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martes , octubre 16 2018
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FÚTBOL ARGENTINO / Un psicólogo ahí

Por CARLOS AIRA *

Lejos de la batalla de la calle Viamonte, una generación de futbolistas de carreras brillantes rubrican lo que no queríamos decir pero creíamos posible: perdieron una nueva final. La tercera consecutiva. Alguna dirá: lo importante es llegar. Sin dudas.
Pero por lo que se juega; por lo que significa Argentina; por los valores de mercado que generan ilusiones (muchas veces alimentadas justamente por esos números), era imperioso que la Selección Argentina se consagrara campeón. Y no sucedió…

Tres finales. 270 minutos. Ningún gol. Dos definiciones por penales perdidas ante un rival históricamente inferior. Cuatro magníficos que no pasan la tibieza. Una línea de juego que se desdibuja cuando hay que cruzar el umbral de la gloria en celeste y blanco. No hay excusas: el fútbol argentino – a nivel selección – está castrado desde 1994.

A las pruebas me remito. Daniel Passarella moldeó una joven generación de futbolistas brillantes. Anoten: Roberto Ayala, Javier Zanetti, Kili González, Ariel Ortega, Hernán Crespo, Juan Sorín, Juan Sebastián Verón, entre otros. Sus carreras a nivel clubes fue brillante. A diferencia de muchos antecesores, las mismas tuvieron el brillo casi exclusivo del medio europeo. Pero fueron esclavos de un entrenador enfermizo.

¿La clave? Copa América 1995. Paysandú. Daniel Passarella cambia 9 jugadores para enfrentar a Estados Unidos. Último partido en la zona de grupo. Servía cualquier resultado, menos perder por tres goles o más. Caímos 0-3. Luego vino Brasil, la mano de Tulio y la eliminación.

Luego de los exitosos ciclos de César Luis Menotti y Carlos Salvador Bilardo (dos mundiales de mayores, un mundial juvenil y un subcampeonato del mundo), la ola de éxitos siguió durante la etapa de Alfio Basile. Las Copas América de 1991 y 1993 fue el encuentro del fútbol nacional con el éxito. Un reencuentro genuino, por la calidad y trascendencia del trofeo continental.

Luego de la bochornosa decisión de Passarella, en vez de asumir culpas, redobló la apuesta: la Copa América no servía. No era una Eurocopa. Era un torneo de morondanga. Lo único que importaba era el mundial. Tiempos complejos. Un sector influyente del periodismo nacional, encabezado por Marcelo Araujo y Fernando Niembro (junto a la entonces influyente camada de periodistas formados en su academia), salió en defensa del entrenador. Lo mismo hicieron los jugadores. Causa común. Lo único importante era la eliminatoria y el Mundial. El mal se incubó en esos días.

Esa generación de futbolistas brillantes, a la cual luego se le sumó la generación de juveniles de Pekerman, Jugaron una Copa del Mundo tras otra. Francia 1998, el dolor de Japón 2002 con Marcelo Bielsa. Algunos llegaron a Alemania 2006. ¿Las Copas América? Te las recuerdo: un equipo de tercer orden en Perú 1997. Los tres penales de Martín Palermo en Paraguay 1999. ¿Se acuerdan de Colombia 2001? Hoy, en la transmisión de TyC, Ariel Senosiain dijo “no tuvimos suerte en 2001”. Claro, tanta mala suerte tuvimos que un representante – Gustavo Mascardi – influyó tanto en sus cansados futbolístas, que plantearon supuesta inseguridad en Colombia para no participar del torneo. En limpio: No jugamos la Copa América 2001 porque los muchachos no querían la gloria, querían vacaciones.

Luego todo se hizo cuesta arriba. Son finales perdidas. Una tras otra. En tiempo de descuento ante Brasil, en la Copa de 2003. Contra los amarillos en Venezuela 2007. En nuestro país fuimos un desastre. Más reciente, las últimas dos finales.

Mas allá de los vaivenes de la conducción de nuestro fútbol y la selección nacional, no podemos concretar. Somos una máquina de perder finales. Muchachos obligados a triunfar con la celeste y blanca más por su peso específico en el mercado del fútbol que por lo que puedan brindar dentro del campo de juego.

¿Punto final para una generación de futbolistas? Caramba, que difícil. En otro lugar del mundo se los reconocería como grandes. Estos muchachos tienen que levantar cruces con apellidos tan pesados. En ambas finales el equipo tuvo un denominador común: la posibilidad cercana del título.

Pregunta: ¿Se pueden jugar finales con futbolistas en inferioridad física? La respuesta se cae de maduro. No. Gerardo Martino puso en cancha a Angel Di María y Ever Banega. Las lesiones de ambos jugadores eran visibles, sobre todo la del delantero.

Otra pregunta. ¿Qué pasará con jugadores tan espectaculares y queridos por el público como Javier Mascherano, Ángel Di María, Gonzalo Higuaín, Kun Aguero y – sobre todo – Lionel Messi? En el caso del volante central, puede ser el fin de su campaña en el seleccionado. Sobre los cuatro atacantes, caen sobre ello el peso de las derrotas. Higuain fallando otro gol imposible en una final. Di María, lesionado en otra final. Aguero, nuevamente sin dar la talla.

Punto aparte para Messi. Buscó, intentó y se frustró. Pateó mal el penal. La clave: no es lo mismo esta competencia que la Champions League. El juego no es el mismo. Las marcas tampoco. Messi deberá ser rodeado con jugadores talentosos pero llenos de coraje. Chile nos está mostrando el camino. Por más que no guste…

El fútbol argentino es simple. Los grandes seleccionados de nuestro país nunca fueron rebuscados. Sin ir mas lejos, aquel equipo dirigido por Alfio Basile, bicampeón de América, era una gran combinación de juego y coraje. Tenía algo de lo que Chile puso en ambas finales, y salvo excepciones, a estos muchachos les cuesta poner.

Porque hay que destruir el germen perdedor que incubó Daniel Passarella. Porque hay que dejar de frustrar y confundir jugadores e hinchas. Porque la historia así lo pide. Menos fantásticos. Menos valores de mercado. Un psicólogo urgente para que los muchachos que vengan tengan confianza para ganar una final. Basta de perder.

* La Señal Fútbol / Abri la Cancha / La Señal Medios.

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