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miércoles , junio 26 2019
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FPV, PERONISMO, KIRCHNERISMO / Debate intenso y necesario

 

Por CINCO AUTORES

 

Hace unas dos semanas lanzamos un debate sobre el desarrollo interno del Frente para la Victoria, la dualidad kirchnerismo – peronismo, el movimiento obrero y los desafíos ante el alud macrista. El interés suscitado fue intenso, lo cual demuestra que se trataba de una discusión larvada que se venía desplegando en el seno del campo nacional – popular. Ante el arribo de nuevos e interesante aportes de variadas orientaciones, resolvimos agruparlos en un Cuaderno de La Señal Medios para la discusión. Invertimos la cronología de los materiales: al comienzo está la participación más reciente. Aquí van TEODORO BOOT, DANIEL SANTORO, HORACIO GONZÁLEZ, LIDO IACOMINI Y GABRIEL FERNÁNDEZ. A pensar, para poder actuar.

LA SEÑAL MEDIOS
TEODORO BOOT / Respuesta amigable a Daniel Santoro

Por TEODORO BOOT *

Si se me permite y sin ser convidado, hay en todo este debate bastante representativo de una discusión tan generalizado como muchas veces, sorda, un equívoco muy serio y especulaciones demasiado aventuradas.

En lo personal, coincido con Santoro en el riesgo que siempre ha implicado y en el daño que ha producido cualquier intento de diferenciar kirchnerismo de peronismo y/o peronismo de kirchnerismo, que tiene fogoneros de distinta naturaleza, orientación e intereses.

Si fuéramos a las fuentes de una política nacional y popular, de liberación nacional y justicia social, evitaríamos los equívocos.

Podríamos discutir y, más importante, analizar lo que ocurre y lo que podemos hacer, de otra manera, sin tonterías ni razonamientos en estilo barrabravas.

Pero, evidentemente, hay conceptos e identidades que dificultan un debate productivo.

Y hay también “formatos mentales” que lo entorpecen.

Por ejemplo y sólo como genéricos ejemplos, por debajo o por detrás o más allá de posicionamientos políticos, existen estructuras mentales.

Algunas, estalinistas (tenidas por “ortodoxas”), otras organicistas o medievales a las que liviana y simplistamente suele tildarse de fascistas, y las hay populistas, nacionalistas o libertarias, insisto, independientemente de los posicionamientos políticos coyunturales de cada uno.

Pero además de las posiciones políticas y las estructuras de pensamiento, existen (y operan sobre la realidad) las identidades culturales.

De nuevo por ejemplo, al igual que Santoro y (aunque le pese y por más esfuerzos en contrario que haga) Horacio, tengo o sufro una identidad político-cultural muy definida y, a estas alturas, incurable: soy peronista.

Surge aquí una enorme e irresoluble complicación: ¿qué significa “ser peronista”?

Muchas cosas, me temo, y muchas cosas muy diferentes, como suele ocurrir más con las identidades culturales que con las políticas, que podrían ser siempre más específicas y programáticas.

De ahí que el peronismo suele funcionar más como una identidad cultural y un ambiguo sistema de pensamiento que como identidad política, aunque, casualmente, esos diversos sistemas de identidad suelen terminr por superponerse.

Es muy obvio, y a los hechos es fácil remitirse, que hoy por hoy el peronismo es la identidad cultural básica del pueblo argentino.

¿De qué otro modo explicarse la compulsión afiliatoria al Partido Justicialista (¡al Partido Justicialista!) de tantos miles de argentinos que jamás se han planteado si son o no son peronistas, de tantos que tal vez hasta crean no serlo?

¿Por qué el ansia afiliatoria va hacia ese lado y no hacia ningún otro de los partidos constituyentes del Frente Para la Victoria?

¿Qué es lo que hace que los jóvenes integrantes de un partido diferenciado, como Nuevo Encuentro, canten la marcha peronista, supongo que ante la perplejidad de los dirigentes del partido?

¿Por qué la marcha peronista y no la internacional o bandera rosa, es nuestro símbolo de identidad?

¿Qué es lo que hace que muchos “kirchneristas” que se han quejado de que los peronistas cantamos la marcha en forma “agresiva”, luego del 2008 han empezado a cantarla con la misma agresividad?

¿Por qué siempre nos terminamos remitiendo a esa identidad básica?

