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domingo , febrero 17 2019
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La Boca, el periodismo, la filosofía y el corazón

 

POR GABRIEL FERNÁNDEZ

Era de La Boca el hombre. Tomó esa identidad barrial, la sublimó y la llevó al ámbito de la filosofía; rozó las alturas sin dejar de Ser.
Nació el 10 de noviembre de 1919. Parece haber transitado feliz una infancia que, madre y padre queribles, dejó una huella sensitiva: el amor –el respeto- por el tipo común.

De pibe nomás capturó dos pasiones que lo ayudarían a pensar y sentir. Cuando vio cómo en un rectángulo se cruzaban talentos y dolores, grandezas y mezquindades, alegrías y desencantos, se zambulló en el fútbol y nadó en sus cauces variados hasta el final. Cuando escuchó la vibración del bandoneón y las voces atipladas de los mejores, resolvió que esa música se afincaría en su corazón.

Con el tiempo, desplegó su saber callejero por “El Gráfico”, “Goles”, “Noticias Argentinas”, “Humor”, “Tiempo Argentino”, entre otros medios. Gustaba de la expresión “papelero” para hallar un sinónimo certero de periodista: y lo que podía ser una descripción llegó a constituirse en valoración.

Pues deslizó en su propia obra que un periodista necesita contener calle, lápiz, máquina y papel. Aclarando que había muchas maneras de hacer dinero con este oficio, que no era necesario escribir, pues los medios ofrecían micrófonos para leer cosas hechas por otros, pantallas para mostrar rostros, temáticas livianas para interesar giles. Pero periodista “papelero” en serio, estimaba, es aquél que ama la tinta y el papel; aquél que genera una creación.

Con esos parámetros, Ardizzone dejó algunos textos significativos. En ellos se filtran sus amigos Discepolo, Troilo, Manzi. A su través el lector se adentra en un ambiente melancólico, atravesado por el humor; hondo. Y se imagina al autor redactando lentamente, tras encender un cigarro y beber un buen café.

Por caso, vale adentrarse en un poema capital, que contiene el conjunto de su mirada: A solas con uno mismo. Y a partir de allí transitar su El hombre común, El día de los papeleros, ¿Porqué es que corre tanto usted señor?, El cheteísmo argentino, Prode, para mencionar un puñado de textos que merecen leerse por placer, y al mismo tiempo disparan pensamientos que pueden derivar en cambios interiores en quien se asoma.
El hombre de La Boca era severo con los poderes y las figuras estelares, y bondadoso y comprensivo con los seres comunes. Portador de un ideario social intenso, se esforzó por llegar lejos en su difusión, incluyendo entre sus destinatarios “la señora que está haciendo los tallarines para la familia, a ella también hay que despertarle su capacidad de pensar”.

Pero era severo: resuenan todavía sus tremendos golpes sobre Guillermo Nimo como analista futbolístico televisivo, sobre Juan Carlos Altavista por reducir al hombre común a un vulgar Minguito, a los colegas que brindan singular espacio a vedettes y figuras de moda, a Alvaro Alsogaray y su visión de la economía nacional, a la tele de Gerardo Sofovich, y varios mandobles más.

Ahora bien. Cuando en medio de la fauna oportunista detectaba el talento, también lo señalaba. La elegancia de Pontoni, la habilidad del Charro Moreno, el genio de Troilo, el bocho del maestro Pedernera, la grandeza de Manzi (destacaba entre tantas obras, “Romance de barrio”), la voz de Fiorentino. La profundidad discepoliana.

Y la extraordinaria capacidad de Maradona, a quien descubrió como neurótico de pibe –se animó a decirlo- y admiró hasta el final, al punto de hacer volver de la cobertura del Mundial de México a un cronista que lo calificó con sólo ocho puntos tras el partido con Inglaterra, según evoca Alejandro Fabbri. El mismo Fabbri explica el criterio en palabras de don Osvaldo: “la credibilidad es como la virginidad, se pierda una sola vez”.

Ardizzone logró algo interesante para un periodista: grandes lectores. Quizás uno de los más destacados haya sido el colega y maestro Néstor Basile. El gran tripero ha dicho: “Ardizzone sabía exactamente el momento justo donde surgió el misterio, la oración del misterio, esa insinuación que inducía y que uno quería seguir leyendo”.

Se fue el 8 de enero de 1987, cuando tenía 67 años. Dejó buena huella. Quien esto escribe pudo conocer a varios de sus amigos, pero no al protagonista del artículo. Son sus artículos, su prosa y su poesía, los que han quedado dentro. Brinda orgullo redactar estas líneas para Conexión, y ayudar levemente a que la gente del Sur sepa quién recorrió las corcoveantes calles del barrio.

*Director La Señal Medios / Area Periodística Radio Gráfica
Texto escrito para la Revista Conexión 2000 Arte y Cultura

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