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lunes , junio 25 2018
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Identidades

 

POR GUSTAVO RAMÍREZ

“Sin independencia económica no hay justicia social”
Juan Domingo Perón

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No es con amor que se ha reconstruido el país. Tal vez porque como titulaba en uno de sus films Rainer Fassbinder “el amor es más frío que la muerte”. Para el 2001 Argentina era un cimiento destruido. Arrasada por una derrota económica-social. Berlín de posguerra.
En la antesala del infierno la muerte se cobraba por hambre y por desidia. La patria era una abstracción académica que no lograba interpelar un presente descarnado y caníbal. El Yo de la Nación mamaba una teta desnutrida y seca de un Estado sin estado. En esa singularidad, que afectaba a millones en el país, la política era un reducto cuadrado. La dirigencia estaba de rodillas y con la boca abierta.
No. No fue el amor. Durante años, desde las estructuras socio-política el poder se relegó a un ámbito fantasmal y de submundo. La élite gobernante conspiró contra la patria misma bajo tierra. En la superficie, los medios y la educación formal, construían imperativos categóricos para la propagación epidémica del sentido común. Para ello primero hubo que violar al Estado de Derecho. Bombardearlo. Torturarlo. Desaparecerlo. Identidades suprimidas. Borradas. ¿Dónde estábamos entonces? Corriendo, siempre al borde.

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No es el amor. Tampoco fue el odio. Siempre fue la política. Desde 1810. Fue la política a sangre y muertos. ¿Cuántos cadáveres se necesitan para hacer una Patria? Todos aquellos que se puedan olvidar con facilidad. Si son peronistas y pobres mejor. Esa descomposición del cuerpo social contó con el aval de un academicismo intelectual que prescindió de lo popular en nombre del progreso y la civilización. Hubo quienes taparon muertos con libros.
La reivindicación social implica una recuperación del terreno simbólico. El peso específico de la política. No hay presente sin historia. Cierto progresismo arribista diluye el devenir histórico. Sitúan el nacimiento de la criatura en el 2003. Forzado y remilgado estereotipo de lo que no es. Aquel año comenzó el despegue. Pero el viaje había comenzado muchos años atrás. Tal vez el 17 de octubre de 1945. Quizá con el levantamiento del General Valle. O fue la resistencia noventista del MTA. La criatura tiene ADN peronista. De otra manera no podría ser revolucionario.

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La política forja identidad. No una identidad como categoría académica. Más concreto: una ontología de un ser social, parafraseando a malamente a Lukács. Ese Ser cotidiano y hereje para la oligarquía fundacional. El Ser ahí, con las patas en la fuente. El Ser sujeto de derecho.
Doce años atrás Plaza de Mayo era símbolo de resistencia y lucha. Hoy es lugar de encuentro de celebraciones populares que se identifican con ese Ser social que ha recuperado su identidad como sujeto de la historia.
Desde comienzo de año los exegetas de los Círculos Infernales movieron sus piezas para asestarle un golpe mortal a la criatura. Forjaron fantasmas que terminaron suicidados en baños de departamentos exclusivos. Apostaron sus billetes desteñidos y sus viejas monedas de oro al caballo rengo de una Justicia sometida y desaliñada. El pingo se manco en los primeros cien metros. La ruleta rusa financiera los alineó detrás de la bandera imperial. Los teléfonos de la embajada se incendiaron. Los vampiros locales y los buitres foráneos subestimaron la fuerza política de un gobierno consolidado y sin titubeos en sus decisiones. Volvieron a sus cuevas vencidos y sin respuestas.
Las cancerígenas partículas mediáticas fomentaron el derrotero insultante del fin de ciclo. Los mercenarios del periodismo mesiánico blandearon sables de plástico frente a las cámaras. Libraron guerras imaginarias en terrenos montados por computadoras. En un momento apreció un Terminator de redacción fría que se quedó sin municiones en una volanta. Los relatos de ciencia ficción sobre cuentas bancarias sucumbieron ante el peso de los hechos. El Terminator se desintegró sin haber podido estrenar su arma secreta. No llegó el Armagedón. No hubo, ni hay fin del mundo.

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No hay crónicas marcianas. Ninguna nave espacial llegó de otra galaxia con extraterrestres para poblar la Plaza. Este fin de semana el pueblo le dio una lección a aquellos que subestiman su fuerza y su inteligencia. El mensaje fue claro: Cristina no está sola. Éste gobierno no está solo. La movilización popular contundente, organizada y espontánea les duele. Les molesta. Porque los deja expuesto. A ellos. A los que durante años nos sometieron con sus políticas de control y de desmembramiento. Ellos que estilizaron su imagen según el molde propuesto por otros. Ellos que hicieron de la Patria un acto escolar. Ellos, que ocultaron sus muertos tras las fachadas de titulares bien pagos.
No fue un 25 de Mayo más. No fue el amor. Fue siempre la política. Política que recuperó la identidad social de Patria. Política que reivindicó al peronismo por encima del enciclopedismo asistencialista del progresismo. Política del estado de bienestar. Identidad política. La Patria no es el otro. Somos nosotros. Los parias. Los pobres. Los trabajadores. La Patria es también el peronismo. La Patria es nuestro destino. ¿Estamos los suficientemente maduros para defenderla? No. No es amor. Es política. Siempre. Esa es nuestra identidad.

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