Aclaremos, hoy básica: antes de 1943 hubo otras, que a lo largo de distintos momentos del tiempo se fueron desdibujando, lo que también podría llegar a ocurrir con la identidad “peronista”.

¿Es hoy el kirchnerismo una identidad cultural comparable al peronismo?

¿Podría incorporarlo y superarlo como el peronismo incorporó al yrigoyenismo, y el yrigoyenismo al roquismo?

¿Puede resolverse esto mediante la discusión o el juicio de uno o más intelectuales, pensadores o políticos?

Se me hace que no, se me hace que el kirchnerismo podrá eventualmente perdurar (o no) como identidad político cultural que asimiló y superó al peronismo, no porque lo determine nadie en particular.

Lo decidirán el pueblo y el paso del tiempo.

Y si el kirchnerismo finalmente absorbe y reinterpreta al peronismo o desaparece como el mentado PI o el mucho más potente alfonsinismo ¿cuál sería el problema?

¿Qué importancia tendría cualquiera de las dos posibilidades?

¿Cuál es el sentido, de dónde surge esta manía por clasificar y etiquetar?

Nuestro trabajo no es ese, nuestro trabajo es (re)construir un movimiento nacional capaz de articular un frente nacional de liberación, lleve el nombre que lleve y conserve o invente la identidad que a las nuevas generaciones se le cante.

Pero a mi juicio, hay algo esencial: alguna vez el peronismo, o los peronistas, terminarán de comprender el enorme servicio que le prestó Kirchner: reconciliar al peronismo con los derechos humanos.

El peronismo en particular no violó los derechos humanos, aunque los crímenes de estado empezaron antes el golpe.

Y el peronismo fue su principal víctima, sólo que los peronistas interpretamos ya al principio, lo que terminó siendo al conclusión: los asesinatos, torturas y desapariciones eran sólo medios para conseguir la entrega del país y el sometimiento de los trabajadores.

Pero no le dimos bola a esos asesinatos, torturas y desapariciones en sí mismos, y ni siquiera advertimos cuán profundamente había afectado (al final) la percepción de una sociedad que, en principio, los había justificado.

Sólo así puede entenderse que cuando el líder de un partido que proveyó a la dictadura de la mayoría de sus intendentes denunciara de convivencia con los militares a una dirigencia sindical que se pasó en cana la mayor parte de la dictadura, la mayoría de la gente le creyera

Néstor vino a resolver esto, vino a reconciliar al peronismo con los derechos humanos.

Falta ahora el o los dirigentes, la generación de dirigentes, que pueda reconciliar al peronismo (o al kirchnerismo, si se quiere, o como mongopicho venga a llamarse) con los principios de la liberación nacional y la justicia social que se destruyeron en el menemismo, en un menemismo en el cual participó, ya sea en la práctica, ya en la estructura de pensamiento, la mayor parte de nuestra actual dirigencia política, sindical y cultural.

En mi opinión, de eso se trata la discusión.

Lo demás, si peronismo, si kirchnerismo, es pura tontería.

El tiempo dirá qué queda de cada cosa.

Se trata solamente de no ser sectarios y de construir desde el pueblo y, obviamente, para el pueblo, que viene siendo el gran convidado de piedra de nuestras elucubraciones, comunicaciones y polémicas.

Y en todo caso, como alguna vez dijo Leopoldo Marechal: “La de Perón y Evita es una de las encarnaciones de la doctrina nacional.

Hubo otras antes, y habrá otras después”

TB/

* Autor de Espérenme que ya vuelvo y Sin árbol sombra ni abrigo.

 

