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martes , julio 23 2019
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EVITA / Militante peronista

Por NORBERTO GALASSO *

 

«La historia se ha ido falsificando con su consiguiente efecto político: Evita podía ingresar al panteón de las grandes figuras a condición de que ello sirviera para impedir el ingreso de su esposo y del peronismo como expresión de movimiento de masas que había cuestionado el orden oligárguico nacionalizando los depósitos bancarios y el comercio exterior, junto a otras tropelías cometidas contra la clase alta y el capital extranjero.

 

El liberalismo conservador y la izquierda abstracta se habían concentrado en aceptar a Evita, no ya como compañera del general y puente entre éste y los trabajadores, eslabón fundamental en la conducción bonapartista del movimiento policlacista, sino reduciéndola al asistencialismo y aún más, convirtiéndola en la izquierda que se oponía a la tendencia derechista y profascista de su esposo. Todo lo que en ella configuraban virtudes aparecían como la contracara de la inescrupulosidad, la mendacidad y la falta de sentimientos de su esposo.

 

Esta fábula se creaba especialmente para consumo de los amplios sectores de la clase media seudoculta de las grandes ciudades, que necesitaban superar su viejo gorilismo dando paso a una apreciación más progresista del peronismo, demostrando así su amplitud de criterio sin por eso caer en posiciones «populistas» o antiimperalistas. En última instancia consistía en elevar aquel viejo gorilismo a un nivel superior que permitiese los méritos de Evita sin por eso reconocer los de Perón.

 

Se comenzó a impulsar una estrategia, cuyo primeros esbozos correspondieron a intelectuales provenientes de la autotitulada izquierda, es decir aquellos que apoyan a los movimientos obreros y campesinos de todo el mundo (con profusas citas de Marx y Lenin) para reservarse el derecho de descalificar a todos los movimientos populares surgidos en el propio país, a unos por bárbaros e inorgánicos, a otros por populistas y sometidos a la burguesía, y a otros por fascistas, inmorales y autoritarios.

 

Desde esa izquierda, que venía de una ardorosa lucha contra el peronismo, brotó esa estrategia que sería tan bien recibida por las minorías dueñas de la Argentina. Se trataba de reconocer parcialmente a Evita, sacralizarla, convertirla en un póster (como lo harían luego con el «Che») o en una santa sin política, toda ella entregada a satisfacer los pedidos de los desválidos y carenciados.

 

No una Evita, como había sido, puente entre Perón y los trabajadores, cumpliendo un rol fundamental dentro del frente policlacista, sino la misma hada buena con que la había rotulado la estupidez de los burócratas del peronismo. A una hada o santa se la podía venerar pero no imitar porque son cosas del más allá.

 

Esa Evita que fabricaron debía quedar desgajada del movimiento popular y de Perón, flotando en el cielo de la misericordia o en el póster rojo de la revolución abstracta.

 

Cuando uno lee cierta prensa, piensa que una gran parte de los intelectuales argentinos ha hecho un pacto con el diablo. En general, son tipos inteligentes, informados, brillantes algunos, capaces de comprender hasta la minucia el desarrollo social de algunos pueblos lejanos donde actúan dirigentes de exóticos nombres, pero resultan de una gran ceguera para ver el cuadro grandioso que se desarrolla en su propio país, como si su alma estuviese enajenada para todo lo que significa aprehender la realidad nacional.

 

David Viñas declara en Página 12 del 29 de marzo de 1988 «Eva Perón habrá sido subversiva, rebelde, todo lo que quieran, pero no fue una revolucionaria porque no cuestionó el régimen actual de la propiedad». Y agrega «Revolucionaria fue Rosa Luxemburgo».

 

Yo le contesto que el error suyo consiste en suponer que la única revolución posible en América Latina es socialista. El viejo Lenin le hubiese advertido que en los países sometidos por el imperialismo la tarea esencial es la revolución nacional y que los socialistas, en vez de menospreciarlo, deben luchar, desde su propia perspectiva y tras sus propios objetivos, junto al resto de los luchadores antiimperialistas porque ese es el camino hacia el socialismo».

 

Mao le hubiese dicho que la tarea de la revolución China consistía en una revolución nacional y en una revolución democrática. Es decir que son revolucionarios quienes enfrentan al imperialismo, aunque no sean socialistas.

 

Si descalificamos a Eva y a Perón como revolucionarios (a ellos que lideran el proceso de liberación nacional más profundo llevado a cabo en la Argentina), entonces no hay ningún revolucionario en nuestra historia. Ni San Martín, ni Dorrego, ni Varela porque no eran socialistas, ni Yrigoyen cuya concepción era agrarista, ni los dirigentes de la izquierda tradicional que no consiguieron obtener la confianza de los trabajadores.

 

Claro usted dice revolucionaria fue Rosa Luxemburgo; y a mi suena como esa opinión de los argentinos recién vueltos del viaje a Europa y que proclaman con los ojos en blanco:  ¡»subterráneos son aquellos… qué limpieza… y qué educación»! mientras le hacen asco al país de mierda en que les tocó nacer.

 

Aquella admirable mujer, Rosa Luxemburgo, le diría a usted señor Viñas: «en lugar de rendirme elogios ¿por qué no se ocupa de averiguar en qué caminos anduvo y anda la clase trabajadora de su país, esos socialistas en potencia que guardan afecto a Eva y a mí apenas me conocen? Sea usted socialista Viñas, pero de su propio país y de su época».

 

No se desencuentre, una vez más, con los hombres y mujeres de trabajo que veneran a Evita»…

 

Extracto de «Verdades y mentiras acerca de Perón y Eva Perón» 

 

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