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domingo , junio 16 2019
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Un juez y un jarrón

POR GABRIEL FERNÁNDEZ
No era fácil entender sobre qué se estaba discutiendo. Pero toda la sociedad aparecía fascinada por esa combinación de ídolo transgresor, prostitutas adolescentes, policías corruptos, juez determinado e inaccesible.
¿En qué consistió el afamado y jamás develado Caso Coppola?
El espectáculo fue en 1996. Logró tanto éxito que las pantallas lo llevaron a ocupar buena parte del verano del ’97. En el ’98, la telenovela tuvo su segunda parte a través de un juicio oral y público.
Los acusados fueron Guillermo y Claudio Cóppola, Yayo Cozza y Tomás Signorelli, los cuatro por tenencia de drogas, y en medio de todo se debatió sobre el paquete encontrado en el jarrón de la casa del representante de Maradona.
Los imputados sostuvieron que les “plantaron” los estupefacientes. Apuntaron a los policías bonaerenses que trabajaban con el polémico juez Hernán Bernasconi.
Los defensores de los involucrados hicieron circular que se trató de una operación política de Eduardo Duhalde contra Carlos Menem, ya que se tiró contra Cóppola para golpear a su amigo y secretario presidencial Ramón Hernández.
La otra versión, planteada hace poco en su programa televisivo autobiográfico por Cóppola, es que Bernasconi anhelaba ser ministro de Justicia y buscó un caso impactante, con figuras conocidas, para realzarse ante gobierno y opinión pública.
Después de una gran movida que incluyó muchas cámaras y micrófonos y hasta una movilización en Mar del Plata de un grupo de personas que repudió a Samantha Farjat por “tener sexo por dinero”, la Justicia falló.
El Tribunal Oral Federal número 2 dispuso la nulidad de la causa contra Guillermo Coppola y los otros imputados; absolvió a todos y cuestionó al juez Bernasconi y a los cinco policías involucrados.
Para que el show perviva, ni bien conoció la decisión, Cóppola se levantó, abrazó a Diego Armando Maradona, besó a su hija y dedicó grandes muestras de afecto a María Fernanda Callejón.
TONTOS, VIVOS, CANAS.
Durante tres años los argentinos disfrutaron, se emocionaron, debatieron sobre un Caso en el cual, a decir verdad, nunca pasó nada. La historia del delito en nuestro país, aunque no es equiparable a la de otras naciones, posee entramados mucho más sanguinolentos y explosivos. Pero la presencia de Maradona entre otros ingredientes, reenfocó las miradas y alcanzó un rating incomparable.
Ahora bien, es posible realizar algunas consideraciones a la distancia. En primer lugar, vale indicar que aunque le duela a Coppola, los pícaros de la noche porteña fueron los salames y la variable de ajuste.

Contrariamente a lo afirmado por el ex representante de Diego, el juez los situó en el banquillo porque eran blanco fácil promocional ya que, efectivamente, ni manejaban los centros nocturnos, ni controlaban el mercado de drogas, ni regenteaban la prostitución.
Como suele pasar con los Isidoros, eso sí: se mostraban aquí y allá con señoritas, copas, grandes cigarros y envueltos en un halo de diversión perpetua. (Aún hoy es llamativo observar que Cóppola, al hablar sobre “mujeres” guiña el ojo al entrevistador sugiriéndole “mirá que yo cojo, eh?”, bajándose el precio)
Luego, que en la opaca mentalidad de Bernasconi, la imputación podía lanzarse de ese modo abarcativo porque “son todos lo mismo”. Borrachos, adictos y prostitutas, sin tomar en cuenta que entre los involucrados estaba el jugador más importante del mundo.
Tanto si fue por indicación del poder político como si se trató de una movida personal para impulsarse hacia un cargo, la búsqueda de chivos expiatorios denotó la mirada también ingenua de un conservador de capa media alta: metió en la bolsa a Natalia de Negri y a Maradona.
Como lo haría el vecino pacato que considera a los pibes que se juntan en el kiosco de la esquina a tomar una cerveza como “un montón de ladrones y drogadictos”.
El otro dato a considerar es valioso pero conocido: la policía sirve para un barrido, para un fregado, para armar causas, contribuir a intereses delictivos, promover confusiones inducidas. El rol de los jóvenes vigilantes insertos en el Caso brindó una penosa, aunque tal vez realista, imagen de la institución.
LA ERA DE LA BOLUDEZ.
Sin embargo, hay algo más. El menemismo obturó los caminos laborales más sencillos y quebró los más complejos. Devaluó el salario del obrero de la construcción, mandó a lavar los platos a los científicos y dejó sin empleo al trabajador de la cultura.

A cambio, ofreció una secuencia de personajes públicos “exitosos” que sin ocupación conocida la pasaban muy bien. Autos caros, casas lujosas, standards que si bien se percibían lejanos eran disfrutados por personajes de origen social popular. Es decir, accesibles.
Las pibas que no conseguían un conchabo normal miraban a las protagonistas de la tira y suponían: estas no estudiaron nada, lo único que hacen es estar ahí; sin tanto escándalo, te dedicás un tiempo a salir, mostrás algo y te salvás.
Los muchachos sin esperanza de estudio ni trabajo adecuado observaban a las figuras en pantalla y pensaban: no soy como Maradona, pero Cóppola, Yayo, Signorelli y tantos otros se la pasan de joda; una vez que entrás en ese “mundo” la guita aparece de algún lado.
El programa de Mauro Viale, gran beneficiario comunicacional del hecho, con enorme capacidad para captar el espíritu de la época, mostraba un universo fascinante caracterizado por un glamour ramplón y en apariencia asequible. Los 90, a pleno, explotaron en pantalla.
El concepto básico, la idea, ha quedado en los intersticios de una zona de la comunidad. No es fácil derivar en una cultura laboral después de tantos años de “modelos” expuestos como salida rápida y placentera. También en este rubro, digamos cultural, se expresó la distancia entre un proyecto económico productivo y otro rentístico.
El año 2001 dio cuenta de una zona consciente y audaz del pueblo argentino: tiró por la borda a Cavallo y al ajuste, dejó en su lugar a Samantha y resituó a Maradona, eterno. Esta década mostró el valor de una serie de inversiones destinadas a la generación de bienes de producción y consumo, y de trabajo.
Aunque no se lo acepte, reordenó también al mundo del espectáculo: a Marcelo Tinelli ya no le basta con hacer que un tipo haga una zancadilla a otro para que todos se rían de quien se cae. Para tener rating necesita generar un gran show musical insertando bailarines profesionales y una escenografía brillante.
En la Televisión Pública no se cortan manzanas o se juega al yenga por horas cual entretenimientos nacionales. Se difunde el fútbol argentino y tienen su lugar obras musicales y cinematográficas elaboradas por creadores locales. ¿Qué falta mucho? Claro; pero la diferencia es sustancial.
Sin embargo, nada es para siempre. Este recuerdo está destinado a reflexionar sobre el otro ambiente del quinto infierno al cual, quizás, no queremos volver.
* Por Gabriel Fernández – Área Periodística Radio Grafica / Director La Señal Medios

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