DANIEL SANTORO / La vuelta a la naturaleza o el buen salvaje neo-liberal

Por DANIEL SANTORO *

El actual gobierno se plantea, no tanto como un nuevo comienzo fundacional, sino más bien como una vuelta a la amable y eterna naturaleza de las cosas. Esto no podría lograrlo sin antes emprender la tarea de un desmontaje de los lugares de mayor densidad simbólica e ideológica, lugares en torno a los cuales el peronismo, y luego el kirchnerismo, produjeron y replantearon la novedosa articulación entre pueblo y nación, expresada sobre todo a lo largo de los 3 últimos gobiernos. Esta herencia simbólica se mostró en salones, monumentos, abigarrados fondos iconizados que enmarcaban las cadenas nacionales (maquetas, billetes, Eva Perón, Belgrano, Moreno, los héroes latinoamericanos, etc.), incluso afuera, por detrás de los ventanales no se dio descanso a los requerimientos escópicos, una Juana Azurduy, con su sable erecto, interpelaba a los gobernantes que se sentaban en el sillón de Rivadavia, un sillón de pronto ocupado ahora por un simpático perrito callejero, que por supuesto no tiene en su naturaleza hacer el mal. El nuevo régimen escópico cambió estas memorabilias nacionales por amistosas fotos de familia sacadas en parques y jardines, fondos de pura naturaleza, sin requerimientos, sin claves visuales a desentrañar; solo una muda y primitiva parodia danzante en el balcón de nuestros más caros discursos fundacionales bastó para que entendiéramos el nuevo paradigma, y ésta vuelta de lo natural incluye por supuesto el papel moneda, por tierra mar y aire se muestra la incontenible fuerza de la naturaleza, se exhibe un territorio a explorar, libre de cualquier prejuicio ideológico, purgado de las molestas pretensiones del que viene con opiniones propias. Ingrávidos, sin el peso de las herencias simbólicas, podremos ingresar al fin, con la naturalidad del buen salvaje, al paraíso “naturalizado” del poder global financiero.

Mientras tanto aquí, en nuestra tierra, los compañeros continúan tramitando el duelo de la derrota, se suceden las reuniones, las charlas informales, los intentos de alguna orgánica, se dice “algo tendríamos que hacer”, de alguna manera todo sirve para desangustiarnos, las más diversas opiniones circulan con total libertad, se duda de todo, ¿realmente hubo una voluntad de ganar? ¿Será Cristina la conducción? ¿Todo éste caos se ordenará con su vuelta al centro de la escena? ¿Será ella el factor de unidad, o precipitará las rupturas en espera?

Otros compañeros decidieron transitar esta etapa traumática reunidos en parques y plazas, dan pequeñas batallas asamblearias, se entregan a un desgaste inevitable y los hacen al ritmo y en el lugar que el adversario decide con su loco compas de verano, todo a contramano de los conocidos manuales de estrategia.

Es fácil advertir que la noticia más ansiada por nuestro enemigo será la de la ruptura del sistema kirchnero-peronista, la pinza metafísica ya está operando, por un lado el desmontaje simbólico naturalista y por el otro la inminente extracción del núcleo peronista que estructura al kirchenrismo, de modo tal que el kirchnerismo deshuesado pueda -cumpliendo una cruel paradoja- ser ese partido progresista que se insinúa en algunos parques metropolitanos (tan lejos de los conurbanos). Hay compañeros que sueñan el sueño del enemigo, el deseo que el kirchnerismo sea ese partido, un poco PI, un poco flácido y finamente purificado de la mugre peronista.

¿Y que de los sabrosos restos óseos del peronismo? con ellos seguramente se hará un puchero (un muleto liberal opositor), alimento nutritivo para las corporaciones.

Será la tarea de quienes se asuman como la conducción del conjunto de nuestro movimiento aplicar el delicado “arte de la conducción” (también entendiendo éste arte como la posibilidad de transformar la naturaleza). Sin éste complejo equilibrio que implicará renuncias, gestos de grandeza, extrema comprensión, empatía e incluso misericordia, la catástrofe que se anuncia en el horizonte será inevitable, y al menos los próximos 8 años serán, “naturalmente”, de Macri.

DS/

*Artista plástico.

 

