es una estupidez.

Y finalmente, el planteo intolerable. Quienes vamos a la cancha desde chicos, sabemos que entre grandes masas de población reunidas, siempre puede surgir un incidente. Sabemos también que hace décadas había tanta o más violencia que ahora, sólo que en la actualidad las cámaras registran hasta la mínima discordia entre dos plateístas.

Por algún motivo, que quizás esté relacionado con la sinapsis propia que orienta a este periodista desde hace tiempo, imbrico estos debates con otros. Por ejemplo, pienso en los argentinos que, viviendo en un gran país, han creído –los últimos cinco o seis años antes del arribo oligárquico al gobierno- vivir en un país de mierda.

Con niveles de vida promedio que superan a los mejores del planeta, los hemos padecido quejándose como si estuvieran situados en el desierto del Sahara. Y de esa queja se ha desprendido la minusvaloración de lo propio. Han recibido una enorme cantidad de beneficios que los consideran como el aire, y no logran valorarlos.

Ya voy a escribir más sobre este último punto, que brinda mucha tela para cortar.

Ahora, es momento de cambiar la yerba, darse vuelta y mirar el partido. Disfrutarlo en el cable, en tanto lamento que cientos de miles, incluidos esos pibes de escasos recursos, ya no puedan verlo.

* Director La Señal Medios / Sindical Federal / Area Periodística Radio Gráfica.

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