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lunes , octubre 22 2018
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PERIODISMO / Quien Pierde Paga

Por GUSTAVO RAMÍREZ *

“Siempre era de noche en mis sueños sobre la vida periodística”

Tom Wolfe

I

¿Qué es Ser periodista?

¿Es una pregunta retórica o existencial?

Tal vez sea una pregunta ética. En un universo de plagado de periodistas X-Men esa formulación interrogativa no es más que una sin razón. Esa pregunta no existe.

¿Dónde situamos al periodista? ¿En una redacción noctámbula una noche etílica? ¿En una calle oscura, escondido entre la penumbra, para jugar a ser una especie de detective salvaje? ¿En una redacción dantesca donde un editor desecha notas por miedo a romper el contrato social de la obsecuencia debida con su jefe-patrón?

La compulsa social por la supervivencia engendra monstruos esquizofrénicos. La estética informativa navega en las aguas ensangrentadas por los desechos de la basura de la historia. “No hay mierda que importe una mierda”.

¿Puede ser el periodista tan hiper-realista que termine por construir una ficción de la realidad? En la caracterización del nuevo periodismo hay un relato constitutivo de la razón social del Ser periodista. No es el bien común, ni el apostolado canónico de un samaritano social. Es una ruleta rusa. Los estereotipos mutan. El periodista dejó de representarse en un perdedor dostoievkiesno. Ahora es el sinónimo de un rock star. El triunfo de la razón capitalista. Puede ser exagerado.

“Reporteros borrachos huidos de los pupitres del News meando en el río al amanecer” la bíblica imagen de Tom Wolfe. Ya no hay alcohol ni putas. Nunca hubo ese humo que inundaba la fecundidad intelectual. Ya no hay anonimato posible que permita la narración social desde el ático noticioso.

La era de la información tal vez no sea más que la representación voluminosa del posmodernismo ingenuo. ¿Quién leerá la próxima nota mañana? El propio periodista que desea ver su nombre impreso o mencionado fuera de la órbita del silencio anónimo. El medio es la fama.

 

II

En la trasparencia de la radiografía el periodista muta a razón moral. ¿No hay alternativa? Esa fragancia elocuente del neoliberalimo encuentra sus cuerpos dóciles en los micrófonos. Así el “periodista”, sin resquebrajar el mentado contrato de lectura, se torna en un opinador serial que se eleva por el resto de los mortales con su perorata moral.

Es más fácil acusar que informar. Si hay una manifestación de trabajadores despedidos que reclaman por su dignidad social, el periodista se pondrá el overol santurrón y nos alertará sobre la ausencia del respeto básico por el “otro”. Una construcción funcional del republicanismo civilizatorio. De inmediato la noticia dejará de ser noticia. Es decir: La movilización por los derechos del trabajador dejará de ser información y será un hecho de valorización moral. Lo único importante habrá de ser, entonces, el caos de tránsito que pueda producir esa manifestación de lo social.

Nadie puede desprenderse de su sombra. Ni siquiera la generalización. Pero todavía se puede elegir. La disputa de los espacios sociales de poder no quede centrada a la lucha mediática por la primicia que no es. La descomposición política del periodismo encuentra su génesis en las estructuras edificantes del neoliberalismo. No es una acusación. Es simplemente un razonamiento.

La simplicidad del pensamiento acotado a la dinámica publicitaria reprime una práctica crítica y naturaliza la relación empleado-patrón a través del miedo. El miedo a perder el trabajo si la nota no representa los intereses económicos, políticos e ideológicos del medio. Pero ahí, entonces, cuando la autonomía intelectual del periodista se ahoga en la caja de ahorro, el periodismo deja de ser y la razón del Periodista se diluye.

III

    La febril idealización del periodista como justiciero político, pulcro y bien peinado, representa el escenario ideal del sometimiento. Es una voluntad de representación social y no una realidad. En esa ficción escénica solo se pondera la laxitud de las apreciaciones discursivas se ensalzan términos como honestidad y verdad. Se da por hecho que un periodista es “bueno” y que no va a “mentir” en nombre de la objetividad. Pero detrás de la estirpe engalanada de la representación la única vocación tangible es el negocio.

El “periodista”, tal cual se lo conoce hoy en dinámica mediática, es un depredador de su propio oficio. Solícito por la “ontología del negocio” es un exponente acérrimo del “realismo capitalista”. Términos acuñados por Mark Fisher y que usamos de manera descriptiva. Una vez en el mercado informativo el periodista rompe la línea ética del sentido final de su profesión: Informar.

La mercantilización de la cultura ha robustecido el sometimiento, consentido, del periodista. La “pantalla” garantiza el valor hiper-realista de status. Ser amigo del juez no da información solamente. Revitaliza la impunidad. No importa quebrar la cadena del mandato social, si es que en realidad existe alguno, importa ponerle precio a la información.

No hay batalla cultural. Tal vez porque se resignifica el fin de la historia. Nadie ha sido tan funcional a la máxima de Fukuyama como el propio periodista. La historia puede terminarse cuando su narración se vacía de contenido. Es decir, cuando el “periodista” mercantilizado, transvalora todos los valores en términos nietzscheanos. El fin de la historia es el periodista cómodo, alistado el en ejército de su editor, aseado en la falacia, ubicado en la desinformación, contemporizado por la marca de su medio. La exposición del neoliberalismo puede verse en la corporación periodística: El progreso unidimensional del esfuerzo individual.

Ni siquiera es que el pasado puede redimir al “periodista”. Atrás hay nombres, sí. Pero no un movimiento que contraste, más allá de la idealización, las apariencias prácticas del presente. Y esa es una franquicia del capital.

 

IV

    “El capitalismo es lo que queda en pie cuando las creencias colapsan en el nivel de la elaboración ritual o simbólica, dejando como resto solamente al consumidor-espectador que camina a tientas entre reliquias y ruinas”.

Mark Fisher

V

Durante el año 2016 se registraron, en los medios de comunicación, 1285 despidos. De ellos 359 fueron por cesantías, 409 por cierre de medios. Hubo 517 retiros voluntarios. El 71% del total de los puestos de trabajo perdidos se produjeron en la primera mitad del año. Según un informe del Sindicato de Prensa de Buenos Aires.

El periodista es un trabajador. Pero da la impresión que sólo se de esa manera cuando la soga se le enrosca en el cuello. El sistema somos todos puede clamar un frase posmoderna. Así que cala en los huesos. El “periodista” se afea con el paso del tiempo.

VI

“Antes, los periodistas eran un grupo muy reducido, se les valoraba. Ahora el mundo de los medios de comunicación ha cambiado radicalmente. La revolución tecnológica ha creado una nueva clase de periodista. En Estados Unidos les llaman media worker. Los periodistas al estilo clásico son ahora una minoría. La mayoría no sabe ni escribir, en sentido profesional, claro. Este tipo de periodistas no tiene problemas éticos ni profesionales, ya no se hace preguntas. Antes, ser periodista era una manera de vivir, una profesión para toda la vida, una razón para vivir, una identidad. Ahora la mayoría de estos media workers cambian constantemente de trabajo; durante un tiempo hacen de periodistas, luego trabajan en otro oficio, luego en una emisora de radio… No se identifican con su profesión”. Ryszard Kapuscinski.

* AGN Comunicaciones / La Señal Medios.

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