HORACIO GONZÁLEZ / Naturaleza y peronismo: una respuesta a Daniel Santoro

Por HORACIO GONZÁLEZ *

La estima profunda que tengo por Daniel Santoro y su obra, me inspira esta breve respuesta a su escrito, que me pareció de gran interés. Concuerdo con la descripción que hace de una de las “pinzas”, la del naturalismo contra el simbolismo. En efecto, se produce en todo el país una acción que plancha la historia, la memoria y aspectos fundamentales de la vida social. Como no hay pensamiento político sin acciones simbólicas (artísticas, lingüísticas, poéticas, etc.), podemos decir que el país en su conjunto corre un riesgo no enteramente percibido hasta hoy, cual es de quedarse pasivo ante la colosal invitación, nunca hecha de este modo antes, para sacar la rugosidad histórica que tiene todo lo que hacemos como ciudadanos, y como seres humanos.
No obstante, no concuerdo tanto con el análisis que hace Daniel de la otra “pinza”, la que querría “deshuesar” el kirchnerismo de su osatura peronista. Debido a eso, dice nuestro amigo, la actividad de ciertos compañeros renuentes al “conurbano” desearían (“soñando el sueño del enemigo”) convertir el kirchnerismo en un simple y laxo progresismo –da el ejemplo del PI- debilitando la fuerza encargada de impedir aquel desguace tan bien señalado que está produciendo el macrismo. Como Daniel llama “metafísica” a esta otra pinza, eso nos permitiría pasar por alto la pregunta sobre quién la maneja. Pero no creo que sea una pregunta que se responda, por vía metafísica, mejor que por la vía política. No puede ser que “nadie” la maneje o que se maneje “sola”. Conociendo bien la extraordianria obra plástica de Daniel, diría que dentro de su obra, esto sería posible. ¿Pero lo es dentro del mundo político? No lo creo. Entonces hay que responder a esa difícil pregunta, y la respuesta sería que son los desnutridos progresistas los que quieren extirparse a sí mismos del alimento peronista, llamando entonces kirchenrismo a lo que quede luego de esa operación quirúrgica o gastronómica.
En el escrito de Daniel yace la misma dificultad que él resume con tanta facilidad en ese supuesto intento de quienes no tienen el gusto de conurbano y sí el placer de los parques más cercanos a sus domicilios. Ese es un prejuicio que también actúa como pinza, Daniel, tu propia pinza. En tu escrito decís primero el “peronismo y luego el kirchnerismo”. Allí hay una secuencia temporal. Luego decís “el sistema kirchnero-peronista”, convirtiendo aquella primera secuencia en un sistema. Y después, la pinza metafísica de desmontaje actuaría “sobre el núcleo peronista que estructura el kirchnerismo”. O sea, el kirchnerismo es un agregado al núcleo estructurante peronista, lo que ya es mucho menos que un sistema, y ni siquiera una secuencia, sino un ornato más o menos frágil que vino después.
Es cierto que en una simultánea mala explicación de los tiempos vividos, algunos querrían extirpar el peronismo del kirchnerismo y otros el kirchnerismo del peronismo. Ninguna de esas dos maneras de pensar me parecen adecuadas, y de una u otra forma caemos en el síndrome del “PI” o en el síndrome de “PJ”. El PI tan solo existe, como dirías vos, en la memorabilia argentina, y los macristas no harán un billete con el rostro de Oscar Alende, que ni saben que existió. El PJ, en cambio, sabemos que está en plena ebullición. Para que sea válido el “sistema” que proponés no deshacer, no creo que haya que desconfiar de las asambleas en las plazas. Tienen ellas otro síntoma, un frentismo social cada vez más necesario, que no anula ninguna memoria ni a los partidos existentes, cuáles sean. Es un llamado a rediscutir todas las identidades sociales y populares, sin portar pinza alguna. En cambio, se sobreentiende que los que empuñan ese indelicado instrumento son los “kirchneristas”, extraviados en otro tipo de naturalismo. Creo que no me equivoco al decir tus críticas que van hacia allí. ¿Pero porqué no se examina mejor para el lado de lo que llamás los “restos óseos” del peronismo. Si esos restos del Banquete, recordando a Marechal, se nos ofrecen a la vista, no será precisamente por la abundancia de oportunidades que hubo para revisar el peronismo y sus formaciones políticas actuales. Yo ahí tijeretearía bastante. En fin, no tengo muchas divergencias con tu escrito, muy bueno por otra parte en cuando a una meditación sobre el arte y la política. Pero queda flotando en el aire que hay un peronismo sustancial al que no hay que tocarle nada, del cual ni siquiera podría surgir otra vez un kirchnerismo o algo que se parezca. Bueno: te invito a la próxima plaza; vamos juntos. Este tema no se puede dejar sin discutir más profundamente.

HG/

*Sociólogo. Ex director Biblioteca Nacional.

 

LIDO IACOMINI / Algunas preocupaciones del verano del 16

Por LIDO IACOMINI *

Se acercan las elecciones en el PJ y la única presentación prometida (pero no oficializada aún) es la de Urtubey, candidato semioficial del ala conservadora más dispuesta a convertirse en la oposición deseada por Macri. Se puede prever que luego de los sondeos iniciales decanten dos o a lo sumo tres candidatos: Urtubey, Scioli y quizás Moreno.

