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martes , agosto 14 2018
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CHARLY / Inocencia Artificial

Por GUSTAVO RAMÍREZ *

 

Este el fin. Después no habría nada más que escribir si la nota comenzara así. Pero no es el fin absoluto. Es el fin, simplemente. Tal vez el que cantó sin tregua Morrison o el que disfruta mientras envejece Morrisey. Hay transfiguraciones en el inframundo. Elucubraciones que deambulan de una página a la otra sin demasiado rumbo claro. Y así, de esa manera se pueden saltear las notas al pie aburridas. Tal vez de esa manera se explica el nuevo disco de Charly García. Una criatura amorfa. Prolija en su línea musical y machacada en su trance vocal. ¡Dios ni siquiera suena a viejo! Alguien hizo mierda las cuerdas vocales del gran Charly y nos dejó sobras sobre la mesa. De eso nos alimentamos.

 

Random sobrevuela los procesos intimistas del artista y se florea con la perspectiva de un nuevo mundo. Así que ahí estamos. A medio camino entre Piano y Bar y una nueva producción influenciada por el paternalismo optimista de Palito Ortega. No es un mal producto. Tiene muy buena elaboración y por momentos hay un vuelo que nos trae al mejor García. Sin embargo en la comunidad de la obra quedan espacios vacíos. Quizá porque la máquina de ser feliz no es más que una respiración artificial inmersa en un rock que ha dejado de ser.

 

No obstante da la impresión que el viejo Charly intentó un regreso a esos tiempos donde jugar a hacer música era algo serio. Así hay diez temas sin unidad conceptual entre ellos. Dispares y un tanto naif. “Ahora que estoy rehabilitado saldré de gira otra vez. Me encerrarán cuando se acabe y roben lo que yo gané” se despacha el niño prodigio en Primavera. La fuerza contestataria toma cierta lucidez en un tema que empieza con la dinámica de un Johnny Allon pero que crece con el correr de la melodía.

 

“Porque a mí ya no me importa discutir” intenta cantar Charly. Y está bien. El rock ya no está para dar peleas. La era digital está presente en cada letra. Casi como un nuevo clip moderno más que como representación de una temática adecuada. Esa loca manía de encajar que nos toca a todos en algún momento para no quedar tan descolocados. El aleteo de los temas no guarda relación con cierta madurez musical que se puede esperar a esta altura. Puede que alguien quiera justificarlo con la simplicidad que en cierto momento caracterizó a cierto rock liviano. Después de todo hay que vender.

 

Por momentos Charly se repite para ser García y olvidarse un poco de legado. Los coritos, a veces repetitivos y por momentos irritantes, de Rosario Ortega le dan color a la musicalidad de un disco liviano. De esa manera Charly hace un buen papel con un material sin sobresaltos pero sin puntos altos. El papel de adolescente perpetuo ya no le entra. Pero ahí está Charly. García es eso o esto. Sin retórica. En crudo. Menos vertiginoso. Más calmo. No tiene que justificarse. Aunque tampoco tiene que convencernos. Claro, es difícil escapar del infierno que promete el nuevo Yo. Entonces ¿es el fin? Uno espera que lo sea. Qué más puede dar Charly García de lo que ya ha dado. Y regresamos a la pregunta que nos la posmodernidad: ¿Qué más tiene el rock para ofrecernos?

 

Dentro de poco muchos de los grandes comenzarán a morir. Es un ciclo biológico. Habrá un legado, es cierto. Pero después vendrá otra cosa. Es así. Es el orden natural. Es la hora de la agonía. No como un efecto de la nostalgia o del dolor por un pasado que no sabemos si padecemos o añoramos. Es el resultado lógico de lo que se agota. El rock ya no volverá a casa por más que lloremos de manera insufrible. Sus músicos tampoco. Así que el mejor antídoto contra estas ausencias es poner un buen disco y dejarse llevar. Random quizá se transforme en un disco querible. Sólo porque es de Charly García. Cierta inocencia artificial de la cual nos complace ser cómplices.

 

  • AGN Comunicaciones / La Señal Medios

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