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martes , abril 24 2018
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CFK / Y ahora, a defender a los innominados

Por JULIO FERNÁNDEZ BARAIBAR *

 

“El aplauso no le viene, verdaderamente, de esos contados actores que se mueven en el iluminado escenario de la aristocracia, sino de aquella enorme audiencia que, por fuerza, está en la oscuridad mientras el drama se representa. El rey que protege a los innumerables, protege a los innominados”.

Gilbert K. Chesterton, Pequeña Historia de Inglaterra

La presentación de Cristina Fernández de Kirchner en el acto del club Arsenal de Sarandí ha establecido un antes y un después de la política nacional y popular contra la restauración liberal plutocrática encabezada por Mauricio Macri. Y elegimos con cuidado la palabra presentación, y no discurso, porque lo que la ex presidenta desarrollo en ese escenario, ella sola, sin bastoneros ni teloneros, fue toda una puesta en escena de una nueva concepción táctica destinada a enfrentar y aplastar, de ser posible, en las urnas al gobierno hambreador.

Inmediatamente después de haber visto el acto por televisión postée en Facebook: “Cristina cambió radicalmente el eje de la campaña. De la gran política a la política de la cercanía. Una genia”.

Conocímos a Cristina Fernández de Kirchner en las más diversas tribunas, nacionales, latinoamericanas e internacionales. Su capacidad oratoria, su memoria, su elocuencia y la facilidad con que puede tratar complicados temas de la política internacional -que es la política que apasiona y entusiasma a los grandes estadistas-, han sido proverbiales y motivo de admiración en el mundo entero, de envidia en las chismosas comadres de este barrio y de odio en los plutócratas que se sienten amenazados por su retórica y su concepción políticas. Ahí, en ese terreno, Cristina gana siempre, pero gana a los convencidos, a los admiradores, o, como sabe quien haya viajado, a los extranjeros de buena voluntad, que no generan poder político.

En una de las más difíciles coyunturas políticas con las que se debe haber enfrentado en su vida, después de dejar con dos palmos de narices, no solo a quien pretendía competir en la interna, sino a la supuestamente imbatible maquinaria electoral que es el PJ bonaerense, Cristina bajó al ruedo, rodeada tan solo de la multitud, de los innumerables que son los innominados -como dice el gordo Gilbert Keith Chesterton, un inglés que siempre viene en ayuda de los nacionales- y propuso explicitamente, sin explicaciones teóricas, que es el tiempo de la política de la cercanía, de la política como tibieza amistosa y comprensiva del drama popular. Puso en claro que no era un momento de grandes visiones napoleónicas, sino la etapa para jugar el papel de madrecita de los pobres, de los desheredados, de los castigados por el revanchismo de los millonarios.

Y, no conforme con ese replanteo general de una táctica política que arrastramos desde hace dos años, puso a esos innominados en el centro del escenario. Los presentó a la multitud, nos contó cómo se llamaban, que rostro tenían y que desgracia tenían que contarle a la asamblea. Puso a todos los sectores sociales, sobre todo a los más desprotegidos, a los que carecen de estructuras que los cubran, de organizaciones que hablen por ellos. Y en lugar de explicar la Patria Grande, nos presentó a dos compatriotas bolivianos, y aprovechó para lanzar al rostro de la miserable Argentina racista la miseria moral de sus comunicadores y de muchos de sus políticos.

Cristina Fernández de Kirchner ha logrado volver a esperanzar. Hay alguien que progege a los innominados.

Buenos Aires, 20 de julio de 2017

* LSM

 

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