Difícilmente se llegue a una definición vía electoral interna. La última se hizo a fines de los ochenta, casi veintisiete años atrás y la gran movilización de la llamada renovación culminó con el peor de los escenarios y el summun de la degeneración interna provocada por el menemismo y en consecuencia de la frustración. Desde allí siempre fue la negociación la que resolvió la conducción de ese organismo solo apto, según Perón, como herramienta electoral y poco más. No es muy creíble que esta vez sea distinto.

Para consumo de quienes hoy asumen con preocupación la perspectiva de la “elección interna”, tampoco tuvieron peso nunca la cantidad de fichas de afiliación como herramienta para dirimir supremacías internas. Algunas de las organizaciones lanzadas a la búsqueda de afiliados podrán si obtener cierta fidelización de militantes preocupados por el curso espontáneo de los acontecimientos. Y también por el futuro del peronismo, aunque hasta ahora la vida y la historia del peronismo nunca dependió de su aparato burocrático. En ese aspecto es correcta la apreciación de Cristina Kirchner, que deja correr estos acontecimientos pero opina que lo que decide en el movimiento nacional y popular es la capacidad de liderazgo.

Sabemos que sin el peronismo el movimiento nacional hoy no existe. Pero que sin el kirchnerismo (peronista y no peronista) tampoco es posible triunfar. Scioli lo sabe y por eso se aleja de la “oposición moderada” hacia posiciones más duras que le permitan contar con el kirchnerismo o una parte importante de él y simultáneamente se acerca al figurín de Lomas de Zamora, el chico Insaurralde. Así difícil creerle. Pero él piensa que finalmente la cosa se polarizará y a imágen de lo sucedido antes de las elecciones él será la opción de “unidad” para vencer a los Urtubey, Massa y De la Sota. En ese sendero la posición de Guillermo Moreno, más allá de su sectarismo, una suerte de Mariotto que sueña con el apoyo de La Cámpora, pareciera jugar tan sólo a negociar alguito. O al menos encontrar un sitio donde oxigenar su deteriorada figura.

Es un escenario donde el pueblo amenazado por la realidad macrista y el pueblo (o un sector minoritario de él) que resiste activamente, la ve pasar como algo extraño. Nada para entusiasmar. Para colmo en la CABA opera un aceitado acuerdo del portero Santamaría y La Cámpora y que nadie está en condiciones de cambiar por algo mejor.

Sin embargo hay un sector de la militancia genuinamente preocupado y que ojalá tuviera la oportunidad de cambiar esta historia. En mi caso, en primer lugar no soy peronista ni estoy dispuesto al oportunismo de disfrazarme a esta altura. Pero si me equivoco y tuvieran algún poco, aunque sea, de éxito brindaría con ellos. En segundo lugar creo que más preocupante es activar el Frente para la Victoria por la necesidad de dotar de una perspectiva política frentista -al más corto plazo- a las movilizaciones, tanto a aquellas que inevitablemente surgen por los atropellos del macrismo como las que aún en un período difícil inundan plazas y parques en búsqueda de orientación política, cobijo organizativo y amuchamiento afectivo, para enfrentar una lucha que recién comienza.

Mi preocupación tiene tres niveles: que las luchas parciales y desordenadas, -imprescindibles para no dejarle el campo orégano a la derecha restauradora y estimular la recuperación de los que se sienten muy derrotados y olvidan que perdimos una elección por muy poco- continúen desperdigadas y sean desgastantes; que seamos capaces de obtener éxitos aunque sean parciales (un ejemplo: obtener la libertad de Milagros Sala sería un paso de avance enormemente significativo) pero que puedan avanzar paso a paso en su aptitud de frustrar la entrega del país y tercero que tengan un horizonte político que sabemos tiene un plazo o etapa inicial de dos años y principalmente debiera culminar con una derrota del macrismo en el 2019.

No habrá una separación sensible y lejana entre esos dos aspectos: la movilización popular y la alternativa electoral. Sin movilización triunfarán a la corta o a la larga los Urtubey o Massa, sin construcción política y recreación de una mística transformadora no habrá proyecto nacional profundizado ni dirigentes que se hayan construido al calor popular.

