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miércoles , diciembre 19 2018
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Apuntes sobre Tucumán: No es sólo neoliberalismo

Por Carlos Raimundi *

En 1989, el capitalismo triunfante buscó superar el esquema de la Guerra Fría imponiendo a los regímenes de economía planificada y partido único la fórmula conjunta de economía de mercado y democracia electoral. No porque creyeran en esta última (habían financiado demasiadas dictaduras como para persuadirnos de ello), sino porque era el modo de presentar como más amigable la exclusión social que sobrevendría, fingiendo que los terribles ajustes se efectuarían con el consenso de sus propias víctimas: los pueblos. Para ello montaron un colosal sistema de legitimación cultural del neoliberalismo, a través del monopolio de la comunicación de masas.

Crisis mediante, América latina emergió de aquella década y en lo que va del nuevo siglo utilizó la democracia electoral para erigir gobiernos populares que aplicaron políticas lesivas de aquel poder financiero que parecía infranqueable.

Es por eso que, en esta etapa, el conglomerado financiero-mediático-petrolero-armamentista ha decidido dejar atrás aquel aspecto instrumental de la globalización en el que nunca creyeron –la democracia electoral– para abocarse de lleno a su finalidad última, que es la gobernanza global por parte de los mercados.

Los recientes episodios de desacreditación del voto popular no representan tan sólo un intento desesperado de retornar al neoliberalismo de los años noventa, entendido como la aplicación de medidas económicas en que el Estado cede su intervención en beneficio de los grupos económicos, sino que se trata de una nueva fase del capitalismo, que busca situar geopolíticamente a nuestros países dentro de un marco de referencia de alcance global, signado por el gobierno de las empresas por sobre los Estados.

En Europa –que a partir de la posguerra fue un modelo institucional– ya no gobiernan las instituciones políticas, sino la tecno-burocracia de sus instituciones financieras. En Medio Oriente, el complejo militar industrial se ocupa minuciosamente de sostener un alto nivel de conflicto que va renovando sus características y agravando sus consecuencias hasta el punto de tornarlo casi irreversible, como vía para seguir ejerciendo su control sobre los hidrocarburos y garantizar en paralelo la demanda de armamentos.

Les falta torcer el brazo de América latina. Y para ello, como lo muestra el ejemplo de Grecia, deben deslegitimar los pronunciamientos populares llevados a cabo en elecciones libres. A poco de producirse la victoria de Nicolás Maduro y su ratificación a nivel de las comunas, lanzaron las guarimbas como modo de desestabilización de un gobierno recientemente surgido de la voluntad electoral. Algo similar intentan respecto del presidente Rafael Correa en Ecuador. En Brasil, a muy poco tiempo de haber sido reelegida Dilma Rousseff, el candidato perdedor y hasta el ex presidente Fernando Henrique Cardoso pugnan por su derrocamiento en lugar de priorizar la propia alma del sistema, que es respetar la voluntad de su pueblo. Y la propuesta opositora no es sólo retirar al Estado de la economía, sino retirar al propio Brasil de los bloques internacionales que integra, para incorporarlo a la órbita del poder financiero transnacional. Es decir, por un lado,
la retirada de la política, y por otro, la confirmación de la dimensión geopolítica de la conspiración.

Vienen preparando durante mucho tiempo un clima de desvalorización de la política, corrupción siempre pública y nunca privada, desprestigio de sus líderes, para coronar derribando el corazón mismo del sistema, que es el momento electoral. Curiosamente, el único instante en que el poderoso y el excluido asimilan su status en un estricto estado de igualdad.

Los recientes acontecimientos de Tucumán revelan que la Argentina no es ajena a esa estrategia del poder financiero. No en vano son los candidatos opositores los que, como palancas internas de ese poder transnacional, afirman que nuestro país debe acatar el fallo que favorece a los buitres. Los mismos que se regodean de ese profundo contrasentido que, cadenas mediáticas mediante, transforma un comicio con una clara diferencia entre el primero y el segundo, en un escenario de caos y represión, refrendado, lamentablemente, por una policía provincial cuya formación debe ser profundamente modificada. La presencia de Mauricio Macri en Tucumán, aun a sabiendas de lo abultada que sería su derrota, es la muestra más clara de que su objetivo era nacionalizar el cuestionamiento del acto electoral del próximo 25 de octubre, que preanuncia su derrota.

La magnitud de esta agresión a la democracia, el hecho de que se cuestione su propio núcleo conceptual que es la voluntad popular, marca la profundidad del objetivo que buscan. Y debe marcar, además, el alto nivel de concientización y movilización del que debemos dotarnos, y el grado de solidaridad con los pueblos y los gobiernos populares que están atravesando la misma situación.

* Diputado nacional Frente para la Victoria / La Señal Medios

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