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domingo , junio 16 2019
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ARQUEROS / La que ataja es el alma

Por GABRIEL FERNÁNDEZ *

 

Siempre admiré a los arqueros. Aunque al igual que otras personas realzo su agilidad y plasticidad, mi respeto partió de la valoración de la valentía.

El que ha jugado lo sabe: tirarse en medio del área cuando todas las piernas surcan el espacio para golpear con energía el balón, es un desafío que pocos pueden afrontar.

Y desde allí, otros factores: el arquero es parte esencial del equipo, pero mantiene su soledad. “Es un puesto muy tuyo, muy de uno” ha dicho Amadeo Carrizo. Por eso es habitual que los encargados de cuidar los tres palos tengan una personalidad sólida. Desde el rezongón, como Olave, hasta el sobrio, como Navarro.

Pero recordemos a algunos que han dejado huella. Vamos con los que pude ver en el espacio asombroso y envolvente del Bosque: Carballo, un gran atajador. Buen achique en la zona corta de su área, escasa salida y rápida reacción. Seguro y “parado”; al igual que Roma, sólo se arrojaba en circunstancias extremas.

Sigamos: Hugo Orlando Gatti. La contracara. Siempre dando vueltas por ahí, dejando esa sensación de andar paseando por todo el terreno, sin ocuparse de la delimitación marcada por la línea de cal. Borde del área, pero también centro de la cancha, sin grandes preocupaciones.

Predispuesto  al contraataque, fue el guardavallas más rápido que disfruté para aprovechar las salidas. Pignani, Onnis y Castiglia le deben mucho. Claro: tenía dónde enviar. Los dos wines era veloces y hábiles, y el centrodelantero… el mejor.

Y también: Gustavo Fernández. El uruguayo que se perdió cuando vino a la Argentina y antes de llegar a la concentración del Lobo anduvo recorriendo el Gran Buenos Aires montado en un colectivo cualquiera. Pero no se extraviaba en la cancha. Con él, volvimos a afirmar el control de la zona.

Por supuesto: Hernán Cristante. Por su mente y por su estilo, jugador de toda la cancha aunque presente en el refugio. Al igual que su amigo Enzo Noce, de altura media, relevando centímetros con potencia de piernas. Porque Cristante llegaba, y atajaba. También, penales. Si lo sabremos.

Vamos al mejor: Noce. Declarado varios años como Atila, el rey de los “hunos” en la tele, fue protagonista de grandes campañas. A veces hablamos del armado férreo del 95, del despliegue ofensivo del 96, pero olvidamos señalar que la base de ambos equipos timoteicos estaba en la destreza del arquero.

Y si Juan Carlos Olave calzó hondo en el corazón tripero, una situación particular fue –y es- vivida por Gastón Sessa. A diferencia de muchísimos amigos, pienso que el Gato es tripero, que moría por jugar en Gimnasia y se dio el gusto. Creo también que es un gran arquero y que en el afán de empujar en momentos difíciles, tuvo un par de falsas mediciones que lo dejaron adelantado.

(Pero, conociendo el andar de varios dirigentes, no voy a poner el grito en el cielo por un juicio laboral. Y como en todos los casos, soy consciente que en el fútbol profesional los contratos hay que pagarlos. ¿Molesta lo que digo? Es lo que pienso.)

Luego: enorme Monetti. Fruto de las inferiores. Cabeza a cabeza con Noce. Si sacáramos la cuenta de los puntos que nos ayudó a acumular, le asignaríamos un lugar relevante en la historia del club. No me voy a dejar llevar por algún bajón en Lanús. El Mono es el que recordamos en el Bosque. Y tiene condiciones para volver a serlo rápidamente.

Hay más, claro, muchos más. Sólo esbozo un puñado significativo a vuelo de pájaro.

El público ha madurado. Ya no es habitual considerar que una derrota es “culpa del arquero”. Pero el peso del error final sigue recayendo sobre el puesto de los valientes. Cuando mi hijo eligió ese lugar en la cancha, con indudables condiciones, comprendí que en distintos ámbitos de la vida tenía con qué plantarse. Y, curiosamente, que sabría volar. Así está siendo.

Mirar la pelota, porque el jugador engaña pero el balón no. Salir a reducir ángulo cuando el delantero llega sólo, pero no trabar al defensor si viene apareado. Posicionarse apenas al costado cuando el avance llega lateralmente. Advertir la espalda de los marcadores para ayudar al retroceso u ordenar el relevo.

Y cuantas cosas más. Pero sobre todo: recordar que en el área siempre hay un segundo más, un segundo forjado en el tiempo interno que permite llegar. Pues es preciso lanzarse en el momento exacto. Ni antes ni después. Y eso se logra cuando el alma deja de lado el apuro.

Mi recuerdo para los arqueros. Hacedores de un puesto sufrido y aguerrido. Un lugar tripero desde el cual mirar el mundo.

*Escrito para la Revista Ginasiá.

*Director La Señal Medios / Area Periodística Radio Gráfica.

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