LI/

* Area Internacional Carta Abierta / La Señal Medios

 

GABRIEL FERNÁNDEZ / El gran río, los brazos, el delta

Por GABRIEL FERNÁNDEZ *

Si abrevamos en el concepto de contradicción, hallaremos varias opciones interpretativas. Nos interesa, sin cerrarnos, esa variante inteligente que mientras admite la existencia del contraste, sabe o al menos intenta, diferenciar entre el principal y los secundarios. Todo esto acompasado por apreciaciones más cotidianas: el ser humano es muy variado, por tanto su proceder es diverso. Y lo es aún cuando proceda colectivamente de modo unificado. ¿Y el movimiento obrero? Ya veremos.

Por estas horas, como ratificando el decir de sus adherentes duros en las semanas recientes, Cristina Fernández de Kirchner se refirió a los“dirigentes sindicales”. Lo hizo con dos asertos esenciales, en pocos minutos de charla grabada por un celular: son todos más o menos parecidos, los metió en la bolsa, y son ajenos, pues los derechos los defiende cada miembro del pueblo sin intermediarios, cada integrante “empoderado”.

Late allí –CFK no lo dice, seamos honestos- pero late, otra dualidad con intensidad política: kirchnerismo – peronismo. De la objeción al reclamo por el impuesto a las ganancias  se pasa, en lo tácito, a recriminar ausencias e indisciplinas. Alejamientos. Pero más por debajo aún se palpa, al menos lo siente quien vivió varios períodos y no sólo el más reciente, aquél antiguo disconformismo, aquella lejana incomodidad, de las capas medias del movimiento para con los sindicalistas.

Esto no lo hace saber nuestra líder más votada y sin dudas portadora de logros gubernamentales extraordinarios que hemos marcado sin cesar en estas páginas, pero si lo manifiestan con total franqueza los militantes más duros de su vertiente: ahora no reclaman, ahora donde están, son unos traidores, pactaron con Macri, etc. Usted los lee continuamente, o usted dice y escribe esas mismas cosas lector, y sabe a lo que nos referimos sin exagerar.

Ahora bien, el dilema no es sencillo. Hemos indicado que se trata de militantes de nuestro movimiento; no estamos hablando de esos gorilones que odian a Cristina, al kirchnerismo, al peronismo, al populismo, a Chávez y a todo lo mejor que construyó América latina en la Década realmente Ganada. Por tanto, en primera instancia: tienen pleno derecho a debatir y a plantear diferencias. No viene por ahí la objeción de este texto; ya verá.

Vamos un tranco hacia atrás. Un puñado de dirigentes se desprendió del movimiento nacional hace varios años. Grave error que puede equipararse con el deletéreo concepto de traición. Pero resultaron eso: un puñado de dirigentes que en modo alguno representan a los centenares y más de sindicatos y sindicalistas que permanecieron firmes junto al gobierno nacional y popular. Para empezar entonces, una generalización es injusta, aunque además errónea. Si el conjunto del sindicalismo hubiera aceptado la coordinación de las corporaciones, empezando por Clarín, el gobierno de Cristina hubiera caído antes de los comicios del 22 de noviembre.

Luego, es pertinente señalar que tras la fuga de esos pocos sindicalistas, el gobierno impulsó la creación de una agrupación juvenil asentada en empleados del Estado. Esto hay que decirlo, porque no es eso lo que está mal: ser militante no es ser ñoqui, ser militante es entregar la vida cotidiana al mejoramiento del país. Eso son los pibes a los cuales hacemos referencia. El problema es que un agrupamiento de esa naturaleza, no está en condiciones de conducir hegemónicamente un movimiento bravío como el peronismo y mucho menos, de disciplinar al gremialismo en la Argentina.

No se trata de un deber ser. Es una realidad. La mayoría de los sindicatos argentinos no traicionaron nada en este período. Han crecido gracias al proceso industrializador impulsado por el kirchnerismo, lo han agradecido y han movilizado… hasta que se lo permitió esa hegemonía juvenil. Porque créase o no, en este período los sindicatos integraron a una masa enorme de nuevos militantes de base; delegados, activistas, pibes que también se lanzaron a bregar por un mundo mejor… pero que poseen diferencias sociales con los antedichos.

Meses atrás, cuando todavía el debate en el movimiento se asentaba en quién sería el candidato y si se ganaba en primera o segunda vuelta, un dirigente sindical de extrema confianza dijo a este periodista“estuve pensando; está muy bueno lo de los patios de la Rosada cuando habla Cristina, muy bueno… pero ¿sabés qué? ¡Son patios blancos!”. Le pregunté que quería indicar y explicó: “Nuestros pibes no pueden entrar, van y quedan afuera, después ya no van, es todo de La Campora, y nada más, son chicos macanudos, pero están dejando fuera a trabajadores de su misma edad, que quieren ir a ¡respaldar a Cristina! Ahí tenemos un problema”, señaló, perspicaz.

