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sábado , octubre 20 2018
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Copa América: Legado de cenizas

Por Gustavo Ramìrez *

El mantra futbolero se mide por el tamaño de los resultados. La Selección Nacional por potencia de nombres ostenta el extraño de privilegio de ser siempre favorita. Por suerte el fútbol no tiene respeto por los nombres y la irreverencia de la dinámica impensada hace que, por momentos, lo previsible no lo sea tanto. La sequía de títulos obliga y empuja. Lo cual hace que perdamos un poco el eje en cuanto nos calzamos los guantes para discutir sobre fútbol.

El legado mercantil presupone que el grueso estructural de futbolistas de buen pie se yergue en las ligas millonarias cultivadas en el extranjero. El valor de cambio de un jugador parece determinar la calidad del mismo en una falsa apreciación que goza de buena prensa y cierto prestigio cultural. Sin embargo, si observamos con detenimiento, el monopolio del buen juego no se encuentra en esas ligas monocordes y unidimensionales donde la competencia se diluye en el pantano del costo-beneficio. En ese juego, pretendidamente ilustrado, la cadencia lúdica se recrea en la expectativa monetaria: Los que más tienen arman equipos con figuras descollantes, mega estrellas de brillo opaco, que se asemejan más a dioses griegos que a humanos. Los campeonatos económicamente ricos son pobres futbolísticamente hablando en términos de competencia.

La expansión publicitaria reconvierte el concepto del fútbol. Es frecuente observar a pibes de nuestros barrios luciendo camisetas de equipos que no conocen. Rehenes del marketing. Admiradores de jugadores cyborgs capaces de proezas míticas de videosjuegos. “Poderoso caballero es don dinero”. Y el dinero mueve la maquinaria en la que se ha convertido el entorno del juego. No es menos curioso que estos pibes puedan nombrar a cinco jugadores de un equipo millonario europeo y desconozcan, significativamente, a un mismo número de jugadores de Olimpo, por ejemplo. El empuje globalizador de lo mediático ha consumado un crimen cultural que daña a más de una generación.

La fabricación de artificios llega también a la construcción política del fútbol. Desde la primacía simbólica de la cultura del aguante hasta la ponderación irritante del fútbol foráneo en detrimento de los campeonatos locales. La constante desvaloración del fútbol local en boca de pusilánimes informativos favorece sustancialmente a la aristocracia futbolera europea. Hoy un jugador solo es si triunfa en el viejo continente. Así llegamos al punto que la convocatoria selectiva del cuerpo de jugadores locales sufra un constante ninguneo. Resulta que un jugador de Lanús, por ejemplo, que no cuenta con el beneplácito del mercado está imposibilitado de llegar a ocupar un puesto en la Selección.

¿Por qué vale más un campeonato en la Liga italiana que uno del torneo Argentino? ¿Por qué se pondera el juego del Atlético de Madrid y se desacredita el valor futbolístico de Belgrano de Córdoba? ¿Por qué un lateral de Gimnasia y Esgrima no puede ocupar el lugar de un lateral que juega en un equipo desconocido de Europa?

El fútbol se congracia con zonceras ilustradas que surgen de bocas preferenciadas, desde las tribunas de doctrina. La soberbia del mercado expulsa de la selección a jugadores que podrían servir al funcionamiento estratégico del equipo. ¿Es posible que a nadie le llame la atención que en el equipo representativo del país no participen jugadores del fútbol local? ¿Cómo se puede hablar de esencia o de “jugar a la nuestra” con “profesionales” que hace años no juegan en nuestros campeonatos?

Cuando se habla de la Selección, más allá de quien sea el Técnico, se habla solo de aquellos jugadores que participan de competencias extranjeras. La ausencia de jugadores del terreno local es un claro menosprecio cultural y geopolítico hacia lo nuestro. Prima la visión europeizante. Esto no quiere decir que no haya que convocar jugadores de aquel fútbol. Quiere decir que la constitución formativa del seleccionado no puede quedar engrampada a la demanda rudimentaria del negocio.

Contrariamente a lo que pregona el sentido común, el Torneo Argentino es uno de los campeonatos más competitivo y parejos del mundo. Existe en su propia constitución una variable inagotable de expresiones tácticas y estratégicas que sobrepasan el discernimiento del gusto personal. El fútbol argentino es un fútbol rebelde. Donde el jugador no queda preso de un disciplinamiento predeterminado por la concepción individual del DT. El jugador del fútbol local es por naturaleza irreverente. Mientras que el profesional de la pelota que desarrolla su carrera en las mal llamadas ligas de alta competencia, es un autómata disciplinado sin cabeza propia para romper esquemas predeterminados. Los jugadores no se hacen en una fábrica de jugadores. Se hacen en el campo de batalla. En la cancha embarrada donde no hay que esconder la pierna. En la patada leal que no se preocupa por el color de los botines o el look del pelo. En festejo espontaneo del gol donde un grito es todos los gritos.

Si hay algo que vale la pena mencionar del Mundial de Brasil es la recuperación del espíritu lúdico en la humanización del juego. Imperceptible para las grandes transmisiones, hubo una especie de revival del concepto casi de amateur del fútbol. Porque en definitiva primaron las ganas de jugar y de hacerlo bien. Cada uno con las herramientas con las cuelas podía encontrar. Y curiosamente, no fue el Mundial de las mega-estrellas. Algo parecido está sucediendo en ésta Copa América que algunos devalúan porque se hace, precisamente, en América. Cada equipo conformó su rebeldía identitaria más allá de los nombres sobresalientes en su equipo. De hecho los favoritos no lo fueron tanto. Para muestre vale señalar que en la disputa por los mejores cuatro se metieron Paraguay y Perú que a priori no estaban en los planes de la corriente mediática.

Ahondando. La selección de Martino, con una gran cartelera de nombres, llega a la instancia semifinal con más sacrificio que pompa.
En la validación nutritiva del juego por encima de las preminencias mercantiles queda demostrado que el fútbol no es producto de la circunstancias del valor comercial. Más allá del legado de cenizas que pretender dejar los buitres del entorno, el fútbol es todavía humano. Vale entonces reconfigurar la perspectiva de convocatoria a la Selección Nacional, prefigurando que no es absolutamente necesario contar con jugadores que participan en campeonatos impropios. Es hora de poner al fútbol local en el lugar que se merece, sobre todo en razón de los resultados. A nivel clubes el fútbol argentino se impone en el continente. Nuestra escuadra mayor es la segunda mejor a nivel mundial. Cuatro técnicos argentinos conducirán distintas selecciones en las semifinales de la Copa América. Sí. Somos los mejores. Nos la tenemos que creer porque como se juega al fútbol en nuestro país no se juega en ninguna parte del mundo, sobre todo porque nuestro fútbol es profundamente peronista, nunca le tuvo miedo a meter la pierna en el barro de la historia.

* Feos Sucios Malas / La Señal Medios / Radio Gráfica

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