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sábado , octubre 20 2018
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Las elecciones más disparatadas de la historia

Por Gabriel Fernández *

Hemos analizado a fondo los pasos que viene dando la Alianza PRO – UCR. Es tiempo, también, de mirar hacia dentro.

El año 2015 puede considerarse como un período de fracasos plenos de la oposición… hasta la elección presidencial. Con ironía, alguien puede apuntar: la excepción que confirma la regla.

Recuerdan el Caso Nisman. Un intento desestabilizador en toda la línea deglutido por la realidad. Un gobierno nacional fortalecido tras la tromba desatada a mediados de enero. Y luego, las dificultades para ganar en Ciudad, con un Lousteau pisando los talones. Además, la derrota en Santa Fe, donde Del Sel aparecía como la bandera popular del PRO. Y bastante más.

Durante varios meses, el movimiento nacional tuvo cinco precandidatos presidenciales. Tres kirchneristas, Randazzo y Scioli. La presidenta de la Nación, con criterio unificador, convocó a darse un baño de humildad a quienes no medían adecuadamente y así, Urribarri, Taiana y Rossi, se bajaron. Después de corcovear, el ministro de Transportes hizo lo propio.

El gobernador bonaerense quedó como único candidato a la jefatura de Estado debido a la ecuación de dos factores centrales y comprensibles: el favor del público y la decisión de Cristina Fernández de Kirchner.

Sin embargo, desde el mismo núcleo que manifiesta verticalidad a la presidenta, empezaron a surgir las objeciones. Por entonces dijimos: tras designarlo, descubren que Scioli no es lo suficientemente kirchnerista. ¿Para qué hicieron bajar a los tres dirigentes nítidamente ligados a ese espacio?

Se desplegaron las PASO. Traumáticas en provincia de Buenos Aires, donde Aníbal Fernández y Julián Domínguez cruzaron acusaciones tremendas y generaron una fractura que aún hoy no logra superarse.

Datos relevantes de aquella elección: cientos de miles de votos contra Aníbal a favor de Scioli y contra Macri a favor de Vidal. Pensamos: ante un comicio sin disputas comarcales “las cosas vuelven a la normalidad”.

En todo el tramo: se observó cómo dirigentes políticos y sindicales que habían militado en el Frente para la Victoria, se desplazaban hacia el Frente Renovador sin esbozar una apertura de diálogo. Es más, se alentó soterradamente esa formación con el argumento de debilitar al macrismo.

Sin embargo, debido a la configuración básica de las referencias massistas, esos votos no podían surgir del liberalismo conservador ni del radicalismo, si no de variantes peronistas y ex kirchneristas. Por tanto, mientras el PRO y la UCR tejían su acuerdo, el movimiento nacional disparaba su división.

Hasta aquí, extraños errores que, sin embargo, podían explicarse por una combinación de estilos hegemonista y vertical. Pero entre la semana previa al comicio del 25 de Octubre y la campaña hacia el ballotaje, el panorama se agudizó.

Volantes sin el nombre del candidato, agrupaciones completas que desertaron de la campaña, declaraciones estentóreas de funcionarios nacionales que contrariaban las posibilidades de la fórmula del Frente para la Victoria. Medios propios que devaluaban la propuesta propia.

Si repasamos en detalle el tramo, veremos que los esfuerzos de los dirigentes del Frente Renovador para acercar a sus votantes hacia el tándem Scioli – Zannini, fueron objetados por los mismos referentes del gobierno nacional.

Hablaron con claridad De Mendiguren, Lavagna y Solá. Definieron de un modo sorprendente que no iban a respaldar un proyecto financiero y plantearon la necesidad de optar por la continuidad del proyecto industrial. El ex gobernador bonaerense llegó a poner su militancia codo a codo con el sciolismo, varios sindicatos y el Movimiento Evita para caminar el distrito.

Las réplicas fueron aceleradas e intensas: Randazzo, claro, Aníbal (¿?) y Kicillof (¿?!!!) salieron a golpear duro contra el Frente Renovador, deshaciendo una parte de los esfuerzos de sus dirigentes para alcanzar un acercamiento. Randazzo, capítulo aparte, cargó intensamente sobre Cristina y Scioli.

La población más inteligente y modesta se puso la campaña al hombro. Miles y miles de integrantes dignos del pueblo argentino salieron a las calles a clamar por la persistencia del proyecto nacional. El fin de semana clave, la zona de clivaje ante la opinión pública… ¡fueron desconvocados por la Agencia Estatal de Noticias! Igual, inundaron las plazas.

Pero las cosas no terminaron ahí. Se extendieron al día mismo de la segunda vuelta. Ese 22 de noviembre, cuando todavía faltaba escrutar el 30 por ciento de las mesas, el mismísimo Daniel Scioli resolvió retirarse de la contienda y admitir la victoria de Cambiemos cuando la Cámara Nacional Electoral no arriesgaba resultados.

Ese 30 por ciento no venía de Mendoza. Se asentaba en las zonas más humildes de la provincia de Buenos Aires, donde –si se observa con atención- el Frente para la Victoria alcanzó el favor del 70 por ciento de los votantes.
El retiro de la escena –módica, con un candidato apenas acompañado a nivel dirigencial por Alberto Pérez- permitió que la imagen de trazo grueso, en horario central televisivo, resulte la del macrismo celebrando una victoria que, por esas horas, parecía holgada: seis por ciento de diferencia.

Apenas una hora después la distancia se había reducido a tres puntos. Como en un partido por el descenso, el puntaje es absoluto: uno pierde, uno gana; no hay fragmentación de porcentajes. Faltaba mucho y había esperanza… salvo para los dirigentes del Frente para la Victoria, muy convencidos de la derrota.

Siguió el conteo hasta hoy. Ya está instalada la distancia en el 0, …. Pero nadie se entera. El titular de la organización electoral, Alejandro Tullio, comunica las trascendentales informaciones por tweet, en segmentos confusos donde en lugar de brindar los datos generales claros, difumina y corrobora (opina) que sigue ganando PRO – UCR.

Y todo enmarcado por un chantaje gigantesco que amedrenta a periodistas, militantes y dirigentes: Clarín omnipresente advirtiendo con infantil y poderosa crueldad, que si gana el Frente para la Victoria se considerará fraude, y que si se impone el PRO se admitirá la transparencia del comicio.

Así de simple: todas las pantallas, los periódicos y los diales amenazando al país que el único resultado aceptable sería la victoria de Mauricio Macri. No se registró una réplica firme desde los medios del Estado.

Y aunque el compromiso que asumimos todos los medios fue el de no difundir bocas de urna, propios y ajenos coincidieron, a las 18 horas, en determinar como irreversible un triunfo macrista cuando no se había abierto siquiera una urna en todo el territorio nacional. En el colmo del dislate, la empresa citada como autora de los sondeos, negó haberlos realizado.

Bien. Una vertebración de larga tradición electoral como el peronismo sabe que los comicios deben pelearse con los fiscales presentes y los apoderados atentos, distrito a distrito, mesa a mesa, voto a voto. Pero nadie parece interesado en el escrutinio definitivo.

Como verán los lectores, esta es una narración de los sucesos. Que alguien diga que no ocurrieron así y que los protagonistas no se comportaron como estamos señalando. En modo alguno implica una denuncia. Se trata de la crónica de la campaña más loca de la historia.

Director La Señal Medios / Area Periodística Radio Gráfica

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