Y más. En diálogo más reciente con un sincero –en privado- militante de la famosa agrupación juvenil en cuestión, aseveró: “También ¿era necesario que tuviéramos todos todos los cargos en las listas y la mayoría de los funcionarios en los ministerios?”. Está claro. Quien suponga que esto es propaganda de La Nación que lo crea y entonces no se habla más, la verticalidad se impone para todos y todas y no se discute nada. Pero el movimiento nacional discute, corcovea, se enoja y plantea. Porque si no, los errores se repiten. Por ejemplo: ¿A nadie se le ocurrió que los sindicatos afines, los que se quedaron valga la reiteración, merecían puestos adecuados en el Ministerio de Trabajo? ¿Nadie supuso que para mejorar la actividad electoral el sindicalismo tenía derecho a insertar candidatos en las listas?

Pregunta simple: ¿Por qué no?

Es decir, el alejamiento se fue construyendo paso a paso, desde la asunción de Cristina hasta el presente. Derivó en la formación de un frente con identidad peronista al costado del Frente para la Victoria –a nuestro entender el FPV es la verdadera representación del movimiento nacional- y concluyó con una fuga de votos apreciable. Esos votos no podían ser contenidos en su totalidad porque estaban influenciados por otros factores, especialmente mediáticos, pero si parcialmente de haberse elaborado con más tacto el vínculo con el movimiento obrero organizado y con sectores de identidad peronista histórica.

No renegamos de nuestras palabras: hemos señalado oportunamente que el pueblo argentino vota populismo de centroizquierda y podemos realizar una narración ajustada, comicio por comicio en el orden ejecutivo nacional, que refrenda el comentario. Alguien dirá que los sindicatos no encarnan claramente ese perfil de centroizquierda. Entonces señalamos: no conocen a los gremios y a sus dirigentes que quedaron de este lado de la línea; no son nazis, ni fascistas ni corporativistas. Son compañeros con ideas  bastante avanzadas  y ya muy distantes de Moyano, ni qué hablar de Barrionuevo o Venegas. No los conocen porque muchos militantes de las capas medias también se guían por la orientación que reciben de los medios concentrados.

Pero además: no hay populismo sin sindicatos. Lo que es decir, como hemos indicado: no hay proyecto nacional sin movimiento obrero. La ausencia de Moyano se hizo sentir por su capacidad para arrastrar a la UTA, por la incapacidad propia para retener a la UTA, pero sobre todo por el destrato oficial hacia los sindicatos que se afirmaron en la defensa del Proyecto Nacional y Popular sin recibir un reconocimiento adecuado. Sin cámaras ni medios para hacerse ver y oír (salvo los nacional – populares carentes de financiamiento) y sin reuniones adecuadas con las áreas de Economía, Trabajo y Desarrollo Social.

Ahora bien. Todo este texto tiene la intención de amalgamar lo que se está desperdigando porque ya está visto que con una sola vertiente –el kirchnerismo- aunque sea la más votada y la más movilizada, no se logra vencer. Vencer en toda la línea, no sólo electoralmente, si se entiende. Y porque la reverberancia callejera de la adhesión del movimiento obrero organizado es una de las grandes armas culturales del movimiento nacional para combatir las campañas comunicacionales imperiales. Porque el kirchnerismo es un peronismo y no puede desplegarse sin integrar a su contradicción previa, no antagónica. Si la niega, pierde un componente de la elaboración.

Si el kirchnerismo no es un peronismo, como pretenden algunos entusiastas, entonces el kircherismo es una agrupación de clase media motorizada por individuos desorganizados que se juntan en una plaza convocados desde las redes sociales para efectuar demandas justas. Eso está muy bien pero con eso no se ganan las elecciones ni la hegemonía cultural nacional. La responsabilidad siempre recae en el liderazgo mayor. Entonces, este es un texto, también, destinado a respaldar a Cristina Fernández de Kirchner. A plantearle que sin el peronismo y sin el movimiento obrero organizado, ella pasaría de ser la jefa del movimiento en general, a la jefa de La Cámpora. Y lo que queremos es que asuma integralmente el liderazgo.

Pero el liderazgo está relacionado con la persuasión. Cada sector debe sentirse reconocido por el conductor, porque cuando hay zonas de exclusión la intensidad militante baja y los compañeros no saben bien qué hacer para apoyar un proceso que apoyan. Es común entre los dirigentes que arriban al peronismo desde la izquierda malinterpretar nuestra historia y presuponer que este movimiento es elementalmente vertical. No lo ha sido, ni con Perón, no lo es ni puede serlo, pues sus variados componentes encarnan fuerzas reales que batallan por salir a luz, expresarse y obtener cuotas de poder decisorio. Por tanto, tampoco es “elemental”: eso del choripán es un problema de La Nación y satélites, pero las ideas que fluyen por estos barrios son bien complejas.

Desde Jauretche y Scalabrini hasta Ubaldini, desde Cooke hasta Laclau, desde Rearte hasta Ongaro, desde Walsh hasta Ferla, desde el programa de Huerta Grande hasta los 23 puntos de la CGT, desde Perón hasta Cristina pasando por Néstor, por sólo citar un puñado, se registran dentro del peronismo tremendos y violentos debates democráticos –si, como discute nuestro pueblo, con energía y participación- que a su vez encarnan intereses profundos y vigorosos. La anulación de esos cruces a través de la hegemonía verticalizada sobre una agrupación, que además carece de la organización social de base adecuada, resulta letal y fuerza que los planteos emerjan descoordinados por aquí y por allá. El intento de encauzar esa trayectoria en pensadores como Ricardo Forster, una simplicación costosa.

Es claro que Cristina es jefa y cabalmente representativa. Es claro que La Cámpora es numéricamente importante y ha canalizado una militancia joven y valiosa. Lo que no es claro es porqué la líder y sus compañeros no dialogan con el resto del movimiento para incluirlo y potenciar así su propio desarrollo.Ahora bien, si quienes ocupan ese lugar recurren a la sencilla caracterización de toda disidencia como traición (a este periodista, por caso), estaremos condenados a configurarnos como una vertiente de los sectores medios altamente movilizados pero sin posibilidades cabales de victoria ante deficiencias para abarcar el arco social propio.

Y además, sesgando hacia un detalle: ¿quién fue el genio que desde Canal 7 dispuso en los últimos tres años que en los actos públicos y masivos del oficialismo se enfocara sólo las banderas de La Cámpora? ¿Creyeron que no se notaría que volcaban la cámara cuando arribaban el Evita, el Kolina, los sindicatos, los agrupamientos sociales? La dirección periodística de las transmisiones de esos magníficos eventos logró transformar enormes movilizaciones populares en festivales de muchachos porteños. Lo cual se constituyó en un verdadero festival para los medios concentrados.

En la lectura del tiempo histórico corto, puede suponerse que el kirchnerismo inventó todo desde la nada. Esa puede ser incluso, la legítima percepción de sus hacedores. Legítima pero equivocada. El pensamiento nacional con epicentro en el forjismo, el movimiento obrero pese a las defecciones y las organizaciones sociales en el último tramo del siglo anterior, mantuvieron banderas que fueron retomadas. La gran gesta del 19 y 20 de diciembre del 2001 quebró la cerviz del neoliberalismo y abrió las puertas al paso de la historia. Felizmente, el kirchnerismo observó esa herencia, se montó sobre ella y condujo la nación hacia un progreso que años antes resultaba impensable.

La admisión de ese decurso enriquece. Es doloroso que algunos compañeros supongan que desmerece los logros del tramo reciente: los realza como parte de una historia de luchas sorprendente, inteligente y heroica. Pero algo más para terminar: es preciso sacudirse esa prevención social en contra de los sindicatos. Ese gesto cultural que aleja porque lleva a percibir ajenidad sobre un espacio vertebral del movimiento nacional y popular, y por lo tanto del Proyecto que con gallardía el kirchnerismo ha llevado adelante.

Los cambios los hacen los pueblos. Las franjas militantes contribuyen a acompañar, esclarecer y organizar. Cuando se alejan y pretenden decirle a los pueblos todo lo que tienen que hacer, están sustituyendo sus organizaciones, pero sobre todo sus ritmos, sus culturas, sus representaciones genuinas. Estamos a tiempo de ensamblar lo propio. Somos una potencia extraordinaria. Podemos ser una totalidad sin abandonar nuestras concepciones parciales.

GF /

*Director La Señal Medios / Area Periodística Radio Gráfica

 

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